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La tremolina / La Feria

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Sr. López

Tío Nacho y tía Pepa, eran un raro remanente del porfiriato (con el retrato del General en el lugar de honor de la sala de su casa), y católicos de preocupar a Torquemada (mochos era poco); tuvieron tres hijas, normales tirando a feítas (estamos hablando del lado materno-toluqueño del berenjenal genealógico de este menda), a pesar de lo cual, salieron muy novieras (bailaban mejor que Ginger Rogers y hubo no pocos rotos para esas descosidas), pero se quedaron solteronas las tres, primero, porque de jóvenes tenían en la cabeza ideas no negociables sobre cómo deberían ser sus esposos: una, la mayor, lo quería igual de católico que sus papás (y de eso no había en el mercado); la otra, la chica, a fuerza quería un rubio de ojos azules (sí había de eso, pero no cerca de ella); y la de en medio, quería un militar (posible influencia del retrato de don Porfirio); y segundo, fueron solteronas porque cuando por sus edades pertenecían al capítulo de “quedadas”, ya querían lo que fuera, pero estaban muy idos lo no pocos pretendientes que tuvieron. Se quedaron con las ganas… y siendo tan católicas…. bueno, intactas.

 

El tema de moda es la sucesión de don Peña Nieto. Ha de sentir muy feo el Presidente al ver esta ansia nacional de que termine su sexenio. Por lo que sea y no habiendo sido un desastre su gobierno, digan lo que digan Londres, Nueva York, Washington, las ONGs y cierta prensa, urge su ausencia. Sí.

 

La pregunta lógica es ¿qué queremos? La respuesta de bote pronto es: un buen gobierno, razonablemente respetuoso de la ley, razonablemente honesto (tampoco es cosa de ponerse en plan muy exigente). De acuerdo, pero eso no sale del éter… ¿de dónde vamos a sacar un buen gobierno?

 

Estaba más fácil antes. Piense si no, qué sencillo era repudiar la dictadura de Díaz (nos conformábamos con echarlo y poner al que fuera, que no tuviera bigotes ni espadón); luego, más fácil nos la pusieron con el general Huerta (que mató a Francisco I. Madero y sacó boleto con la nación entera); después de la carnicería que fue nuestra guerra civil (“Revolución Mexicana” le pusimos para vestir de patriótica gesta la matazón que se armó con la rebatiña por el poder), vino una Primavera (el “Milagro mexicano” lo llamó el mundo), con el régimen que se instaló en 1924 con Calles, hasta 1964 con López Mateos; y (vuelta a las andadas), otra vez tuvimos muy claro que nos purgaba “el sistema”, y de Díaz Ordaz hasta el 2000, muy pocos dudaban de que lo que único que hacía falta a la patria era sacar al PRI de la presidencia.

 

No nos planteamos los del peladaje estándar grandes dilemas ideológicos.

 

La gente no festejó la llegada del Chente Fox a Los Pinos, porque fuera el triunfo de la “democracia cristiana”, no, bastaba con  echar al PRI y eso festinó la raza (con la lógica del que va contra el América, juegue contra quien juegue, la cosa es que pierda… ok).

 

No regresó el PRI a la presidencia de la república por un acto colectivo de contrición, porque la ciudadanía haya querido recuperar los ideales de “La Revolución”, ni por una masiva decepción de “la derecha” (que ni tan derecha); la gente votó quién sabe por quién, los engranajes del poder grandote giraron a favor del que garantizaba reformas indispensables a los intereses del gran capital global (y local), y después de un operativo masivo de propaganda y mentiras, que hiciera creíble la victoria tricolor, no ganó “el sistema”, ni “el régimen”, ni ideología ninguna, sino el previamente decidido (que por eso enfrentaron a Peña Nieto contra el Chaplin Quadri y la doña Chepina, que perdían solos… y el Pejehová, que por designio del Gran Poder, no se ha de trepar, sin que importe si gana o no gana en las urnas: le toca perder, lo sabe, claro que sí y por bien pagado se da adoptando el papel de un Lombardo Toledano diluido -ni cerca de don Lombardo-, ya asegurado como líder a perpetuidad y propietario único de su partido político hasta que la edad lo derrote).

 

El tal Francis Fukuyama (no se vaya con la finta, es gringo nacido en Chicago), en 1992 escribió “El fin de la historia y el último hombre”, libro que sostiene la teoría de que al caer el comunismo e implantarse lo que él llama “democracias liberales”, ya no hay posibilidad de batallas ideológicas (le llama “democracias liberales” por no querer llamar a las cosas por su nombre, que lo que se impuso fue el capitalismo mercantilista delirante que hoy padece el planeta). Bueno, eso tal vez valga para “el mundo”, para alguna parte de la Tierra (China, los países árabes, África casi completa, están algo lejos de los ideales del libre mercado que ni es tan libre); sí, tal vez valga esa falta de ideologías para muchos países… para México, no. Acá, para que haya un “fin de la historia”, tendremos primero, que hacer nuestra historia, la propia, sin mangoneos yanquis, sin dejar de lado a la mayoría. Falta, mucho.

 

Por lo pronto, para el próximo año, no veremos un encontronazo ideológico en la disputa por la presidencia. Veremos una competencia de publicidad y frases más o menos ingeniosas (con suerte, hasta acertadas). No tiene real identidad ninguno de los partidos grandes que la verdad sea dicha, son de papel, sin militancia, sin convencidos (aplican restricciones: los seguidores del Pejehová sí son de esos, pero para su mala suerte, son de los que nunca han llegado al poder, ni cuando triunfo “La Revolución”).

 

Segundo “por lo pronto”: por eso importa que al menos el que quede hospedado en Los Pinos, sea gente decente y de no malas mañas. No esperemos que llegue un nuevo Plutarco Elías Calles, ni algún milagroso redentor, hay que contentarnos con que sea un tipo sensato que empiece por lo básico: procurar respetar la ley y limpiar la estructura oficial de corrupción institucional.

 

Por eso va a quedar el que todos sabemos, Meade, a menos, claro, que don Peña Nieto, necio como es, imponga de candidato al Nuño Artillero, en cuyo caso, ni lo mande el dios en que cada quien crea, no es difícil que se arme la tremolina.

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