
Juan Carlos Toledo
Hay crisis que se explican solas. La del sector pesquero en Chiapas no necesita diagnósticos sofisticados ni mesas de trabajo eternas. Basta con mirar lo evidente: no hay vigilancia, no hay producción, no hay estrategia… y sí hay una titular que no está a la altura.
Porque esto ya no es un problema administrativo. Es un problema de conducción.
En los esteros y lagunas, las artes prohibidas operan sin pudor. Charangas, changuitos, captura de camarón pequeño, depredación de especies juveniles. Todo lo que se supone debía erradicarse, hoy se practica con normalidad. ¿La autoridad? Ausente. No hay recorridos, no hay operativos, no hay señales de que alguien esté cuidando el recurso. El mensaje es brutalmente claro: aquí cada quien hace lo que quiere.
Las consecuencias no son abstractas. El camarón de estero va desapareciendo. La lisa y la mojarra pelona siguen el mismo camino. Y con ellas, se hunde la economía de cientos de familias que ya no viven de pescar, sino de lo que les mandan desde el extranjero. El mar dejó de ser sustento; ahora es recuerdo.
La acuacultura, que podría ser alternativa, es otro capítulo de simulación. El Centro Reproductivo Genético de Camarón no produce. No hay postlarvas. No hay insumo. No hay cadena. En agua dulce, se repite el patrón: alevines de mala calidad, que no crecen, que no alcanzan talla comercial. De cuatro centros piscícolas, uno funciona y a medias. El resto es infraestructura que estorba más de lo que ayuda.
Y mientras todo eso se cae, la oficina se mantiene… pero como filtro.
Los pescadores —los que deberían ser prioridad— ahora tienen que pedir permiso para entrar. Credencial en mano, gafete obligatorio, y disposición para recibir un trato que, según denuncian, oscila entre la indiferencia y el desprecio. La llamada “casa del pescador” hoy se parece más a una ventanilla de exclusión.
No es un detalle menor. Es síntoma.
Porque cuando una política pública pierde contacto con su gente, deja de ser política y se vuelve trámite. Y aquí ni siquiera hay buen trámite.
En comercialización, el vacío es igual de evidente. No hay campañas para fomentar el consumo de pescados y mariscos. No hay promoción. No hay inteligencia de mercado. Aquellos tianguis que acercaban producto y generaban valor desaparecieron sin dejar rastro. Los apoyos que quedan son pocos, débiles y mal ejecutados. Cumplen en papel, fracasan en la realidad.
Todo junto forma un patrón: ausencia, improvisación y una preocupante normalización del fracaso.
Y en medio de ese patrón, una constante: la titular de la Secretaría. Sin territorio, sin resultados, sin interlocución con el sector.
Gobernar no es ocupar un cargo. Es hacerse responsable de lo que pasa —y de lo que deja de pasar— bajo tu gestión.
Hoy, en Chiapas, la pesca no tiene rumbo. Y no es por falta de experiencia en las comunidades, ni por falta de trabajo en el mar. Es por falta de dirección en tierra.
Así de simple. Así de grave.
Porque cuando no hay vigilancia, no hay producción, no hay mercado y no hay respeto…
ya no hablamos de una crisis sectorial.
Hablamos de abandono.
Con nombre. Y con cargo.


