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La mañanera desde el lavadero nacional / Sarcasmo y café

La mañanera desde el lavadero nacional / Sarcasmo y café
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Corina Gutiérrez Wood

Hay mañanas en las que una prende la conferencia presidencial esperando escuchar algo sobre el rumbo del país y termina sintiendo que accidentalmente se metió a los lavaderos de una vecindad, pero con iluminación y presupuesto federal. Porque eso ya parece ese rincón donde las señoras tallan ropa mientras intercambian información delicadísima como “yo no quiero hablar mal de nadie, peeeero…” y de ahí se arrancaban cuarenta minutos de nombres, indirectas y pleitos heredados desde semanas, meses o incluso años atrás. Y la cosa tampoco cambió tanto; apenas un poco la escenografía, los lavaderos ahora son atriles presidenciales, el jabón Roma fue sustituido por micrófonos y el ‘fíjate comadre’ evolucionó elegantementea ‘vamos a aclarar unos puntos.

Y delante de todo eso, está la tía de todos ustedes, parada frente a todo el país, con esa energía de vecina que juró no engancharse, pero claramente lleva toda la madrugada pensando en lo que dijeron de ella. Que si este medio mintió, que si aquel periodista anda nervioso, que si fulanito la criticó, que si no vean tal canal y hay momentos en que ya solo falta escuchar un “además esa televisora siempre ha sido bien mal vibrosa y viborita”.

Porque eso es lo verdaderamente fascinante de esta nueva política mexicana, el poder ya no quiere verse distante ni institucional; quiere sentirse permanentemente presente en la conversación, como esa persona que no soporta quedarse fuera del chisme, aunque jure que “anda ocupadísima”. Entonces la tía ya no gobierna, monitorea, anda pendiente de quién comentó, quién criticó, quién insinuó algo y quién no mostró suficiente entusiasmo revolucionario antes del café. Hay presidentes que revisan indicadores económicos; aquí pareciera que revisan menciones.

Y lo más impresionante es que el país entero terminó normalizando esta dinámica rarísima donde la presidencia reacciona a todo como si estuviera atrapada en un eterno grupo de WhatsApp. Ya ni sorprende ver pantallas mostrando tuits como si fueran amenazas a la seguridad nacional o conferencias enteras dedicadas a aclarar quién dijo qué sobre quién. Antes las cadenas nacionales se sentían reservadas para emergencias o anuncios importantes. Ahora a veces parecen el capítulo diario de “hoy les traigo otro pleito”.

Y claro, siempre aparece la audiencia fiel celebrando cada respuesta presidencial como si fuera un momento icónico de reality show. Ya ni importa si se resolvió algo importante; lo emocionante es ver a quién le cayó el regaño mañanero, quién amaneció funado o qué medio fue enviado oficialmente al rincón de “gente tóxica para la transformación”.

Porque la política mexicana ya no se consume como debate público; se consume como contenido por episodios. La gente ya no prende la mañanera para entender el país. La prende para ver quién salió regañado.

Y ahí está otra de las tragedias modernas de este país, antes uno veía las noticias para enterarse de crisis económicas, reformas o decisiones de Estado. Ahora pareciera que media nación despierta esperando descubrir quién hizo enojar al gobierno antes de las ocho de la mañana. Como si la presidencia hubiera evolucionado de institución política a panel permanente de reacción emocional.

Antes los gobiernos intentaban aparentar solemnidad. Aunque estuvieran haciendo un desastre, al menos fingían que gobernar requería cierta altura institucional. Ahora no. Ahora pareciera que el principal requisito del poder es tener habilidad para responder indirectas antes de las siete de la mañana y resistencia emocional para sobrevivir a las tendencias de Twitter o X, o lo que sea, sin subir una historia diciendo “me tienen envidia”.

Y cuidado con cuestionarlo porque inmediatamente aparecen los defensores explicando que esto es “cercanía con el pueblo”. Claro, porque aparentemente la evolución máxima de la democracia era convertir la presidencia de la República en una mezcla entre programa de espectáculos, live de Facebook y lavadero nacional patrocinado por el erario.

Mientras tanto, el país real sigue allá afuera esperando cosas absurdamente anticuadas como seguridad, medicinas o estabilidad, porque en México ya ni siquiera esperamos soluciones lo que queremos es contenido, y mientas más filoso, mejor.

Y así, entre indirectas, regaños y enemigos semanales, el país aprendió a confundir gobernabilidad con entretenimiento. Porque la política dejó de sentirse como gobierno hace tiempo. Ahora se consume exactamente igual que el chisme, detrás de un café, con morbo nacional, y quizá esa sí fue la transformación más exitosa de todas; convertir la presidencia en el programa de espectáculos más visto del país.

Pero bueno, al menos ya sabemos qué televisora no debemos ver para conservar la pureza ideológica antes del desayuno.

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