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José Felipe Flores. Un polímata chiapaneco

José Felipe Flores. Un polímata chiapaneco
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María Eugenia Constantino Ortiz

Polímata

Para el diccionario de la Real Academia Española de la lengua un polímata es una persona que posee grandes conocimientos en diversas materias científicas y humanísticas. Si no nos viene alguno a la mente, tenemos ejemplos reconocidos en la historia universal como hombres con talento para las ciencias, las artes, la política y el pensamiento en general:Aristóteles, Leonardo Da Vinci y Benjamín Franklin son algunos de ellos. En México están José Antonio Alzate, Carlos de Sigüenza y Góngora, José Vasconcelos y nuestra más afamada pensadora: Sor Juana Inés de la Cruz. Todos ellos habitantes del centro del territorio mexicano o novohispano según la época. No obstante, la historia se ha encargado de visibilizar más unos nombres que otros y difícilmente nos hemos enterado de la existencia de pensadores en otros contextos; aunque los hay. Volviendo al periodo colonial, es importante reivindicar el nombre de un polímata nacido en Ciudad Real -hoy San Cristóbal de las Casas-: José Felipe Flores.

Médico

José Flores nació en 1751 con un espíritu curioso, orientado a la experimentación, el descubrimiento y el interés por el cuerpo humano. Sus primeros estudios los realizó en el Seminario Tridentino de Ciudad Real; aunque, al enfrentarse al hecho de que las universidades estaban centralizadas, debió mudarse. Para estudiar medicina Flores tendría que moverse a la ciudad de México o a la Antigua, en Guatemala. Ambas capitales importantes del territorio novohispano que concentraban poderes políticos, instituciones educativas e instalaciones sanitarias donde se podía practicar el conocimiento médico. En 1773, Flores logró titularse como bachiller en Medicina por la Universidad de San Carlos en Guatemala. Con este título logró ejercer y actuar de manera influyente en el ámbito de la salud, la política y la enseñanza de médicos, cirujanos y boticarios; profesiones que en ese momento se aprendían y se practicaban como disciplinas separadas. Los médicos tenían la jerarquía más importante entre el personal sanitario, eran los estudiosos que sabían latín y todas las teorías de la enfermedad. Los cirujanos eran los prácticos, los que se ensuciaban las manos al abrir los cuerpos buscando las causas del malestar. Los boticarios estudiaban las propiedades medicinales de plantas, animales y minerales para generar remedios y curas.

Flores ejerció como Catedrático en la Facultad de Medicina de la Universidad de San Carlos. Fue médico en hospitales y cárceles. Como todos los hombres de ciencia de su época, su interés por el desarrollo del conocimiento lo llevó a formar su propio museo o gabinete personal. Ahí guardaba libros, máquinas e instrumentos científicos que le ayudaban a comprender la botánica, la mecánica, la física y la química. Su mirada panorámica lo hacía buscar correspondencias entre los fenómenos científicos y el cuerpo humano. Para perfeccionar el aprendizaje de la anatomía, José Flores realizó sus propios modelos en cera: reproducciones del cuerpo humano, sus sistemas y órganos que permitían estudiar pacientemente la fisiología y la fisonomía del ser humano. Recordemos que en ese tiempo el acceso a los cuerpos era difícil y estaba sancionado por la Iglesia. El estudio anatómico sólo podía realizarse en cadáveres de criminales ejecutados que se descomponían rápidamente por la falta de medios adecuados de conservación. La enseñanza, por consiguiente, solo podía lograrse a través de modelos artificiales que se podían manipular sin prisas. Por lo tanto, al buscar la excelencia en la enseñanza, Flores fue uno de los precursores en la fabricación de ceras anatómicas en América.

Viruela

En 1780 se extendió en el reino de Guatemala una epidemia de viruela que cobró la vida de más de diez mil niños y jóvenes indígenas. El brote fue una manifestación local de un mal que afectó a la población global. Su llegada a Guatemala fue a través de las comunidades chiapanecas de San Martín Mazapa y San Francisco Motozintla. La alta taza de mortandad provocó que los funcionarios buscaran aislar a la población, mientras los médicos trataban de detener la propagación de la enfermedad. Afortunadamente, y a pesar de los escasos métodos existentes para evitar la epidemia, esta paró en 1781. Sin embargo, la pausa no fue definitiva. La viruela resurgió en Ciudad Real en septiembre de 1794 y en Guatemala en febrero de 1795. Para entonces, la práctica médica de Flores era más profunda y su conocimiento de los avances médicos en occidente era mayor gracias a las publicaciones y cartas que llegaban a sus manos desde Europa. 

El interés de Flores por contener el brote de viruela se manifestó desde 1778, cuando, en un concurso de oposición, defendió el tema teórico Ventajas de la inoculación de las viruelas y la necesidad de establecer esta operación en este reino para precaver los estragos de esta funesta enfermedad. Más adelante, con la epidemia pudo experimentar lo que sostenía en teoría y los avances que le llegaban de Europa. Su práctica dio resultados que documentó en su texto de 1794 Instrucción sobre el modo de practicar la inoculación de las viruelas. El texto explicaba cinco temas: qué hacer antes de la inoculación; cómo practicar la inoculación; cómo curar a los inoculados; cómo curar las viruelas naturales; ycómo impedir la transmisión de la enfermedad. La Instrucción de Flores era una especie de manual dirigido a funcionarios, instancias de gobierno, eclesiásticos y demás autoridades que podían incidir en temas sanitarios y de prevención del contagio. Con la Instrucción la población podría educarse y, aunada al correspondiente aislamiento, se evitaría el gran número de decesos que hasta el momento asolaban a las comunidades. El trabajo de Flores le valió para ser contactado a inicios del 1800 por el doctor Francisco Xavier Balmis, líder de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, llevada a cabo entre 1803 y 1804. En ella, y utilizando las aportaciones de Flores, se reprodujo el método desarrollado por el médico inglés Edward Jenner, quien inoculaba el virus de la viruela bovina. Finalmente se había encontrado una solución a la epidemia.

José Felipe Flores fue un polímata notable que logró trascender los límites territoriales para expandir el alcance de sus saberes. Su relación con científicos de otras naciones y su existencia misma visibiliza al sur de México como un sitio relevante para la historia colonial, susceptible de contribuir al desarrollo del conocimiento científico global. Que su legado nos inspire a mirar más allá.

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