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En Palenque, escasez y buena recepción / Crónicas de Frontera

En Palenque, escasez y buena recepción / Crónicas de Frontera
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Ilustración de Frederick Catherwood del palacio de Palenque. Siglo XIX.

Antonio Cruz Coutiño

Le preguntamos si había pan en el pueblo; contestó “no hay”; ¿maíz?, “no hay”; ¿café?, “no hay”; ¿chocolate?, “no hay”. Su satisfacción parecía aumentar a medida que podía responder “no hay”; pero nuestra infortunada pregunta por pan aumentó su ira. Inocentemente [y] sin pretender ofenderlo, revelamos nuestra desilusión; y Juan, por su propia conveniencia, dijo que nosotros no sabíamos comer tortillas. Volvió a esto, se lo repitió a si mismo varias veces, y a todo el que llegaba le decía, con singular énfasis: ¡No pueden comer tortillas! Prosiguiendo, dijo que había un horno en el lugar, pero que no había harina, y que el panadero se había marchado siete años antes; que la gente allí podía pasarla sin pan.

Para cambiar de asunto, y dispuesto a no quejarme, proferí la expresión conciliatoria de que, en todo caso, nos considerábamos dichosos de escapar de la lluvia en las montañas, a lo cual respondió preguntando que si esperábamos algo mejor en Palenque, y repitió con gran satisfacción una frase común en boca de los [palenquenses]: “tres meses de agua, tres meses de aguaceros, y seis meses de nortes”, es decir, “tres meses de lluvias, tres meses de chaparrones, y seis meses de viento del Norte”, el cual en aquella región trae lluvias y frío.

Encontrando que era imposible dar en un punto débil, mientras los criados apilaban el equipaje me fui a casa del Prefecto, cuya recepción, en aquellos momentos críticos, fue de lo más amable y alentadora. Con la cortesía habitual me ofreció una silla y un puro. Tan pronto como vio mi pasaporte dijo que me había estado esperando por algún tiempo. Esto me sorprendió; y él añadió que don Patricio le había referido que yo estaba por llegar, lo que me sorprendió aún más, pues yo no recordaba a ningún amigo de tal nombre; pero pronto supe que este imponente sobrenombre se refería a mi amigo el señor Patrick Walker de Belice.

Ésta era la primera noticia del señor Walker y del capitán Caddy que yo había recibido desde que el teniente Nicholls llevó a Guatemala el informe de que habían sido alanceados por los indios. Llegaron a Palenque por el río [Mopán] Belice y el lago Petén [Itzá], sin ninguna otra dificultad salvo lo malo de los caminos; habían permanecido dos semanas en las ruinas y partido hacia la Laguna [de Términos] y Yucatán. Esta fue la más satisfactoria noticia. Primero porque [nos] daba la certidumbre de su seguridad, y segundo porque colegía de ella que no habría impedimento para que visitáramos las ruinas.

El temor de encontrarnos al final de nuestro penoso viaje con una prohibición perentoria nos había perturbado más o menos constantemente, y en algunas ocasiones había pesado sobre nosotros como plomo. Habíamos determinado no hacer referencia a las ruinas hasta que tuviésemos oportunidad de averiguar cómo se presentaban las cosas y, hasta ese momento, aún no estaba seguro sino de que todo nuestro trabajo carecía de provecho.

Para colmo de mi satisfacción, el Prefecto dijo que el lugar estaba completamente tranquilo; que se hallaba en un rincón retirado hasta donde las revoluciones y convulsiones políticas nunca llegaban. Había desempeñado su empleo durante veinte años y reconocido otros tantos gobiernos diferentes.

Regresé para dar mi informe, y en lo que respecta al viejo alcalde, en el lenguaje de un manifiesto de Junta de Barrio, decidí no pedir nada que no fuera razonable, ni someterme a nada que me pareciera incorrecto. Con este espíritu hicimos una intrépida solicitud de maíz. Los “no hay” del alcalde eran demasiado verídicos; la cosecha [anual] de maíz había sido mala y había hambre en el lugar. Los indios, con su habitual imprevisión, habían sembrado apenas lo suficiente para la temporada, y como esta había resultado mala, se vieron reducidos a frutas, plátanos y raíces, en vez de tortillas.

Cada familia de blancos tenía más o menos lo suficiente para su propia subsistencia, pero nada de sobra. La parquedad de [la] cosecha de maíz hizo que todo lo demás escaseara, pues se vieron obligados a matar sus gallinas y sus cerdos por carecer de lo necesario para su manutención. El alcalde, que a sus otras ofensas agregaba la de ser rico, era el único hombre del lugar que tenía algo de sobra, y lo estaba reteniendo [para] cuando hubiera mayor necesidad. En Tumbalá habíamos comprado un buen maíz a treinta mazorcas por un real; aquí, con gran dificultad, pudimos lograr que el alcalde nos reservara un poco a ocho mazorcas por dos reales, y estas estaban tan mohosas y comidas de gorgojo que las mulas apenas querían tocarlas.

Al principio nos sorprendió que ningún [inversionista] emprendedor efectuase importaciones de Tumbalá por valor de varios dólares; pero al profundizar en el asunto encontramos que el costo del transporte [encarecía el producto y] no dejaba ganancia, y, además, el cambio de curso estaba en contra de Palenque. Unos pocos quintales habrían atestado el mercado; porque cada familia blanca tenía provisiones hasta para la próxima cosecha. Los indios eran las únicas personas que deseaban comprar y no tenían dinero para ello. El golpe de la carestía cayó sobre nosotros y en particular sobre nuestras pobres mulas.

Por fortuna, sin embargo, allí había buenos pastos, y no lejos. Les desatamos las bridas en las puertas y las dejamos sueltas en las calles; pero, después de dar una vuelta, regresaron todas juntas e introdujeron sus cabezas en la puerta en una implorante búsqueda de maíz.

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