
Juan Carlos Cal y Mayor
Las revoluciones han sido, desde hace siglos, el recurso narrativo favorito para justificar la ruptura, el desorden y la promesa de redención social. Desde la Revolución Francesa hasta la Revolución Rusa, pasando por la Revolución Mexicana o la Revolución Cubana, el argumento ha sido siempre el mismo: la injusticia social y la pobreza como detonantes, y la igualdad como promesa redentora. Ahora a esa revolución le pusieron el nombre de transformación.
ROMPER LA PIÑATA
Pero la historia, cuando se le observa sin romanticismo, cuenta otra cosa. Las revoluciones no han sido procesos de creación de riqueza, sino de redistribución abrupta de lo existente. Una suerte de “romper la piñata” para repartir dulces de manera inmediata. El problema es que, cuando se acaba el contenido, no queda nada que repartir. Lo efímero de ese reparto da paso, inevitablemente, a nuevas formas de desigualdad… y a una constante: el reemplazo de una élite por otra.
SOLO CAMBIAN LAS ÉLITES
Porque si algo sí cambia en cada revolución, no es la condición del pueblo, sino el rostro del poder. Los nuevos liderazgos llegan con un discurso moral superior, prometiendo corregir los abusos del pasado. Sin embargo, una vez instalados, replican los mismos vicios que denunciaban, ahora con una legitimidad construida sobre el relato revolucionario.
Y cuando ese relato comienza a desgastarse, recurren a otro recurso: no la fuerza militar abierta, sino el debilitamiento progresivo de las instituciones.
REDISTRIBUIR SIN CREAR
Así, bajo el pretexto de la “redistribución de la riqueza”, se socavan contrapesos, se concentran decisiones y se normaliza el abuso del poder. Lo que comienza como justicia social termina, con frecuencia, en autoritarismo funcional.
EL CONTRASTE
El contraste con países que tomaron otro camino es enorme. Mientras algunas naciones apostaron por el orden institucional, la apertura económica y la educación de calidad, otras se quedaron atrapadas en el ciclo de la redistribución sin creación de riqueza. Ahí están los ejemplos de Corea del Sur, Irlanda o Singapur, que partiendo de condiciones adversas lograron construir en un relativo corto tiempo, sociedades con alta movilidad social, crecimiento sostenido y amplias clases medias. No repartieron pobreza: generaron prosperidad.
LA FALACIA DEL BIENESTAR
En México, el discurso oficial insiste en que la pobreza ha disminuido. Pero confundir ingreso asistencial con bienestar real es una falacia peligrosa. Que alguien reciba más dinero no significa que haya mejorado su calidad de vida estructural. Menos aún cuando ese ingreso se diluye en una inflación persistente que erosiona el poder adquisitivo. El aumento del salario mínimo, sin una base productiva sólida, termina siendo un paliativo momentáneo que no resuelve el problema de fondo.
EL CICLO QUE SE REPITE
Se trata de un ciclo perverso que ya conocemos. Lo vivimos, lo estudiamos, lo observamos en otros países… y aun así insistimos en repetirlo. Mientras tanto, el verdadero desafío —la construcción de una clase media fuerte, con acceso a educación, salud, seguridad y oportunidades— queda relegado frente a la lógica del reparto inmediato.
LA HISTORIA COMO PRETEXTO
Y luego está el uso político de la historia. Equiparar un proyecto contemporáneo con procesos como la Independencia o la Revolución es, en el mejor de los casos, una simplificación interesada. En el peor, una manipulación deliberada. La llamada “cuarta transformación” pretende colocarse en ese pedestal histórico, cuando la evidencia apunta más bien a la repetición de los mismos errores.
DE LA PROSPERIDAD A LA DEBACLE
Conviene recordar que la Nueva España llegó a ser una de las regiones más prósperas del mundo. La Independencia no trajo consigo una mejora inmediata, sino una profunda debacle económica, acompañada de endeudamientos que marcarían el rumbo del país por décadas. La inestabilidad del siglo XIX no fue una anécdota: fue la consecuencia directa de decisiones equivocadas.
EL CAMPO Y LA PROMESA INCUMPLIDA
Algo similar ocurrió tras la Revolución Mexicana. El reparto agrario empoderó momentáneamente al campesinado, pero no resolvió la pobreza estructural del campo. Hoy seguimos viendo un sector agrícola incapaz de garantizar la soberanía alimentaria. Lo que sí surgió fue una nueva élite política, institucionalizada durante décadas bajo el régimen del partido único.
LOS NUEVOS VIEJOS VICIOS
Y aquí estamos de nuevo. Con un nuevo grupo en el poder que prometió romper con el pasado, pero que reproduce —y en algunos casos profundiza— los mismos vicios: corrupción, opacidad y un gasto público desbordado sin resultados tangibles. Elefantes blancos, proyectos fallidos y oportunidades perdidas en infraestructura esencial como hospitales o universidades.
LA REVOLUCIÓN QUE SÍ HACE FALTA
El problema de fondo no es la desigualdad, sino la incapacidad para generar riqueza de manera sostenida. No se trata de igualar hacia abajo, sino de elevar hacia arriba. De construir condiciones para que millones de personas puedan prosperar por mérito, trabajo y oportunidades reales.
La verdadera revolución pendiente no es armada ni ideológica. Es una revolución de las conciencias. Entender que el desarrollo no se decreta ni se reparte: se construye. Que las decisiones económicas importan. Que las instituciones son el cimiento, no el obstáculo.
Mientras otros países compiten por conquistar el espacio y llegar hasta Marte, nosotros seguimos atrapados en debates que ya deberían estar superados. Como si aún tuviéramos que convencernos de que la tierra es redonda.


