
Jorge Alfaro
En San Antonio de la Nada, la tierra era un lujo que los habitantes no se podían permitir. De todos los pueblos que brotan en la intrincada geografía de México, este era el único que parecía flotar en el aire, o más bien, apoyarse en la pura voluntad de su gente. No tenían títulos de propiedad, ni parcelas, ni un terrón propio que reclamar; vivían en una especie de limbo vecinal, donde el suelo siempre le pertenecía a alguien más y el polvo se prestaba por temporadas.
Don Alejandro, el presidente municipal, caminaba con paso lento hacia la vieja casona de adobe que fungía como presidencia. Iba con el cuerpo encorvado por el calor de la tarde y el peso muerto de un presupuesto inexistente que nomás no alcanzaba para nada.
En su trayecto, cruzó por lo que el plan de desarrollo urbano llamaba arrogantemente «El Parque Central». En realidad, aquello era solo un cuadrante pelón, delimitado flojamente con rayas de cal que el viento de la tarde ya empezaba a borrar. No había árboles, ni bancas, ni quiosco; solo la promesa blanca de la cal sobre el suelo reseco. Sin embargo, justo en medio del trazado, Don Alejandro se detuvo en seco al borde de la línea blanca. Ahí, donde debía estar el centro del esparcimiento familiar, se abría un agujero negro, profundo y traicionero, como un insulto directo a su gestión.
—¡Filogonio! —gritó el presidente, haciendo bocina con las manos hacia las pocas calles transitadas.
A los pocos minutos, apareció corriendo el director de Obras Públicas, un hombre cuyo único mérito para ostentar el cargo era ser el legítimo dueño de la única pala buena y fuerte de todo el pueblo. Venía sudando a mares, levantando polvo y acomodándose el sombrero de paja con urgencia.
—Dígame, mi presidente, ¿qué se le ofrece? —preguntó jadeando.
—¿Cómo es posible esto, Filogonio? Mira nomás. ¡Un hoyo en pleno parque central! La gente va a venir a pasear al rato, se me van a caer, se van a romper una pierna y mañana mismo tenemos el periodicazo o la demanda encima. Hay que taparlo hoy mismo, antes de que oscurezca.
Filogonio se asomó al agujero, miró el fondo oscuro, luego miró a Don Alejandro y se rascó la cabeza con evidente consternación.
—Pues sí, mi presidente, el peligro ahí está y no se lo niego… El detalle es que no tenemos presupuesto para obras. No hay cemento, no hay grava, no hay varilla, y como usted bien sabe, no tenemos pero ni tantita tierra de dónde rascar en este pueblo. Ya ve que aquí la tierra ajena no se toca. Estamos en ceros absolutos.
Don Alejandro, exasperado por el bochorno y las trabas burocráticas, perdió por completo la paciencia. Le plantó una mirada furiosa, lo tomó del hombro y soltó la genialidad que cambiaría el destino de la geografía local:
—¡Ay, Filogonio, no me salgas con minucias técnicas! Usa la cabeza para algo más que cargar el sombrero. Si no tienes material, es muy fácil: ve allá adelante, abres otro hoyo, sacas la tierra de ahí y con eso me tapas este. Sanseacabó. No me ahogues en un vaso de agua, que para eso eres el director.
El director de Obras Públicas parpadeó un par de veces, procesando la orden con la rigidez mental de un burócrata ejemplar. No cuestionó las leyes de la física, ni la lógica elemental, ni el sentido común. Si el presidente municipal lo ordenaba, aquello se convertía en ley de la república.
—Entendido, mi presidente. Ahorita mismo queda solucionado el asunto.
Dos horas después, Don Alejandro salió de la casona de la presidencia dispuesto a colgarse la medalla de la eficiencia urbana ante los ojos de los vecinos. Al llegar al cuadrante de cal, sonrió complacido: el primer hoyo estaba perfectamente liso, cubierto con tierra fresca y bien compactado a pisotones. El verdadero problema surgió cuando levantó la vista hacia el horizonte. Unos diez metros más adelante, justo en la otra esquina del trazado de cal, se abría un cráter gigantesco, idéntico al anterior, pero flamante y recién estrenado.
Filogonio lo esperaba a un lado.


