
©️ Ciudad de Comitán, del mapa antiguo de Chiapas. 1884.
Antonio Cruz Coutiño
A la mañana siguiente el prefecto envió de vuelta el pasaporte, con un atento mensaje de que me consideraban como si hubiese llegado acreditado ante su propio gobierno. Que estaría feliz de otorgarme todas las facilidades a su alcance, y que México estaba abierto para que viajara por donde yo quisiera. De este modo fue eliminada una gran dificultad. Recomiendo a todo el que desee viajar, la obtención de un nombramiento de Washington.
En lo que toca a las revoluciones, tras haber pasado por el estallido de una centroamericana, no se nos haría retroceder por una mexicana. Pero no era tan fácil desembarazarse de la orden que impedía visitar los vestigios de Palenque. Si nosotros hacíamos la súplica para que se nos permitiese, nos sentíamos seguros de la buena disposición de las autoridades locales; pero si no estaba en sus facultades concederlo, y se vieran obligadas por órdenes imperativas a negarlo, sería una falta de cortesía y de propiedad realizar el intento.
Al mismo tiempo, era desalentador, ante los informes del doctor M’Kinney, emprender el viaje sin permiso. Vernos obligados a volver sobre nuestros pasos, y realizar el largo viaje hacia la capital para solicitar el permiso, sería terrible; pero nos enteramos de que las ruinas se encontraban distantes de cualquier lugar habitado; no creímos que, en medio de una formidable revolución, el gobierno tuviese soldados disponibles para establecerlos allí como guardia.
Por lo que sabíamos de otros [sitios arqueológicos], teníamos motivos para creer que el sitio estaría enteramente desolado; podríamos estar en el lugar antes de que alguien supiese que nos encontrábamos en la zona, y entonces llegar a un arreglo, ya fuera para permanecer o para evacuar, según lo requiriera el caso; y el riesgo valía la pena si obteníamos [algunos] días de tranquila posesión.
Con esta incierta perspectiva comenzamos inmediatamente a reparar lo dañado y a hacer preparativos para nuestro viaje. La comodidad de encontrarnos en este apartado lugar en la casa de un paisano, difícilmente puede ser apreciada. En su vestimenta, modales, apariencia, hábitos y sentimientos, el doctor era tan natural como si lo hubiésemos conocido en nuestro propio país. La única diferencia era su lenguaje, que no podía hablar coordinadamente, sino intercalando [el inglés] con expresiones españolas.
Andaba entre la gente del pueblo, pero no era uno de ellos; el único lazo que [lo mantenía] era una belleza española de ojos negros, una de las pocas que vi en aquella región por quien un hombre podría olvidar a los parientes y el hogar. Estaba deseoso de abandonar el país, pero se lo impedía una promesa hecha a su suegra de no hacerlo durante la vida de ella. Vivía, sin embargo, en tan constante ansiedad, que esperaba que ella lo liberara del compromiso.
Comitán, la ciudad fronteriza de Chiapas, tiene una población de alrededor de diez mil habitantes. Posee una soberbia iglesia y un convento bien lleno de frailes dominicos. Las clases superiores, como en América Central, tienen sus residencias en la ciudad y obtienen su subsistencia de los productos de sus haciendas, [mismas que] visitan de cuando en cuando. Este es un importante lugar de comercio, y ha llegado a serlo por efecto de la aplicación de malas leyes: ya que, a consecuencia de los elevados derechos [que se cobran] en las importaciones autorizadas en los puertos mexicanos de entrada, la mayor parte de los bienes europeos que se consumen en esta región entran de contrabando, procedentes de Belice y Guatemala.
El producto de las confiscaciones y los gajes [o recompensas] de los empleados son partidas de tal importancia que los funcionarios se mantienen alertas, y el día anterior a nuestro arribo, veinte o treinta cargas de mula que habían sido capturadas, fueron traídas a Comitán; pero las ganancias son tan grandes que el contrabando es un negocio permanente, en el cual el riesgo de la captura es considerado uno de las [expiaciones] necesarias para su sostenimiento.
Toda la comunidad, sin exceptuar a los empleados de la aduana, se interesa por él, y su efecto en la moral pública es deplorable. Los mercados, empero, no están sino pobremente abastecidos, según descubrimos. Enviamos por una lavandera, pero no había jabón en la ciudad. Queríamos que herraran nuestras mulas, pero sólo había hierro suficiente para una. [No obstante], encontrar botones para pantalón de tamaño adecuado compensaba otras carencias. La falta de jabón era una circunstancia lamentable. Durante varios días nos habíamos complacido con la agradable esperanza de que fueran lavadas nuestras sábanas.
El lector podrá, tal vez, considerarnos exigentes, ya que hacía sólo tres semanas que habíamos dejado Guatemala, pero habíamos dormido en miserables cabildos, y en el suelo, y [las sábanas] se habían puesto de un color muy dudoso. En tiempos de apuro, sin embargo, [encomiéndense] a la simpatía de un paisano. Don Santiago alias el doctor M’Kinney nos ayudó en una hora de necesidad, y nos proporcionó jabón, con lo que nuestras sábanas fueron purificadas.
He omitido una circunstancia, la cual, desde el momento de nuestro arribo a la región, habíamos notado como extraordinaria: a los caballos y a las mulas jamás se les ponen herraduras, excepto quizás algunos pocos caballos de placer, usados para pasear por las calles de Guatemala. En el camino, no obstante, se nos aconsejó después de que habíamos salido, que era conveniente que las nuestras fuesen herradas; pero no había un buen herrero, excepto en Quetzaltenango, [aunque] no quiso trabajar, [pues] ahí estuvimos durante una fiesta.
Al cruzar largas cordilleras de pedregosas montañas, ninguna de ellas sufrió, excepto la mula de silla del señor Catherwood, cuyos cascos se gastaron hasta la carne. Las dificultades de Pawling ahora habían terminado. Le conseguí un pasaporte independiente, y tenía ante sí un camino franco hasta [la ciudad de] México; pero su interés se había despertado: se hallaba poco dispuesto a dejarnos, y tras una larga consulta y deliberación, resolvió que iría con nosotros a Palenque.
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