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¿Alternancia de élites o formación de un nuevo régimen? (V de V) 

¿Alternancia de élites o formación de un nuevo régimen? (V de V) 
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Carlos Perola Burguete*

En la quinta y última entrega de la serie Cómo se construye el poder en México, la reflexión llega a la pregunta mayor que atraviesa todo el proceso analizado: ¿alternancia o nuevo régimen?

Cuando cambian las élites, inevitablemente cambia también la forma en que se organiza el poder.

Cada transformación en las élites políticas termina planteando una pregunta mayor. No se trata solo de alternancia entre grupos dirigentes. Lo que entra en juego es si el sistema político permanece dentro de su lógica conocida o si comienza a configurarse un nuevo equilibrio de poder.

La política suele explicarse a través de elecciones. Cada cierto tiempo los ciudadanos votan, los gobiernos cambian y el sistema democrático parece cumplir su función elemental: permitir que el poder circule. Desde esa perspectiva, las alternancias son la prueba visible de que las instituciones funcionan y de que ninguna fuerza política puede apropiarse permanentemente del Estado.

Pero la historia política enseña algo más complejo.

No todos los cambios de gobierno significan necesariamente cambios de régimen. En muchas ocasiones lo que ocurre es algo más limitado: el reemplazo de un grupo dirigente por otro dentro de las mismas reglas del sistema. Las instituciones permanecen esencialmente iguales, los mecanismos de poder continúan operando bajo lógicas similares y lo que cambia es, sobre todo, el conjunto de actores que ocupa las posiciones de decisión.

Las alternancias políticas, en ese sentido, suelen representar el relevo de élites.

Una generación de dirigentes deja paso a otra, nuevas trayectorias políticas acceden al poder y las prioridades del gobierno se reordenan. Sin embargo, el marco general en el que se ejerce ese poder permanece relativamente estable. Las reglas institucionales continúan funcionando bajo la misma lógica y el sistema político conserva su estructura fundamental.

A lo largo de las últimas décadas muchas democracias han experimentado procesos de ese tipo. Gobiernos que se suceden unos a otros sin alterar de manera profunda la arquitectura del poder. Los cambios se perciben en el estilo de gobierno, en las agendas políticas o en las coaliciones parlamentarias, pero el régimen —entendido como el conjunto de reglas formales e informales que organizan el poder— permanece esencialmente intacto.

Sin embargo, cada cierto tiempo aparecen momentos históricos que desbordan esa lógica.

En esos momentos el cambio político deja de limitarse al relevo de dirigentes y comienza a extenderse hacia otras dimensiones del poder. Las reglas del juego empiezan a modificarse, las instituciones adquieren nuevas funciones y las relaciones entre el Estado, la sociedad y las élites políticas se reorganizan de maneras que antes no existían. Cuando eso ocurre, la política deja de girar únicamente alrededor de los gobiernos para comenzar a transformar el sistema mismo.

Es ahí donde aparece la noción de régimen.

Un régimen político no se define sólo por quién gobierna, sino por la manera en que se distribuye y se ejerce el poder dentro de un país. Incluye las instituciones formales, pero también las prácticas políticas que se consolidan con el tiempo: la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo, la forma en que se construyen las mayorías, la manera en que el Estado interactúa con los territorios y con los distintos actores que participan en la vida pública.

Cuando esas relaciones cambian de forma sostenida, lo que emerge no es simplemente un nuevo gobierno. Lo que comienza a configurarse es una etapa distinta en la historia política de un país.

Ese tipo de procesos rara vez se anuncia de manera explícita. No existe un momento exacto en el que una sociedad pueda declarar que ha entrado en un nuevo régimen político. La transformación ocurre de forma gradual, a medida que se modifican las reglas del juego, se reorganizan las élites y se consolidan nuevas formas de ejercer el poder dentro del Estado.

Por esa razón, los cambios de régimen suelen reconocerse sólo con el paso del tiempo. Lo que en su momento aparece como una serie de decisiones políticas o reformas institucionales termina revelándose después como parte de una transformación más amplia.

México ha vivido distintos momentos de esa naturaleza a lo largo de su historia. Periodos en los que las instituciones se reconfiguraron y en los que el equilibrio entre las distintas fuerzas del poder adquirió formas nuevas. Cada uno de esos momentos implicó algo más que la llegada de un gobierno distinto: significó una redefinición de la manera en que se organizaba el sistema político.

Hoy el país parece encontrarse nuevamente ante una encrucijada de ese tipo.

Las transformaciones electorales de los últimos años, la acumulación de poder institucional y la reorganización de las élites dentro del Estado han comenzado a producir un escenario político distinto al que dominó durante las décadas anteriores. Las mayorías legislativas, la estabilidad de ciertos liderazgos políticos y la redistribución de espacios dentro del aparato estatal sugieren que algo más profundo que una simple alternancia podría estar ocurriendo.

Sin embargo, los procesos históricos rara vez se revelan con claridad mientras están sucediendo. Las sociedades suelen vivirlos como parte de la dinámica normal de la política cotidiana. Sólo con el paso del tiempo se vuelve evidente si los cambios que parecían circunstanciales terminaron transformando las bases mismas del sistema.

Por eso, frente a momentos como el actual, las preguntas más importantes no siempre tienen respuestas inmediatas.

¿Se trata simplemente de una nueva etapa dentro del mismo sistema político?

¿O estamos presenciando la configuración de una estructura distinta de poder?

Responder a esas preguntas exige algo más que observar los resultados electorales. Exige mirar cómo se reorganizan las instituciones, cómo se reconfiguran las élites y cómo se redefinen las relaciones entre el poder político y la sociedad.

Porque en política las alternancias cambian a quienes gobiernan.

Los regímenes, en cambio, cambian la manera en que se organiza el poder.

Y cuando una sociedad comienza a percibir que ambas cosas ya no coinciden del todo, significa que ha entrado en un territorio distinto de su propia historia.

Un territorio en el que la pregunta ya no es únicamente quién gana las elecciones.

La pregunta empieza a ser otra.

Si el país está presenciando una alternancia de élites políticas…

o si, silenciosamente, está comenzando a formarse un nuevo régimen.

Cada transformación en las élites políticas termina planteando una pregunta mayor. No se trata solo de alternancia entre grupos dirigentes. Lo que entra en juego es si el sistema político permanece dentro de su lógica conocida o si comienza a configurarse un nuevo equilibrio de poder.

*Investigador Periodístico en luchas del campo mexicano, la soberanía alimentaria y económica y las relaciones entre Estado, empresas y comunidades rurales. Director de la A.C. PEROLA. Miembro Honorario del Despacho Jurídico B&G-Chiapas.

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