1. Home
  2. Columnas
  3. A lomo de indio rumbo a Palenque / Crónicas de frontera

A lomo de indio rumbo a Palenque / Crónicas de frontera

A lomo de indio rumbo a Palenque / Crónicas de frontera
0

©️Cargadores cuesta arriba.

Antonio Cruz Coutiño

Capítulo dieciséis. Una región agreste. Ascenso de una montaña. Viajando en silla de manos. Precaria situación. El descenso. El rancho de Nopá. Ataques de mosquitos. Aproximación a Palenque. Terrenos de pastura. Aldea de Palenque. Un funcionario áspero. Atenta recepción. Escasez de provisiones. Domingo. El cólera. Otro paisano. La conversión, apostasía y recuperación de los indios. El río Caamal [Chacamax]. Los caribes. Vestigios de Palenque.

Temprano, a la mañana siguiente, el grupo azucarero se puso en marcha, y a las siete menos cinco minutos seguimos nosotros; con silla de manos y hombres, nuestra compañía se incrementó hasta veinte indios. La región por la que ahora estábamos viajando era tan agreste como antes de la conquista española, y sin un solo habitante hasta que llegamos a Palenque. El camino se extendía a través de una selva tan cubierta de matorrales y maleza como para ser impenetrable. Y las ramas estaban recortadas apenas a la altura suficiente para permitir el paso a un hombre que anduviese bajo ellas a pie, de modo que, sobre el lomo de nuestras mulas, nos veíamos obligados constantemente a agachar el cuerpo, y aun a desmontar.

En algunos lugares por una gran distancia en derredor, el bosque parecía muerto por el calor, el follaje marchito, [y] las hojas secas y quebradizas como quemadas por el sol; [seguramente algún] tornado había asolado la región, del cual ninguna mención se había hecho en [las noticias] de San Pedro.

Nos encontramos con tres indios que llevaban garrotes en las manos, desnudos excepto por una pequeña pieza de tela de algodón alrededor de los costados y que les pasaba entre las piernas; uno de ellos, joven, alto y de simetría admirable en su figura, con la apariencia del “hombre libre de los bosques”. Un poco más tarde atravesamos una corriente [confusión extrema, pues justo aquí franquean el caudaloso río Tulijá], en donde algunos indios desnudos andaban colocando toscas redes para pescar, rústicos y primitivos como en las primeras edades de la vida salvaje.

A las diez y veinte minutos comenzamos a ascender por la montaña. Hacía mucho calor, y no puedo dar una idea de la fatiga que implica escalar estas montañas. Nuestras mulas apenas podían trepar con sólo las monturas. Nos desembarazamos de las espadas, de las espuelas y de todos los demás enseres superfluos; de hecho, nos quedamos en camisa y pantalones, y tan cerca de la condición de los indios como nos fue posible. Nuestra procesión habría sido un espectáculo en Broadway.

Primero iban cuatro indios, cada uno con una tosca caja de cuero de res sobre su espalda, asegurada con una cadena de hierro y un gran candado; enseguida Juan, con sólo un sombrero y un par de calzoncillos de delgado algodón, quien conducía dos mulas de repuesto y portaba una escopeta de dos cañones sobre sus desnudos hombros; luego nosotros, cada uno llevando por delante o jalando su propia mula; después un indio [cargando] la silla de manos con [estibadores] de relevo, [luego] varios muchachos que llevaban pequeños sacos de provisiones.

Los indios de la silla iban sorprendidos de que no los ocupásemos conforme al contrato y el precio pagado. Aunque nos fatigábamos en exceso, sentíamos que era degradante ser conducidos sobre la espalda de un hombre. En aquel momento yo me encontraba en la peor condición de los tres, y en la noche anterior, en San Pedro, me había ido a la cama sin cenar, lo que para cualquiera de nosotros era evidencia segura de estar en mala situación.

Habíamos traído la silla con nosotros simplemente como una medida de precaución, con gran expectación ante la posibilidad de vernos obligados a usarla; más en una empinada cuesta, que casi me hace estallar la cabeza [de] sólo pensar en escalarla, recurrí a ella por vez primera. Era una grande e incómoda silla de brazos, unida con tarugos y cuerdas de mecate. El indio que iba a cargarme como todos los demás, era pequeño, no mayor de cinco pies y siete pulgadas [152.6 cm], delgado, pero de forma simétrica.

Una correa de mecate fue atada a los brazos de la silla y, tras sentarse, colocó su espalda contra la pared posterior de la silla, ajustó el largo de las cuerdas y suavizó el mecate que atravesaba su frente con una pequeña almohadilla para atenuar la presión. La levantaron dos indios, uno de cada lado, y el cargador se puso en pie, se quedó inmóvil un momento, me arrojó hacia arriba una o dos veces para acomodarme sobre sus hombros, y emprendió la marcha con un hombre a cada lado. Esto era un gran alivio, pero podía sentir cada uno de sus movimientos, hasta las elevaciones de su pecho al respirar.

El ascenso fue uno de los más escarpados de todo el camino. A los pocos minutos se detuvo y exhaló un sonido, usual entre los indios cargadores, a medio camino entre silbido y jadeo, siempre doloroso para mis oídos, [aunque] nunca antes [me había parecido] tan desagradable. Mi rostro iba volteado hacia atrás; no podía ver hacia donde se dirigía, pero [en alguna ocasión] observé que el indio de la izquierda [retrocedía].

Para no aumentar el trabajo, me senté tan quieto como pude; pero a los pocos minutos, al mirar por encima de mi hombro, vi que nos estábamos aproximando al borde de un precipicio de más de diez mil pies de profundidad. Aquí me sentí ansioso por bajar; pero no podía hablar inteligiblemente, y los indios no pudieron o no quisieron entender mis señas. Mi cargador avanzaba cuidadosamente, con el pie izquierdo primero, probando si la piedra en donde lo ponía estaba firme y segura antes de poner el otro, y por grados, tras un movimiento particularmente cuidadoso, adelantó ambos pies a medio paso de la orilla del precipicio. Se detuvo y lanzó un horrendo silbido con un jadeo.

Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.mx

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *