
Corina Gutiérrez Wood
No sé quién escribió la frase ni dónde apareció por primera vez, pero hay que reconocer que entendió perfectamente dónde estaba el punto más sensible del momento.
“Si no hay solución, no rodará el balón.”
Y claro que funciona porque este país puede acostumbrarse a casi todo. A los conflictos que se alargan durante años, a las negociaciones interminables, a los bloqueos, a las promesas de solución que siempre parecen estar a una reunión más de distancia. Pero basta con que alguien sugiera que podría verse afectado el Mundial para que la conversación cambie de tono.
De pronto ya no hablamos solamente de las demandas de la CNTE. Hablamos de estadios, de visitantes, de la imagen del país y de una fiesta que llevamos meses preparando para mostrarle al mundo nuestra mejor cara.
Durante todo este tiempo nos han hablado de la derrama económica, del turismo y de la oportunidad histórica que representa recibir a millones de personas. La Ciudad de México se ha ido llenando de símbolos mundialistas, campañas promocionales y esos ajolotitos morados que aparecen por todas partes como si alguien hubiera decidido que la mejor forma de prepararnos para un evento global era inundar la ciudad de mascotas sonrientes.
No vivo en la Ciudad de México, pero tampoco hace falta para notarlo; basta abrir un periódico, encender las noticias o asomarse a las redes sociales para encontrarse con ellos a cada rato, impecables y siempre listos para la foto, una cualidad que comparten con más de una estrategia gubernamental.
Porque esa es la imagen que resulta difícil ignorar, por un lado, una enorme operación para vestir de fiesta a la capital; por el otro, bloqueos, plantones, tensiones políticas y autoridades que insisten en transmitir tranquilidad mientras los acontecimientos se empeñan en contar una historia diferente.
Lo curioso es que ni siquiera se trata de quién tiene razón porque no es una discusión sobre si la CNTE tiene derecho a manifestarse, claro que lo tiene, pero tampoco sobre si sus demandas son legítimas. Ese, ese es otro debate.
Lo verdaderamente llamativo es que una consigna parezca tener más capacidad para alterar la conversación nacional que meses enteros de mensajes oficiales.
Porque cuando una manta logra instalar la idea de que el balón podría no rodar, lo que queda al descubierto no es la fuerza de una frase ingeniosa. Lo que queda al descubierto es la fragilidad de todo lo demás.
Y ahí es donde la situación se vuelve incómoda; por un lado, el gobierno, porque después de semanas de conflicto la percepción sigue siendo que los acontecimientos marcan el ritmo y las autoridades intentan alcanzarlos y por el otro lado la CNTE, porque convertir el Mundial en herramienta de presión puede ser eficaz, pero también confirma que el conflicto ha terminado dependiendo cada vez más de la capacidad de afectar a terceros.
Y bueno, pues para nosotros, porque la amenaza sólo parece adquirir verdadera relevancia cuando toca algo que esperamos con entusiasmo.
Quizá por eso la frase tuvo tanto eco y no es que el país descubriera de repente que existe un conflicto obvio ya estaba ahí.
Lo que cambió fue el escenario.
Durante años hemos aprendido a convivir con problemas que se administran más de lo que se resuelven. Los vemos aparecer, crecer, ocupar titulares y después integrarse lentamente al paisaje hasta que dejan de sorprendernos. Lo extraordinario no es que exista una disputa; lo extraordinario es que haya encontrado un punto de presión capaz de romper la indiferencia.
Y mientras tanto, seguimos preparando la fiesta, seguimos colocando adornos, repartiendo sonrisas para la fotografía y rodeados de ajolotitos morados que nos recuerdan que el Mundial está a la vuelta de la esquina.
Ahí está la metáfora perfecta de todo esto.
Una ciudad decorada para recibir al mundo mientras, detrás de los adornos, continúan abiertos conflictos que nadie ha sabido cerrar.
Porque al final el problema nunca ha sido el balón, el problema es esa costumbre tan nuestra de posponer las soluciones hasta que amenazan algo que sí nos importa y entonces descubrimos que el conflicto nunca desapareció simplemente estaba esperando el escenario adecuado para volver a llamar nuestra atención.
Y eso debería preocuparnos mucho más que cualquier figura vandalizada o cualquier manta amenazando con detener el balón.
Porque el Mundial todavía no empieza, pero hay quienes ya entendieron dónde está el verdadero centro de la cancha.


