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Sinvergüenzas / La Feria

Sinvergüenzas / La Feria
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Sr. López

Este texto servidor de usted, se niega a decir ni media palabra sobre el cada vez más cercano inicio del campeonato mundial de futbol, ni de las negativas consecuencias de proporciones bíblicas, que podría acarrearle al país el sabotaje del cártel maestros nueva generación; y como ya aburren los temas nacionales, de tan repetidas las pifias, le propongo hablar de otras cosas (de nada).

Tal vez tenga usted olvidado a quien en vida se llamó Samuel Johnson. Es lógico, nació en 1709 y fue a presentarse ante el Creador en 1784; británico, escritor, crítico literario, ensayista, biógrafo y lexicógrafo, palabrota que significa que escribía diccionarios, aunque solo escribió uno, no el primero de la lengua inglesa pero sí el más completo: 2,300 páginas con arriba de 40 mil palabras y más de 110 mil citas de autores famosos; de hecho, su diccionario estandarizó ese idioma que no tiene academia (el español, sí, el nuestro es un idioma más decentito).

Para calcular la talla de este caballero, es el autor más citado de la lengua inglesa, después de Shakespeare (dice San Google, creamos).

Fue un tipo muy respetado, con doctorados ‘honoris causa’, de talento reconocido por su prosa elegante de gran estilo, que siendo una celebridad vivió a la cuarta pregunta y llegó a estar preso por deudas (debía poquito más de cinco libras, digo, no era para tanto… y pagó con dinero que le prestaron, ¡caray!). A don Samuel lo atenazó la penuria muchas veces y llegó a pasar noches en la calle (y eso se dice fácil, pero una noche en Londres es cosa seria). Luego recibió una pensión anual del gobierno que le alcanzaba para exactamente lo mínimo.

Tuvo muchos y buenos amigos que lo sacaban de apuros económicos en la medida de sus posibilidades, cosa que mortificaba mucho a don Samuel. La mejor temporada de su vida la pasó bajo el amparo de un admirador suyo, un muy rico cervecero y miembro del Parlamento, que se lo llevó a vivir a su casa la friolera de quince años; pero su mecenas tuvo el mal gusto de morirse y Samuelito se quedó otra vez en la pobreza (la viuda lo mandó a volar, digo, ya era mucho).

Por si le interesa, mecenas se dice por un señor que así se llamaba, Mecenas (siglo I a.C.), consejero de Augusto, el emperador de Roma, que fue un decidido protector de los literatos, por ejemplo Virgilio y Horacio, poquita cosa; bueno, fue tal su generosidad que se impuso llamar con el nombre de él a los patronos de los que por oficio tienen juntar palabras (de nada, otra vez).

De regreso a don Samuel, para acabarla de amolar nunca gozó de buena salud, desde niño; ni modo. Era tan afamado y respetado que viejo y ya muy malito, se publicaban boletines en la prensa, reportando cómo iban sus achaques.

Cuando murió, entonces sí, la gastadera de dinero: homenajes, monumentos, tumba en la Abadía de Westminster, justito frente a la de Shakespeare. Raros los gobiernos, gastan en el fiambre lo que le regatearon en vida. Se le sigue respetando más de dos siglos después de morir; cada 13 de diciembre, aniversario de su muerte, se coloca en su tumba una ofrenda floral (él ni se entera, pero la gente sí: ahí reposa uno importante, nomás por escribir, se dice fácil).

Era reputación de don Samuel su gran sentido común y su mucho ingenio. Fue autor de numerosos aforismos, esa frases que se vuelven máximas, sentencias que hacen pensar a cualquiera (no tanto pero hay que ser correctos… hay quien no piensa ni ante una orden de desahucio). Van algunas de sus frases célebres para calibrar cómo se las gastaba don Samuel:

Una: “Nunca deseo conversar con un hombre que haya escrito más de lo que ha leído”… ¡vaya!… y de actualidad, aplica para uno que todos sabemos quién es. Otra: “Si una mosca pica a un caballo lo hace estremecerse; pero no es más que un insecto y el otro sigue siendo un caballo”… al pelo para no responder majaderías, en el Congreso, por ejemplo. Una más: “Casarse por segunda vez es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia”… sin comentarios. Pero este menda gusta de una de sus más tajantes afirmaciones:

“El patriotismo es el último refugio de un sinvergüenza”, frecuentemente mal traducida poniendo canalla en donde don Samuel dijo ‘scoundrel’, sinvergüenza. La frase original la consigna su eminente biógrafo James Boswell: ‘Patriotism is the last refuge of a scoundrel’.

Lo dijo la noche del 7 de abril de 1775 refiriéndose a algunos políticos de sus tiempos, parece que en particular contra el Primer Ministro británico William Pitt (el Viejo), de quien fue su acérrimo crítico por cosas que no vienen al caso.

Quienes han estudiado la vida de don Samuel, afirman que no criticaba el patriotismo, sino el falso patriotismo, el  patrioterismo que se usa como coartada para encubrir vicios en el ejercicio del poder, para no afrontar las consecuencias de los actos de gobierno, para esconder que su motivación son los propios intereses, la corrupción, para engatusar al pueblo. Se la repito:

“El patriotismo es el último refugio de un sinvergüenza”.

¡Qué gran verdad! Cuando un gobernante recurre al sentimiento patrio, hay que ponerse en guardia. El gobernante debe actuar conforme a la responsabilidad que le impone el cargo, ‘facta non verba’, decían los latinos, hechos no palabras. Cuando quienes están en el poder nos aturden con el discurso perpetuo, hay que estar alertas. Pero cuando se envuelven en la bandera, cuando señalan a un extraño enemigo del que supuestamente nos están protegiendo: ¡en guardia!

El viejo truco de gobernantes que no gobiernan y apelan al sentimiento patrio para escamotear la realidad; arengan removiendo los sentimientos de la mayoría.

Hoy en México, los transformadores de la patria nos convocan a exhalar en sus aras nuestro aliento, a lidiar con valor en defensa de la soberanía nacional contra la que atentan los EUA, mientras protegen a los suyos y sus pactos con el crimen organizado que es su socio de gobierno.

No hay duda, el enemigo está dentro… sí, el patrioterismo es refugio de sinvergüenzas.

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