
Antonio Cruz Coutiño
Siempre nos proporcionaba gran placer comprobar los románticos y […] un tanto fabulosos [relatos] de los cronistas de la Conquista, [pues] muy a menudo encontramos sus curiosas y exquisitas descripciones tan vívidas y fieles como para infundir el espíritu que alienta por sus páginas. Cogimos varios de estos insectos, no empero llamándolos por su nombre, sino con un sombrero, como los escolares acostumbran atrapar las luciérnagas, o, menos poéticamente: “los bichos del rayo” como los llamamos en nuestra tierra.
Tienen estos más de media pulgada de largo, y poseen un agudo cuerno movible en la cabeza; cuando se les pone de espaldas no pueden voltearse, a menos que hagan presión con ese cuerno contra una superficie sobre el frente [se confunde con los escarabajos peloteros Oryctesnasicornis]. Detrás de los ojos tienen dos sustancias redondas, transparentes, llenas de materia luminosa, casi tan grandes como una cabeza de alfiler, y debajo una membrana más grande que contiene la misma sustancia luminosa. Cuatro de ellos juntos arrojan una luminosidad brillante a varias yardas a la redonda, y a la luz de uno solo leíamos claramente la letra menuda de un periódico americano.
Era uno de los de un paquete que estaba lleno de debates del Congreso, al que apenas le había dado una mirada; y me pareció el más raro de todos los incidentes de mi viaje el estar leyendo a la luz de los insectos, en las ruinas del Palacio de Palenque, los dichos y los hechos de los grandes hombres de la patria. En medio de todo esto el señor Catherwood, al vaciar la espaciosa bolsa de una chaqueta de caza, me alargó un boleto de ómnibus de Broadway
GOOD FOR THE BEARER FOR A RIDE. [VÁLIDO AL PORTADOR POR UN VIAJE]. A. BROWER
Esas cosas me produjeron vívidos recuerdos del hogar, y entre las imágenes conocidas encontraba las buenas camas sobre las que nuestros amigos estarían por entonces dando vueltas. Las nuestras se hallaban instaladas en el corredor del fondo, frente al patio. Este corredor se componía de puertas abiertas y pilastras alternadas. El viento y la lluvia azotaban a través de él, y, desgraciadamente nuestras camas no estaban fuera del alcance del rocío que producía la lluvia. Habían sido puestas con alguna dificultad sobre cuatro rimeros de piedras cada una, y, por consiguiente, no podíamos cambiarlas de lugar.
No teníamos artículos de sobra para colocar como mamparas; pero felizmente dos paraguas, protegidos con varillas […] y envueltos en un pedazo de petate [estera tejida de palma fina], habían sobrevivido a la destrucción en los caminos de la montaña. El señor Catherwood y yo aseguramos estos a la cabecera de nuestras camas. Pawling colgó su hamaca atravesada en el corredor, tan alta que el alcance de la lluvia solamente le llegaba al pie; y así pasamos nuestra primera noche en Palenque.
Por la mañana, los paraguas, la ropa de cama, la vestimenta y las hamacas estaban enteramente empapadas, y no había un lugar seco dónde poner los pies. Ya nos considerábamos candidatos a un reumatismo. Habíamos visto nuestra residencia en Palenque como el final de nuestras molestias, en espera de comodidad y placer; pero todo lo que pudimos hacer fue cambiar la posición de nuestras camas a lugares que prometiesen mejor abrigo para la noche siguiente.
Un buen desayuno habría ayudado bastante para restablecer nuestra ecuanimidad; pero, desgraciadamente, nos encontramos con que las tortillas que habíamos traído el día anterior, probablemente hechas con [aquel] maíz medio mohoso, estaban pegadas unas a otras, acedas y echadas a perder a causa de la excesiva humedad. Acudimos a nuestros frijoles, huevos y chocolate, sin ningún sustituto para el pan, y, como a menudo hacíamos en tiempos de aflicción, nos las arreglamos con un puro.
Bendito sea el hombre que inventó fumar; el [vicio] apaciguador y conciliador de un angustiado espíritu; aliviador de las airadas pasiones, consuelo para quien pierde su desayuno, y para el que vaga por lugares desolados; para el solitario viajero de la vida [a quien] a la vez sirve “de esposa, de hijos y de amigos”.
Como a las diez de la mañana llegaron los indios con tortillas frescas y leche. Nuestro guía, asimismo, habiendo terminado el destace y la distribución del cerdo, venía con ellos. Era el mismo que había sido empleado por el señor Waldeck, y también por el señor Walker y el capitán Caddy; y nos fue recomendado por el Prefecto como el único hombre que realmente conocía las ruinas. En su compañía partimos para efectuar el reconocimiento preliminar. Por lo que toca a nosotros, al salir del Palacio, en cualquier dirección, no habríamos sabido hacia qué rumbo dirigir nuestros pasos.
En lo que respecta a la extensión de las ruinas, aún en esta edad de lo práctico, la imaginación del hombre se deleita en lo maravilloso. Los indios y los habitantes de Palenque dicen que aquellas cubren un espacio de sesenta millas; en una serie de artículos bien escritos, publicados en nuestro propio país, se les asienta como diez veces más grande que Nueva York; y últimamente he visto un artículo en alguno de los periódicos, refiriéndose a nuestra expedición, que representa a esta ciudad “descubierta” por nosotros, ¡Con una extensión tres veces más grande que la de Londres!
No está en mi naturaleza desacreditar ninguna historia maravillosa. Soy tardío para la incredulidad y más bien sostendría todas esas invenciones; pero ha sido mi desdichada suerte encontrar que las maravillas desaparecen al acercarme a ellas: aún el Mar Muerto perdió su misterioso encanto y, además, como viajero y “escritor de libros”, sé que si me equivoco, los que vengan después no dejarán de señalar mis errores.
Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.mx.
Permitimos divulgación, siempre que mencione la fuente.


