
Guillermo Ochoa-Montalvo
Querida Ana Karen: Con un verso de Jorge Luis Borges podría decirte: El reflejo de tu cara ya es otro en el espejo…
A veces suelo perderme en el recuerdo de las cosas gratas, de esos pequeños detalles que aderezan la existencia con melodías y aromas evocadores al cerrar los ojos capaces de hacernos sentir miles de mariposas en la boca del estómago.
En otro tiempo, otra edad, en tu infancia, fueron aquellas melodías surgidas de tu voz llamando a los gnomos de tus sueños para ser transportada a los paraísos que sólo siendo niños pueden crearse y ser habitados hasta que una mañana aparece la señora Realidad para desvanecerlos de un soplo.
La casa de mi abuela paterna era centenaria, muros de adobe, techos altos, pisos de duela gastada por el tiempo. Objetos extraños como de alguna película de época filmada en blanco y negro. Gobelinos y alfombras antiguas, sofás con el polvo de todas las Eras. El patio central conducía a todas las habitaciones sin excepción y desde cada una de ellas, se podían observar las plantas, lo mismo aquellas palomas, disfrutando la comodidad doméstica de sus palomares.
En cada habitación, decenas de imágenes e iconos religiosos; enormes misterios y secretos revelados en voz baja, muy baja, porque así solía hablar la abuela: poco, quedito y callando. Al caminar por las habitaciones la duela crujía interrumpiendo el silencio monacal de la casa. Un aroma a maderas preciosas me liga indefectiblemente al recuerdo de los muebles pesados de aquellas habitaciones de espíritus traviesos.
El ropero de la abuela con su espejo esmerilado y compartimentos, ocultaba cajones de doble fondo donde solía guardar las monedas de oro y plata, muchas en desuso durante la Revolución. Algunos rebozos eran su orgullo, listones de seda fina, peinetas de carey, camafeos de marfil y fotografías, muchas fotografías que un mal día murieron en el basurero.
En ocasiones cuando evoco aquella casa, me recuerdo corriendo, entre las habitaciones, saltando en la cama y haciendo el mayor escándalo para provocar la atención de los grandes haciendo sobremesa mientras charlan sobre esas cosas insulsas que acostumbran los adultos.
Entonces, uno busca refugio a sus soliloquios y encuentra en las hormigas una leal complicidad. Las dejaba serpentear por mis piernas, deambular inquietas entre los dedos presurosas por encontrar el camino hacia sus galeras. Las observaba con detenimiento dejándome sorprender con esa habilidad que existe en ellas para trabajar en equipo como si a una voz, todas obedecieran y existiese un código, un lenguaje no escrito para entenderse y comprender lo perfecto de su organización.
De pronto, me encuentro viajando hacia el Norte y el horizonte se abre para absorberme como un remolino tragándose el tiempo y las cosas que encuentra a su paso. Es un túnel que trasciende el ritmo del reloj y juega con las manecillas a su antojo.
Ahí estoy, de pie frente a ti, meciendo la cuna, dibujando tu rostro sonriente, mesando los escasos cabellos rubios que apenas peina, inaugurando el otoño.
Tomo un libro de fábulas, nos sentamos juntos en la cama, abrimos la segunda página donde los animales de la mitología parecen cobrar vida. Y mientras leo, balbuceas como haciendo coro. Te dibujo un Unicornio invocando a tu imaginación porque el trazo de líneas y el color es algo negado a mi pobre talento plástico.
A veces en cambio, me desvelo escribiéndole algunas historias, cuentos de magia y duendes donde tú siempre eres la princesa, en un mundo donde no hay ni buenos ni malos, simplemente circunstancias; en un mundo donde cada cual traza su propio sendero por donde se habrá de transitar de ida y de regreso.
Pienso que los escritores saben que nunca recibirán recompensa mientras estén en la tierra. El oficio del escritor es una lucha sempiterna con el idioma, una batalla incesante contra esas letritas indóciles que, por más que machacamos, no acaban de acomodarse de una vez y por todas en el lugar justo. Sé que el artista nunca está del todo satisfecho con lo que ha producido, y que estarlo sería el primer paso hacia el anquilosamiento creativo.
Esa idea no me abandona. Quizá por ello, aprendiste a leer antes de cumplir los 5 años. Recuerdo entonces los días interrumpidos, las noches sin voces ni cuentos y pienso en ti. El recuerdo es una mirada de reojo a un futuro improbable, al menos, improbado. Una mirada furtiva de la mente donde se alojan los buenos pensamientos y se esconden los malos momentos resistiéndose a salir porque nadie tiene deseos de invocarlos.
La historia es una secuencia de paralelismos inexplicables, llenos de misterio, como si la vida misma transcurriera en espiral y al pasar por el mismo punto reconociera paisajes, rostros, voces y cuerpos como un “deja vu”.
Al mecer tu cuna algo, me conduce hacia la casa de la abuela tan parecida donde recuerdo a mi nonagenaria bisabuela de extraordinario parecido contigo. Observo el espejo desde la mecedora de bejuco. El espejo me devuelve tres imágenes iniciales, tres rostros de diferentes generaciones; ahora las imágenes se fusionan y tu rostro infantil sufre una metamorfosis de bebé a niña.
Detrás de tu sonriente cara están los columpios rechinando con sus cadenas oxidadas por la lluvia, está el pajarero adivinando la suerte, el señor de los algodones y las campanas del carro de nieves. Están tus hermanos y sus cabellos lacios. El espejo cambia de posición y de tiempo. Las puertas de la escuela se abren, los libros de cuentos y leyendas han cedido su espacio a otros textos obligados.
Entonces recuerdo las vísperas de año nuevo en casa de la abuela. Recuerdo mientras observo la sonrisa silenciosa de la bisabuela entreteniéndonos con juegos y rondas infantiles mientras los mayores jugaban al dominó o el cubilete. Mis manos empuñan un montón de huesos de chabacano para jugar a pares o nones. Pero es Anna Karen, eres tú, quien suelta los palitos chinos sobre el piso de duela en tanto esperamos también el año nuevo. La bisabuela decía que el secreto de la felicidad universal era poner pensamientos y acciones nobles en la mente y corazón de cada individuo. Sacar las envidias y los malos comentarios que denotan siempre bajeza humana. Endulzar la vida para escupir esos agrios comentarios que tanto envilecen a quien los pronuncia. La felicidad es pensar y actuar noblemente, eso es todo, nos decía.
Estoy de frente al tiempo mirando hacia dos espejos en direcciones contrarias. Y nada parece diferente. Quizá la única diferencia sea que un espejo refleja en blanco y negro mientras que el otro, lo hace a todo color. Las historias se repiten y, sin embargo, siempre parecen tan distintas. Ahora estamos tendidos en el césped de un enorme jardín cerca de la alberca. Las aves enjauladas atraen nuestra atención; los pavos reales parecen no querer fugarse de ese entorno de seguridad. Las palomas acuden hasta tu mano para comer del maíz que les deja caer al suelo. Observo las habitaciones de este enorme hotel, otrora Hacienda colonial en el estado de Morelos. Las imágenes y los íconos abundan en los pasillos y corredores entre las habitaciones y las galerías de la hacienda.
Me pregunto entonces si tú podrás recordar esta imagen de la misma forma en que yo retengo las imágenes de casa de la abuela. La infancia es un episodio vago de la memoria, pero profundo en el subconsciente de la gente.
Un nuevo giro y la bisabuela desaparece del espejo, Anna Karen se transforma de niña a mujer y eso fue en un solo parpadeo. Como parpadeando se pasan los años y los días. Esta vez, los espejos muestran una sucesión de imágenes interminables. El paso de los días en distintos territorios, el aire se hace liviano, se respira bien cuando el espejo me devuelve la cima del Tacaná y desde esa altura le damos la vuelta a cada una de las hojas del calendario. Los días suelen ser más fastos que nefastos porque siempre, las remembranzas nos brindan la esperanza de un nuevo amanecer, de un nuevo reflejo en los espejos de la historia porque siempre seremos los mismos, aunque algo haya cambiado en los pliegues que surcan nuestras expresiones. La antigua casona de la abuela es todas las casas que hemos habitado, ahí se congregan los espíritus que nos invocan para señalarnos la ruta a seguir. Desde la cama donde brincábamos el espejo refleja a una madre con su hijo, ahora, Anna Karen, te conviertes en madre y eso es una cuestión de amor.


