
Edgar Hernández Ramírez
Durante décadas, el 5 ha sido en la escuela mexicana algo más que una calificación. Ha sido una frontera. De un lado, los que pasan; del otro, los que “no dieron el ancho”. En la boleta, ese número parece apenas un dato administrativo; en la vida de un niño puede convertirse en marca, vergüenza, amenaza familiar, burla escolar o anticipo de abandono. El 5 no sólo dice “no acreditó”: muchas veces traduce un juicio moral. El alumno no supo, no pudo, no quiso, no se esforzó. Así, una cifra termina cargando una pedagogía completa: la idea de que aprender es avanzar bajo amenaza y que quien no alcanza el mínimo debe repetir el camino.
Por eso el debate sobre eliminar o limitar la evaluación reprobatoria no puede reducirse a la frase fácil de que “ya no se va a reprobar a nadie”. Esa caricatura impide ver el problema real. La discusión de fondo no es si la escuela debe exigir o dejar de exigir; es qué entiende por exigencia, cómo responde cuando un niño no aprende y a quién responsabiliza por el fracaso escolar. El dilema no está entre rigor y permisividad, sino entre una escuela que usa la reprobación como castigo y una escuela que asume el aprendizaje como responsabilidad compartida.
La reprobación ha funcionado históricamente como una respuesta simple ante un problema complejo. Si el alumno no alcanza los aprendizajes esperados, se le detiene. Si no cumple tareas, se le sanciona. Si no se adapta al ritmo del grupo, se le obliga a repetir. La lógica parece contundente: quien no sabe, no pasa. Pero esa aparente justicia esconde una pregunta incómoda: ¿repetir el grado garantiza que el niño aprenda lo que no aprendió? No necesariamente. Volver a cursar los mismos contenidos, en condiciones parecidas, con los mismos rezagos y muchas veces con las mismas carencias, no equivale a resolver el problema. Puede ser apenas una vuelta burocrática al mismo fracaso.
La no repetición de grado parte de una premisa pedagógica distinta: el bajo rendimiento no debe leerse como culpa individual aislada. Un niño puede tener dificultades por pobreza, mala alimentación, violencia familiar, ausentismo, barreras lingüísticas, discapacidad no atendida, falta de acompañamiento en casa, escuelas deterioradas, grupos saturados, métodos de enseñanza insuficientes o maestros abandonados por el propio sistema. En esas condiciones, reprobar puede terminar castigando al estudiante por desigualdades que no controla. La escuela, que debería compensar los puntos de partida desiguales, corre el riesgo de confirmarlos.
Argumentar a favor de la no repetición no significa defender que los alumnos avancen sin aprender. Esa es la gran confusión interesada del debate. No repetir grado no debe equivaler a aprobar la ignorancia ni a maquillar estadísticas. Debe significar algo mucho más exigente: detectar a tiempo el rezago, acompañar, reforzar, intervenir, involucrar a la familia, apoyar al maestro y crear rutas de recuperación. El verdadero rigor educativo no consiste en llenar boletas con cincos, sino en impedir que un niño llegue al final del ciclo sin haber sido atendido.
La evaluación, entendida de manera formativa, no debería ser una sentencia, sino una lectura del proceso. Sirve para saber dónde está el alumno, qué comprende, qué no ha logrado, qué obstáculos enfrenta y qué necesita para avanzar. La calificación reprobatoria, en cambio, suele llegar tarde: cuando el daño ya está acumulado. Funciona como diagnóstico final de una omisión previa. El 5 dice que el niño no aprendió, pero no siempre explica por qué; señala el resultado, pero no necesariamente corrige la causa.
El 5 como látigo simbólico
Sin embargo, el rechazo social a eliminar la reprobación tiene raíces profundas. En amplios sectores persiste una cultura escolar construida sobre la disciplina dura. Se cree que sin castigo no hay responsabilidad, que sin amenaza no hay esfuerzo, que sin miedo al fracaso no hay aprendizaje. En esa estructura psicológica, el 5 funciona como látigo simbólico. Ordena, presiona, asusta. El alumno estudia no siempre por deseo de comprender, sino por temor a reprobar. Es una pedagogía del miedo: eficaz para producir obediencia, pero limitada para formar pensamiento, curiosidad y confianza.
También opera una nostalgia autoritaria de la escuela antigua: la escuela del silencio, la fila, el regaño, el maestro incuestionable y el alumno sometido. Se recuerda esa escuela como si hubiera sido más seria, más respetable, más formadora. Pero se omite su lado oscuro: la humillación pública, el abandono de quienes aprendían distinto, la expulsión silenciosa de niños pobres, indígenas, rurales o emocionalmente golpeados. No todo lo severo fue educativo. No todo lo duro fue justo. No toda disciplina produjo aprendizaje.
Detrás de la defensa punitiva de la evaluación aparece también una matriz meritocrática. Se afirma que quien se esfuerza pasa y quien no se esfuerza reprueba. La frase parece razonable, pero parte de una ficción: que todos los niños estudian en igualdad de condiciones. No es igual hacer tarea con comida, libros, internet, tranquilidad emocional y padres presentes, que hacerlo con hambre, violencia, trabajo doméstico, trayectos largos o una lengua materna distinta al español. Cuando la escuela ignora esas diferencias, la calificación deja de medir solamente aprendizaje; también mide clase social, capital cultural, estabilidad familiar y cercanía con la cultura escolar dominante.
Por eso la reprobación puede funcionar como filtro social. Separa a quienes se adaptan al molde escolar de quienes quedan fuera de él. A unos les confirma la trayectoria; a otros les anticipa la derrota. Repetir grado puede generar desfase de edad, vergüenza, baja autoestima, ruptura con el grupo de pares, desmotivación y mayor riesgo de abandono. El estudiante no sólo repite contenidos, repite la experiencia de haber sido señalado como insuficiente.
Responsabilidad compartida
Ahora bien, tampoco se deben despreciar las preocupaciones legítimas de padres y maestros. México enfrenta problemas reales de aprendizaje. Muchos alumnos avanzan sin dominar lectura, escritura, operaciones básicas o habilidades de pensamiento. Sería irresponsable negarlo. También es cierto que muchos docentes trabajan con grupos numerosos, carga administrativa, escaso apoyo psicopedagógico, presión social y poca capacitación efectiva. Para algunos, la posibilidad de reprobar ha sido una herramienta de control en un sistema que no les ofrece demasiadas alternativas.
Ahí se encuentra el punto crucial: eliminar la repetición sin fortalecer la escuela puede convertirse en simulación. La no reprobación no puede ser una orden burocrática para mejorar indicadores. Debe venir acompañada de diagnóstico temprano, tutorías, recuperación permanente, materiales adecuados, formación docente, atención socioemocional, reducción de rezagos y comunicación real con las familias. Si se le quita al maestro la amenaza del 5, hay que darle herramientas más potentes: tiempo, apoyo, autonomía pedagógica, especialistas, condiciones laborales dignas y estrategias concretas para atender la diversidad del aula.
Las autoridades educativas tienen la mayor responsabilidad. No basta con decretar que la evaluación será más humana o formativa. Deben garantizar los medios para que eso ocurra. Una política de no repetición sin recursos puede terminar cargando el problema sobre los maestros y escondiendo el rezago bajo la alfombra. La autoridad debe asegurar que ningún alumno avance solo, que ningún docente enfrente solo el rezago y que ninguna escuela sea obligada a simular aprendizajes donde hacen falta apoyos reales.
Los maestros, por su parte, ocupan un lugar decisivo. Evaluar no debe ser únicamente cerrar el ciclo con una nota, sino acompañar el trayecto. El docente no es verdugo ni notario del fracaso; es mediador del aprendizaje. Su tarea es identificar dónde se rompe la comprensión, qué barreras impiden avanzar y qué nuevas rutas pueden abrirse. Eso exige preparación, sensibilidad y respaldo institucional. La evaluación formativa requiere más trabajo profesional, no menos.
La sociedad también debe revisar sus propias creencias. Muchos padres defienden la reprobación porque creen que así se conserva el orden. Pero una comunidad comprometida con la educación debería preguntar algo más profundo: ¿qué hacemos para que ningún niño llegue al final del año sin aprender?, ¿cómo apoyamos a quienes tienen más dificultades?, ¿qué parte corresponde a la familia, a la escuela, al Estado y al entorno social?
El dilema ético, pedagógico, social y político de la no repetición está precisamente ahí. Ético, porque obliga a preguntarnos si es justo cargar sobre el niño el peso de desigualdades que lo rebasan. Pedagógico, porque exige evaluar con rigor sin convertir la calificación en castigo. Social, porque desnuda un país desigual donde no todos aprenden desde el mismo punto de partida. Político, porque obliga al Estado a demostrar que el derecho a la educación no significa sólo estar inscrito, sino aprender con dignidad.
La pregunta verdadera no es si debe desaparecer el 5 de la boleta. La pregunta es qué hará la escuela antes de que ese 5 aparezca. Una escuela autoritaria espera al final para señalar al niño. Una escuela democrática interviene antes, acompaña mejor y no permite que el rezago se vuelva destino. La no repetición sólo será justa si implica una exigencia mayor: que ningún alumno sea aprobado en el abandono ni reprobado por la indiferencia.


