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Corregir o morir / A Estribor

Corregir o morir / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor Franco

En política, como en la guerra hay una regla que la historia repite con terquedad: quien no corrige a tiempo, se encamina al desastre. No es un asunto de ideologías, ni de discursos, ni siquiera de fuerza. Es una cuestión de realidad. El poder que se niega a rectificar termina por implosionar.

LA SOBERBIA QUE DERROTA EJÉRCITOS

Ahí está el ejemplo del general Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez durante la Batalla de Puebla. Al mando del que entonces era considerado el ejército más poderoso del mundo, subestimó el terreno, el clima y, sobre todo, al adversario.

Sus tropas avanzaban cuesta arriba, bajo la lluvia, con el fango frenando cada paso. La artillería francesa tomaba como referencia las torres visibles de los fuertes, hasta que el general Ignacio Zaragoza ordenó derrumbarlas. De pronto, el enemigo quedó sin saber a dónde apuntar.

El propio general mexicano Juan Nepomuceno Almonte —quien acompañaba al ejército francés— le advirtió a Lorencez que desistiera. Que el ataque estaba condenado. Pero la soberbia pudo más. Francés no podía aceptar la retirada. El resultado fue el que conocemos: una derrota que México aún celebra con orgullo.

CUANDO EL PODER IGNORA LA REALIDAD

No es un caso aislado. A Napoleón Bonaparte le ocurrió lo mismo en Rusia. A Adolf Hitler también. Ambos perdieron gran parte de sus ejércitos. No cayeron bajo las balas si no bajo temperaturas de hasta 50 grados bajo cero. Pero ambos creyeron que su poder era suficiente para doblegar la realidad.

Y ambos terminaron enfrentando no solo a un ejército, sino al clima extremo, al territorio y a su propia incapacidad de rectificar. El enemigo no siempre está enfrente; a veces está en la terquedad.

EL COSTO DE NO RECTIFICAR

Hoy vemos ecos de esa misma lógica en la política contemporánea. Donald Trump enfrenta escenarios donde incluso los liderazgos más duros ya buscan salidas decorosas cuando entienden que prolongar el conflicto puede resultar más costoso que retirarse.
Porque hay momentos en los que resistir deja de ser fortaleza y se convierte en necedad.

EL DILEMA DEL PODER

En México, el problema es más delicado. No se trata de una batalla ni de una campaña militar, sino de algo más importante: la credibilidad del Estado.

Cuando el poder decide cerrar filas sin matices, sin autocrítica, sin voluntad de corregir, lo que está en juego no es una figura política, sino todo el sistema que la sostiene.

La historia reciente ha colocado sobre la mesa temas que ya no pueden ocultarse. La relación entre poder político, las estructuras de seguridad y crimen organizado ha dejado de ser una sospecha para convertirse en un asunto de escrutinio internacional.

Y cuando los propios actores involucrados comienzan a revelar información —por acuerdos, por conveniencia o por supervivencia— el margen de maniobra se reduce dramáticamente.

Los jueces federales en Estados Unidos no se andan con rodeos y no actúan por suposiciones. Si están pidiendo a Rocha Moya y sus secuaces es porque ya tienen armado un caso.

CORREGIR O COLAPSAR

El dilema es evidente: corregir implica reconocer errores, asumir costos y quizá sacrificar piezas lo cual puede llegar hasta el propio expresidente. No hacerlo implica arriesgarse a que el problema escale hasta volverse inmanejable para la presidenta. Si Trump decide venir por los narcos para desmantelar toda su estructura criminal cosa que ya he hecho. De nada servirá desgarrarse las vestiduras como lo hacen ahora desde La tribuna del poder legislativo. Estados Unidos nos puede llevar a la quiebra sin necesidad de enfrentarnos, en tan solo una semana y eso sí es grave. Basta con que no cierre la llave del gas y las gasolinas y ya no digamos los granos básicos que importamos hasta en un 70% del vecino país del Norte.

Es la misma disyuntiva de Lorencez frente a Puebla, solo que en un terreno mucho más complejo y con consecuencias infinitamente mayores.

La tentación del poder es siempre resistir. Aguantar. Negar. Apostar a que el tiempo diluya los problemas y vaya que Morena ha abusado de eso hasta la ignominia. Pero la historia enseña que cuando los errores se acumulan, llega un punto en que ya no hay narrativa que los sostenga. Porque al final, la política —como la guerra— no perdona la soberbia.

Y siempre cobra factura a quien confunde lealtad con ceguera, o firmeza con obstinación. Corregir no es rendirse pero eso tiene costos. Es, muchas veces, la única forma de sobrevivir.

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