
Manuel Ruiseñor Liévano
¿Es la historia la gran maestra de la vida? Seguramente muchos coincidiremos en que así es. A propósito, decía
el pensador romano Cicerón, que ésta actúa como un espejo que nos faculta entender el presente, para evitar repetir errores pretéritos, y así construir un futuro consciente y justo en el proceso de analizar las experiencias humanas previas.
Con esa idea, en este espacio procederemos a desarrollar algunas líneas sobre el quehacer de uno de los oficios más antiguos de la humanidad. Me refiero a la política, desde el ángulo en que esta ciencia, por igual considerada un arte, un oficio, ha sido querellada en su andar por el tiempo.
Debatiremos en torno a la legitimidad, la forma y el propósito del poder en la historia. Una controversia que abarca desde la crisis de representación democrática hasta la confrontación entre distintas escuelas de pensamiento, Todo, con el objetivo de abrir una deseable y sana conversación en torno a la política en el tiempo. Es decir, sobre la legitimidad, la forma y el propósito del poder.
Y es que, a no dudarlo, la querella contra la política ha sido una constante que ha acompañado a la civilización, cuestionando la gestión del poder, la moralidad de los gobernantes, así como la eficacia de las instituciones. Como bien sabemos, en su añejo trayecto la política ha sido atacada tanto por sus excesos como corrupción y tiranía, así como por su supuesta ineficacia e inmoralidad.
En la Grecia clásica, la de Sócrates y Platón, por ejemplo, se cuestionaba a la democracia ateniense por ser un sistema propenso al desorden y la incompetencia. Aristóteles, por su parte, cumplió una crítica moderada señalando los peligros de la demagogia y la degeneración de la democracia.
Como podemos ver, la querella contra la política, respecto de la cual brillaron las ideas del gran Martín Luis Guzmán, que abordaremos más adelante, no es ninguna novedad, para bien o para mal ha sido una constante.
Así, en los llamados tiempos de la modernidad vimos como el genial Maquiavelo transformó su apreciación al separar la moralidad tradicional de la práctica política, enfocándose en la llamada “razón de Estado”, lo cual generó una nueva querella: la política vista como un arte amoral o cínico, enfocado en el mantenimiento del poder, lo cual fue descrito más tarde por Voltaire, como el camino para que “hombres sin principios dirijan a hombres sin memoria”. Nada más pero nada menos.
En los tiempos de la China antigua, se tiene registro de críticas al nepotismo y la corrupción, para lo cual se hubo buscado técnicas de selección de funcionarios basadas en méritos para combatir la degradación de la vida política.
Durante los siglos XIX y XX la política ha sido constantemente acusada de clientelismo y de convertirse en “comunidades de explotación” de recursos públicos. Un contexto en el cual la acusación de corrupción se usó sistemáticamente para deslegitimar la política democrática y popular.
Y así sucesivamente hasta llegar a la modernidad, en la cual se impusieron la política crítica y el antipoliticismo, subyacentes en ilas ideas de Marx, Gramsci, Foucault y Benjamin, sólo por citar a los más conspicuos. Pensadores todos que cuestionaron no sólo a los políticos, sino a las estructuras mismas de poder, la burocracia estatal y la racionalidad económica que subyace en la política moderna.
En la época actual, la querella se ha centrado en la crispación, donde la política se percibe como un teatro de guerra o una “versión virtual de la guerra civil”, han señalado filósofos como Savater o Gomá. Éste último un ameritado crítico especializado en el tema de “la dignidad de la política” y sobre el cual recomendamos ampliamente la lectura de su obra.
Gomá, se refiere a la “dignidad” en la política como un concepto esquivo, algo así como “lo que estorba y resiste a todo, incluido el interés general y el bien común” y que ha sido olvidado y despreciado por la filosofía, frente a su presencia cotidiana en la calle, los mitines o los medios de comunicación.
Nos dice el filósofo español: “Hemos progresado en nombre de la dignidad porque todo el mundo la sentía, aunque no fuera capaz de definirla”.
A todo lo anterior, debe agregarse que hay otra forma de querellarse contra la política, y ésta es el señalamiento de que los gobiernos manipulan la historia para legitimarse, posicionándose como herederos de los “buenos” y alterando la narrativa del pasado.
Sea como fuere, el caso es que la querella contra la política es y seguirá siendo foco de tensión permanente entre la necesidad de orden y la desconfianza hacia quienes ejercen el poder.
Como bien señaló el gran escritor del México Revolucionario, Martín Luis Guzmán, “nuestras contiendas políticas interminables; nuestro fracaso en todas las formas de gobierno; nuestra incapacidad para construir, aprovechando la paz porfiriana, un punto de apoyo real y duradero que mantuviese en alto la vida nacional, todo anuncia, sin ningún género de duda, un mal persistente y terrible, que no ha hallado, ni puede hallar, remedio en nuestras constituciones —las hemos ensayado todas— ni depende tampoco exclusivamente de nuestros gobernantes, pues —¡quién lo creyera!— muchos hemos tenido honrados. Vano sería, por otra parte, buscar la salvación en alguna de las facciones que se disputan ahora, en nuestro territorio o al abrigo de la liberalidad yanqui, el dominio de México; ninguna trae en su seno, a despecho de lo que afirmen sus planes y sus hombres, un nuevo método, un nuevo procedimiento, una nueva idea, un sentir nuevo que alienten la esperanza de un resurgimiento. La vida interna de todos estos partidos no es mejor ni peor que la proverbial de nuestras tiranías oligárquicas; como en éstas, vive en ellos la misma ambicioncilla ruin, la misma injusticia metódica, la misma brutalidad, la misma ceguera, el mismo afán de lucro; en una palabra: la misma ausencia del sentimiento y la idea de la patria”.
Qué contundentes y actuales resuenan en los oídos de nuestro tiempo, las palabras de Martin Luis Guzmán. Y es que el país vive aún atrapado en el debate de una Reforma Política Electoral, que amenaza el presente y el futuro de la nación, y que pone en la de por si angustiada escena económica y social, la contienda contra la inseguridad. Pero esa es otra historia.
En su obra “La Querella de México”, 1915, Martín Luís Guzmán, en el capítulo llamado De la inmoralidad del criollo, el mal de origen, sostiene lo siguiente: “Tan ajena es la política mexicana a sus propias realidades (nuestras instituciones son importadas; nuestra especulación política —vaga y abstracta— se informa en las teorías extranjeras de moda, etcétera), y tan sistemática la inmoralidad de sus procedimientos, que no puede menos que pensarse en la existencia de un mal congénito en la nación mexicana. Así es, efectivamente. En el amanecer de nuestra vida autónoma —en los móviles de la guerra de Independencia— aparece un verdadero defecto de conformación nacional (inevitable por desgracia): los mexicanos tuvimos que edificar una patria antes de concebirla puramente como ideal y sentirla como impulso generoso; es decir, antes de merecerla”.
Contundente el juicio del maestro Guzmán, quien señala: “He ahí la fuente inagotable del desconcierto. Si nuestro primer paso hubiera sido una adivinación, o un avaloramiento frío y concienzudo, o un cálculo egoísta, pero claramente definido, la vida nacional mexicana gozaría de las excelencias de lo primero, de la marcha segura y moderada de lo segundo o de la firme estrechez de lo tercero; mas como, al revés, nuestro primer acto participó de lo ciego, de lo irreflexivo y de lo vago, por lo uno y lo otro habremos de padecer largamente. Este mal de origen es nuestra carne primera, el punto de partida de nuestra individualidad como pueblo y como nación; él ha trazado nuestra vida y nuestro carácter, él nos explica. Nacimos prematuramente, y de ello es consecuencia la pobreza espiritual que debilita nuestros mejores esfuerzos, siempre titubeantes y desorientados”.
Más adelante Don Martín Luis Guzmán remata la lectura de la realidad de su tiempo: “Dos son los momentos de nuestra historia en los que, con mejor fruto, podemos asomarnos al alma política mexicana —al alma de aquella clase, integrada con cierta unidad, que dirige los acontecimientos sociales de México—: la Independencia y la paz porfiriana. Entre estas dos etapas, la Reforma crece, da frutos casi malogrados, se desvirtúa, y se pierde al fin en la paz”.
Y agrega: “Nuestro desorden económico, grande como es, no influye sino en segundo término, y persistirá en tanto que nuestro ambiente espiritual no cambie. Perdemos el tiempo cuando, de buena o mala fe, vamos en busca de los orígenes de nuestros males hasta la desaparición de los viejos repartimientos de la tierra y otras causas análogas. Éstas, de grande importancia en sí mismas, por ningún concepto han de considerarse supremas. Las fuentes del mal están en otra parte: están en los espíritus, de antaño débiles e inmorales, de la clase directora; en el espíritu del criollo, en el espíritu del mestizo, para quienes ha de pensarse en la obra educativa. Sin embargo, la opinión materialista reina aún y, entendida de otro modo, ha venido a constituir, sincera o falsamente, la razón formal de nuestros movimientos armados a contar de 1910”. (Guzmán Martín Luis. Obras Completas. México. FCE. 1984. Vol. I).
A MANERA DE COLOFÓN
La querella de nuestro tiempo contra la política y las instituciones, sigue siendo vigente y central en el debate público mexicano. Un debate caracterizado por una alta polarización y el cuestionamiento de los sistemas judicial y electoral vigentes.
Particularmente, este año previo al magno proceso electoral del 2027, revelándose una querella que ya no sólo se limita a la oposición partidista, sino que permea diversas capas de la sociedad —se insiste en diversos foros— como parte de una “guerra política” enfocada en romper la confianza social, con una narrativa gubernamental que busca defender la “verdad pública” contra críticas, mientras la oposición denuncia prácticas inconstitucionales.
En pocas palabras, la querella contra la política en el país, persiste bajo la forma de una pugna por el control institucional, la autonomía de los órganos electorales y la eficacia de la justicia penal y la seguridad ciudadana. Ya veremos su desenlace en un Chiapas donde habrán de renovarse tanto el Congreso local, como los ayuntamientos municipales y las diputaciones federales.


