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Cómo se construye el poder en México

Cómo se construye el poder en México
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Carlos Perola Burguete

Cinco notas sobre mayorías, reglas y régimen político en México.

En la conversación política mexicana suele asumirse que el poder se define en el momento de la elección. Se cuentan los votos, se anuncian las mayorías y el resultado parece cerrar el ciclo. Sin embargo, la experiencia política muestra algo distinto: las urnas abren la puerta, pero no explican por sí solas cómo se organiza realmente el poder.

Entre el resultado electoral y el ejercicio efectivo del gobierno existe un proceso menos visible, pero decisivo. Es el espacio donde las mayorías se convierten en decisiones, donde las reglas institucionales adquieren sentido político y donde comienzan a formarse nuevas correlaciones dentro del sistema.

Esta serie propone detenerse en ese proceso y recorrer algunas de sus etapas.

La ruta del poder

1a. La ilusión de la mayoría.

La elección produce una mayoría electoral, pero ganar votos no significa todavía gobernar.

2a. El Congreso como arquitectura del poder

Las mayorías se convierten en capacidad de decisión cuando se traducen en reglas, instituciones y control legislativo.

3a. La mayoría como proyecto político

Cuando las instituciones responden a una misma orientación estratégica, la mayoría deja de ser aritmética y se vuelve dirección política.

4a. Las nuevas élites del poder

Todo proyecto político consolidado reorganiza posiciones de influencia y produce nuevas élites dentro del sistema.

5a. ¿Alternancia o nuevo régimen?

Cuando cambian las mayorías, las instituciones y las élites, la pregunta final es inevitable: qué tipo de régimen político empieza a tomar forma.

Incitemos la reflexión.

La ilusión de la mayoría (I de V)

En la política mexicana hay ideas que se repiten como si fueran verdades evidentes. Una de ellas es que las elecciones deciden por sí mismas quién gobierna.

Pero la política no solo se decide en las urnas…

La noche electoral tiene algo de ritual moderno.

Los porcentajes comienzan a aparecer en las pantallas, los analistas apresuran interpretaciones y los partidos políticos declaran victorias o derrotas antes incluso de que los cómputos hayan terminado. En cuestión de horas se instala una narrativa que parece indiscutible: alguien ganó y alguien perdió. Y cuando la diferencia es amplia, la conclusión suele presentarse como evidencia irrefutable de una mayoría.

Sin embargo, la política casi nunca es tan simple como la noche electoral quiere hacernos creer.

En las democracias contemporáneas, las mayorías que se anuncian en los discursos de victoria no siempre corresponden exactamente a las mayorías que existen en la sociedad. Entre los votos depositados en las urnas y el poder político que finalmente se ejerce hay una distancia que pocas veces se examina con detenimiento. Esa distancia no es necesariamente producto de irregularidades ni de manipulaciones abiertas; con frecuencia es consecuencia del propio diseño institucional con el que funcionan los sistemas electorales.

México no es la excepción.

El sistema electoral mexicano fue construido durante décadas con un objetivo específico: permitir la competencia política sin perder estabilidad institucional. Las reformas que comenzaron a desarrollarse desde finales del siglo pasado buscaron equilibrar dos exigencias que a veces entran en tensión: garantizar representación para las distintas fuerzas políticas y, al mismo tiempo, asegurar que los gobiernos puedan funcionar con mayorías suficientes para gobernar.

Ese equilibrio produjo un sistema complejo en el que los votos ciudadanos se traducen en poder político a través de distintos mecanismos de representación. El resultado es que la relación entre porcentaje de votos y capacidad real de decisión política no siempre es directa. Un partido puede obtener una proporción determinada de votos y, sin embargo, alcanzar una presencia legislativa considerablemente mayor. En términos estrictamente institucionales, eso no constituye una anomalía: forma parte de las reglas que organizan la competencia política.

Pero el efecto político de ese mecanismo es significativo.

Cuando una fuerza política obtiene una victoria electoral clara, la narrativa pública suele convertir ese resultado en la expresión de una mayoría social homogénea. La idea de “la mayoría” comienza entonces a circular como si fuera una realidad evidente y absoluta. La política, sin embargo, funciona de otra manera. Las mayorías que gobiernan rara vez son simples reflejos aritméticos de la sociedad; son también el resultado de cómo las instituciones convierten votos en poder.

Ahí aparece la primera clave para entender muchos de los debates actuales sobre el sistema político mexicano.

La mayoría que emerge de una elección no es únicamente el producto de la voluntad ciudadana expresada en las urnas. También es el resultado de las reglas mediante las cuales esa voluntad se transforma en representación política. Dicho de otro modo: la mayoría no es sólo un hecho electoral; es también una construcción institucional.

Esto no significa que las mayorías sean ficticias ni que las elecciones carezcan de legitimidad. Significa algo más interesante desde el punto de vista político: que entre la sociedad y el poder existe siempre una arquitectura institucional que traduce, organiza y amplifica los resultados electorales.

Comprender esa arquitectura es fundamental para entender cómo funciona realmente el poder político.

Porque cuando se observa con detenimiento el sistema electoral, se descubre que las mayorías que gobiernan no nacen exclusivamente en las urnas. También se forman en el diseño de las reglas que convierten los votos en decisiones públicas.

La mayoría electoral, por sí sola, no gobierna. El voto abre la puerta, pero el poder se construye después, en los espacios donde las decisiones se vuelven norma y las reglas se convierten en capacidad de gobierno. Si la mayoría no se agota en las urnas, entonces la pregunta siguiente es inevitable: ¿dónde se convierte el voto en poder?

En ese momento la mayoría deja de ser solo un arreglo institucional y empieza a actuar como una dirección política.

Y es justamente ahí donde comienza a revelarse una dimensión menos visible del sistema político mexicano.

Una dimensión en la que las mayorías no sólo se cuentan.

También se construyen.

*Investigador Periodístico en luchas del campo mexicano, la soberanía alimentaria y económica y las relaciones entre Estado, empresas y comunidades rurales. Director de la A.C. PEROLA. Miembro Honorario del Despacho Jurídico B&G-Chiapas. 

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