
Juan Carlos Cal y Mayor
Hay una frase que se repite con insistencia casi litúrgica en la política contemporánea: “el pueblo manda”. Se invoca como principio moral, como legitimación absoluta, como escudo frente a cualquier crítica. Pero pocas veces se examina lo que realmente significa —y, sobre todo, cómo se utiliza.
En Against Democracy (2016), Jason Brennan plantea una idea incómoda: la democracia no puede evaluarse por sus intenciones, sino por sus resultados. Y esos resultados, advierte, suelen estar condicionados por votantes poco informados, fácilmente influenciables por incentivos inmediatos.
EL INTERCAMBIO SILENCIOSO
En México, ese incentivo ha tomado forma de política social sin horizonte productivo. Transferencias directas, ampliación del gasto asistencial y una narrativa que reduce la justicia social a la distribución, no a la creación de riqueza.
El problema no es ayudar. El problema es sustituir el desarrollo por la dádiva.
Cuando el voto se vincula —aunque sea implícitamente— al beneficio recibido, la democracia deja de ser deliberativa y se vuelve transaccional. Y ahí aparece una verdad incómoda: la corrupción no es solo del poder que reparte, sino también del sistema que premia esa lógica.
ORDEN, EDUCACIÓN Y DESARROLLO
El caso de El Salvador bajo Nayib Bukele apunta en otra dirección. No se trata únicamente de seguridad, sino de algo más profundo: el restablecimiento del orden como condición previa al desarrollo.
Pero el orden por sí solo no basta. La historia lo demuestra. Los países que han logrado transformar su destino —como Singapur, Corea del Sur o Chile en ciertos momentos— lo hicieron apostando por dos pilares: educación exigente y modelo económico orientado a la productividad.
México ha fallado en ambos.
La educación se ha degradado en nombre de una falsa inclusión que elimina la exigencia. Se confunde igualdad de oportunidades con igualdad de resultados. Se premia la permanencia, no el mérito. Y así, lejos de formar ciudadanos críticos y productivos, se reproducen generaciones dependientes.
DE LA DÁDIVA A LA CAPACIDAD
El cambio no pasa por eliminar la política social, sino por transformarla.
Primero, una educación radicalmente distinta:formación técnica desde etapas tempranas, evaluación real del desempeño, dignificación del maestro con exigencia y no con concesiones sindicales, e incorporación plena de tecnología y pensamiento crítico. Educar para producir, no solo para acreditar.
Segundo, un modelo económico que deje de girar en torno al gasto público y se enfoque en la creación de riqueza: incentivos a la inversión, simplificación fiscal, certeza jurídica y combate frontal a la informalidad. El Estado debe ser facilitador, no sustituto del individuo.
Tercero, reconvertir los programas sociales en instrumentos de transición, no de permanencia. Apoyos condicionados a capacitación, empleo o emprendimiento. No como castigo, sino como puente hacia la autonomía.
EL DILEMA DEMOCRÁTICO
Brennan advierte que los ciudadanos pueden votar mal porque los incentivos los empujan a ello. México parece confirmarlo. El Salvador, por su parte, muestra que el orden puede generar resultados, pero también riesgos de concentración de poder.
El desafío no es elegir entre democracia o eficacia. Es construir una democracia capaz de producir resultados sin degradarse en el intento.
Porque cuando el “pueblo” es reducido a clientela, deja de ser soberano. Y cuando la política renuncia a formar ciudadanos, termina gobernando dependientes. El verdadero cambio no está en quién reparte. Está en dejar de repartir futuro a cambio de presente.


