
José Antonio Molina Farro
El hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad y no el malvado o el sádico
E. F.
El filósofo y psicoanalista que se posicionó políticamente defendiendo la variante marxista del socialismo democrático, lo advirtió hace décadas con gran claridad. Tiene obras señeras que marcaron a generaciones: El miedo a la libertad, El arte de amar, El corazón del hombre, Ética y psicoanálisis. El tema de la dominación de la mujer era una gran preocupación para Fromm: “El dominio de los hombres sobre las mujeres es el primer acto de conquista, y el primer uso explotador de la fuerza…” En cuestión del amor no se trata de un amor romántico, lleva consigo respeto hacia como es la otra persona. Es ante todo, un ser que debe llevar a sus últimas consecuencias positivas el amor, la vocación de vida, una razón humilde, la creatividad. El humanismo por su parte: es justamente la posibilidad de realizar esta creatividad, esta humilde razón de amor que implica a la vez tolerancia y respeto.
Habla de la condición de lobo que existe en la inmensa mayoría. Cito:
“Pero si la mayor parte de los hombres fueran corderos ¿Por qué la vida del hombre es tan diferente de la del cordero? Su historia se escribió con sangre; es una historia de violencia constante, en la que la fuerza se usó casi invariablemente para doblegar su voluntad. ¿Exterminó Talaat Pachá por sí solo millones de armenios? ¿Exterminó Hitler por sí solo a millones de judíos? ¿Exterminó Stalin por sí solo a millones de enemigos políticos? Esos hombres no estaban solos, contaban con miles de hombres que mataban por ellos, y que lo hacían no solo voluntariamente sino con placer”.
“La falsa felicidad está en el deseo de comprar”. Nos recuerda que el bienestar auténtico no se encuentra en lo que acumulamos sino en nuestra capacidad de conectar con nuestra propia vitalidad. La obsesión por el consumo libera dopamina, un chute de placer instantáneo que funciona como un parche para el malestar cotidiano.
El filósofo diseccionaba cómo el capitalismo moldea nuestra mente. Nos venden no solo objetos sino una imagen de felicidad basada en la excitación de la búsqueda y no en la verdadera satisfacción. Hemos pasado de poseer cosas a dejar que las cosas nos posean, convirtiendo nuestras relaciones personales en meros intercambios de mercado donde evaluamos al otro según su “valor de utilidad”.
EL PLACER CONSUMISTA
Con lucidez profética el humanista espetó en 1956: toda nuestra cultura está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad del hombre moderno consiste “en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios, y en comprar todo lo que pueda, al contado o a plazos”. Esta distinción entre la excitación del escaparate y la plenitud real es la clave para entender por qué, tras el frenesí de las rebajas o el extremo de un gadget, suele aparecer un sentimiento de desolación. El análisis va más allá del bolsillo, pues afecta nuestra capacidad de vincularnos. El sistema necesita sujetos estandarizados, fáciles de predecir y con gustos uniformes. “El capitalismo moderno necesita hombres y mujeres que cooperen de manera fluida y en grandes números; que quieran consumir cada vez más, y cuyos gustos están estandarizados y pueden ser fácilmente influenciados y anticipados”. En este escenario, el amor maduro se vuelve una pieza de resistencia, ya que amar de verdad exige presencia y entrega, algo radicalmente opuesto al cálculo de beneficios que rige el consumo.
Frente a esta ensoñación de la posesión, la alternativa reside en lo que Fromm llamaba la orientación productiva. La felicidad no nace de recibir o acumular sino del acto de dar, entendido como la expresión máxima de poder y riqueza interior. “En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mi mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso”. Es un cambio de paradigma total, dejar de ser un barril sin fondo que intenta llenarse con compras, para convertirnos en seres capaces de contemplar la belleza de la vida sin la necesidad de poseerla.
La madurez no tiene que ver con los años cumplidos sino con superar ese narcisismo que nos empuja a querer retenerlo todo. Mientras que el amor inmaduro busca al otro por necesidad, el amor maduro –el único que nos salva de la soledad existencial- nace de la abundancia propia. Al final del día, aprender a amar bien y a mirar el mundo de forma contemplativa parece ser la única receta duradera para una felicidad que no se desvanezca en el mismo instante en que cerramos el carrito de la compra.
P. D. “Los totalitarismos triunfan cuando destruyen la capacidad de las personas para pensar. El sujeto ideal de un régimen totalitario es aquél que no distingue hecho y ficción, verdad y mentira. Es la confusión, el agotamiento. Saturar con contradicciones y mentiras constantes”. Hanna Arendt

