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Rutina existencial / Al Sur con Montalvo

Rutina existencial / Al Sur con Montalvo
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Guillermo Ochoa-Montalvo

Querida Anna Karen,  

Estoy despierto, pero no sé qué hora es. A través de la membrana de los párpados, como por ósmosis, penetra la claridad de la ventana. Me tapo la cabeza con la manta para prolongar la noche. De súbito, el sueño se ha convertido en una aspiración moral, en una orden. Recuerdo ahora que a Truman Capote le recetaban unas pastillas con las que dormía doce horas seguidas cuando se despertaba, antes de espabilarse, se tomaba otra. Ya no aspiraba a escribir, ni a ser admirado; su único deseo era dormir y no paró de hacerlo hasta alcanzar el sueño eterno. Que en paz descanse. 

Continúo con los ojos cerrados y la cabeza debajo de la sábana. Ya no llueve, pero aún puedo escuchar el roce húmedo del agua contra las fachadas. Imagino a la gente en el centro de Tapachula brincando los charcos para atravesar las calles o de plano pagando un peso al tricicleropara no mojarse más. Las mañanas grises me hacen evocar diversos paisajes. Hoy miso debiera estar como de costumbre en la cafetería de siempre adonde suelo llegar cada mañana de domingo desde hace mucho tiempo con las mismas personas a las que nunca les he dirigido la palabra. Imagino que me echan de menos cuando falto, como yo a ellos. Hace casi un año dejó de asistir una mujer que llegaba cada mañana; pedía siempre un café exprés, un bísquet y se retiraba. Al principio pensé que estaría enferma; luego, que había podido cambiar de residencia; ahora, siempre que me acuerdo de ella, me da por pensar que se ha muerto de soledad. Claro, también podría imaginar que se sacó la lotería y se fue a vivir al Caribe, pero las estadísticas dicen que es más fácil morir de soledad que sacarse la lotería, y me fío más de eso. 

¿Pensarán esas personas de la cafetería en mí como yo en ellos? Quizá no, a lo mejor ni se han dado cuenta de mi presencia. Me gustaría volver a dormirme, pero todas estas ideas me han puesto nervioso. Abro los ojos y me enfrento a la ventana: no llueve. Qué raro, habría jurado que sí. Cierro los ojos otra vez, me encojo bajo la sábana y oigo de nuevo el ruido de las gotas sobre el ventanal. Sólo llueve cuando cierro los ojos, como si lloviera dentro de mí y yo estuviera, por dentro, lleno de las ciudades que me han habitado. 

Miro la hora: es temprano, ni siquiera ha pasado la vendedora de tamales con chipilín, ni el camión de la basura de las siete de la mañana. Si me apresuro, todavía puedo llegar a tiempo a tomar café un rato junto a las personas de siempre. No sé qué hacer. Había decidido romper con la rutina, no ir al café, declararme en huelga, pero algo me empuja hacia fuera. De hecho, salgo de la cama contra mi voluntad, me afeito a cien por hora y, luego, más que ducharme, veo cómo me ducho y cómo me visto. Tomo el paraguas, por si acaso (lo paraguas son objetos que siempre se pierden u olvidan dondequiera como la memoria de la historia) En las escaleras cierro los ojos. Continúa lloviendo; es más, se ha levantado un temporal que azota las fachadas de los edificios y arranca las ramas de los árboles. Pero sólo cuando cierro los ojos. Afuera ha escampado. 

Salgo a la calle y el día, aunque fresco, está soleado. En la cafetería mis desconocidos compañeros me miran con gesto de alivio. Seguramente estaban preocupados, más que por mí, por ellos. Mi presencia restituye el orden al que estamos acostumbrados, nos introduce de nuevo en la rutina, y la rutina a veces relaja más que un buen té de boldo. Odio la rutina, aunque a veces la procuro. De hecho, estoy más tranquilo desde que he comprobado que no faltaba nadie en la cafetería. La camarera llega enseguida. Me toma la orden mientras escribo. Cierro los ojos: ahora graniza, puedo oír el ruido de los trozos de hielo al golpear el tejado del restaurante. Todo está en orden: la realidad se comporta como una pesadilla mientras yo sueño con una ciudad perdida en las vastas extensiones de mi pecho, donde no para de llover. 

Dulce, una amiga joven, llega inesperadamente a interrumpir mi diluviano pensamiento. Hablamos de los miedos y temores. Sostengo que los temores son propios de quienes desean mucho y trabajan poco para lograr sus anhelos, los miedos son el nido de los quejumbrosos y apáticos. Dulce me responde: —Mis temores son pocos, trato de disiparlos y aclararlos para que no me atormenten. En cambio, mis infiernos son maravillosos y pocas veces compartidos. Los vivo intensamente porque creo, como nos decía mi abuela: “las niñas buenas van al cielo, las malas… van a todas partes” y a mi me gusta ir a todas partes y meterme en todos los laberintos de la vida. Soy ferviente devota de las pasiones, más que del amor simple e insípido. Creo que la pasión es desbordante, es la realidad, lo cotidiano, no se puede vivir sin amor decía Malcome Lowry y yo digo: no se puede vivir sin pasión. La pasión a los amigos nos obliga a hablarles con la verdad porque creo que a los amigos se les lastima con la verdad para no destruirlos con la mentira. 

Concuerdo con ella en que Tapachula es infierno y paraíso de pasiones expresadas en su exuberante naturaleza física y humana. El sábado anterior acudí a tomar fotografías en la playa y en los manglares de la gente costeña. No me agrada la fotografía de paisajes si no cuenta con el ingrediente de la dimensión humana. Prefiero congelar la imagen de dos jóvenes costeños retozando en la arena, o el de una joven recogiendo camarones a la orilla del canal con su cabellera larga cayendo sobre la turgencia de su cuerpo; o capturar los pies de un anciano dejando las huellas en la arena tras de sí. Esa es la fotografía que prefiero. El valor de la fotografía es contar con muchas vidas porque cada persona que la observa, la percibe de distinta manera y de una sola fotografía se podrían trazar miles de historias. Lo mismo sucede con las personas. Para cada persona somos alguien diferente según nos perciben. 

— ¿Sabes? Como las fotografías, a mí me encantaría tener dos o tres vidas más; en la primera, viviría y viajaría intensamente, quizá como lo he venido haciendo; en otra, tocaría guitarra y haría música; y en la tercera, no haría absolutamente nada, nada más que hacer literatura de mi primera vida y disfrutarlo escuchando las melodías que compusiera en mi segunda existencia. Viviría escribiendo y haciendo el amor, sintiendo la música, bailando todo el día, viviendo en alguna finca de Tapachula o a la orilla de los manglares de Cabildo o en la Cigüeñas, como en el mismo paraíso. En esa tercera vida compartiríamos nuestro amor con quienes nos rodearan contando historias de vidas lejanas. Así sería mi tercera y última vida para después quedar convertido en el polen que liban las abejas y correr con el viento a fecundar la naturaleza. ¿Te imaginas habitar en el espíritu de la naturaleza de Tapachula? 

Tapachula lleva muchos vestidos, infinidad de fachadas es como la gente — me dice Dulce. —Mira. Yo soy lo que, visto, insiste, Dulce y aclara: —Para mí, vestir es como pintarse por fuera, copiando una imagen que se lleva dentro. Si se consigue, se refleja una seguridad que puede llamarse elegancia. Quiero decir con esto que no es la ropa en sí misma lo que te distingue sino el saber qué es lo apropiado para una misma de acuerdo a lo que justamente llevamos dentro. Si tu ropaje interior armoniza con el externo, entonces se es elegante, ¿no crees? Y así puedes llevar unos jeans, una prenda de marca prestigiada o simplemente ponerte encima unos trapos bien seleccionados. En ocasiones me inclino por la ropa de moda y fina y es que todos tenemos una justificación para aburguesarnos: tenemos vanidad y la queremos lucir en un sitio adecuado. La vida de cada familia está representada en la fachada de su propio hogar. 

La rutina del café dominical se rompió con la presencia de Dulce con quien salí a recorrer las fachadas de Tapachula. Las fachadas de Tapachula señalan el paso de su propia historia, desde las casas de adobe hasta el estilo post modernista pasando por el furioso, anodino y espantoso estilo funcionalista propio de los años 40 y 50 de la ciudad de México que quizá haya sido incorporado por la influencia de los estudiantes tapachultecos quienes solían realizar su carrera en el Distrito Federal o en alguna otra ciudad cuyo clima era más propicio al funcionalismo. Lo cierto es que el Art Deco, propio de los climas tropicales cedió su paso a una mezcla de estilosarquitectónicos que hoy conviven indiferentes unos junto a otros. Dulce se sorprende de las casas que imitan embarcaciones como en el cruce de centrales u otras similares que se construyeron sobre la primera calle poniente. Se admira de la arquitectura de los años 30 bajo el Art-Deco de las cuales ya sólo quedan unas cuantas como la de la Casa de Cultura y la del hotel Columba. 

Las ciudades son como las personas: antes de amarlas hay que conocerlas, admirarlas y entonces de ahí surge el amor. La gente suele encontrarse, se miran a los ojos, al cuerpo y se gustan sin saber a ciencia cierta por qué, ese es el chispazo que nace de la hormona o surge como deseo de poseer una joya fina, con las ciudades no es diferente. Nace de la comunión cotidiana de habitarnos mutuamente: las ciudades nos reflejan como nosotros nos reflejamos en ellas. Es una simbiosis donde las ciudades no son las que soñamos, pero son iguales a las que hemos construido. 

Caminar por Tapachula es muy distinto a viajar en carro, es como conocer a alguien a través de Internet: esa distancia y velocidad no permiten admirar el detalle y uno termina perdiéndose en el concepto global que no denota nada. El detalle es la belleza; la cerradura, el ventanal de madera, los pórticos, el patio interior con sus mangos y palmeras, la balaustrada. Detalles que contratan muchas veces con el estado ruinoso de las construcciones. Conocer la ciudad es un ejercicio luminoso, un viaje por estrechos laberintos, por sorpresivos senderos como cuando uno se interna por la colonia Xochimilco o la Miguel de la Madrid; son paisajes panorámicos como los de Colinas del Rey o la Montenegro; verdaderas junglas como los límites de las Hortensias; conocer la ciudad es una exploración tan fascinante y sorpresiva como descubrir las reacciones de Dulce al detenerse en una vieja construcción a percibir la textura del adobe mientras me narra la historia que ella imagina acerca de aquella vieja casa. Hay cierto perfume en las construcciones antiguas que se mezcla con sus propias humedades; es el perfume del tiempo, la esencia de las cosas y de las personas que nos acercan a desear conocerlas de manera más íntima. 

Hoy, observo detenidamente esa construcción y no me sorprendo de verla diferente a otras ocasiones en que he reparado en ella. Pero tampoco puedo olvidar la primera impresión que me causó hace muchos años; es como el primer amor que nunca se olvida, aquel que rasga nuestra púber virginidad para dar paso a la otra edad, la edad de la razón, diría Sartre, ese interior que nos sacude y nos vuelve rebeldes a todo y porque sí y porque no, y porque simplemente se nos pega la gana de hacerlo. 

El primer amor es inolvidable porque generalmente nunca madura, nunca se concreta, casi siempre aborta antes de ser, antes de poderlo conocer y por eso lo idealizamos tanto, como una asignatura pendiente que el tiempo se encargará de matizar con mayor ardor, justamente porque nunca le brindamos la oportunidad del verdadero desencanto y de la misma forma esta ciudad de mi laberintos desconocidos por la mayoría, poco descifrables para muchos, podría contar millones de historia capaces de conmovernos para así admirarla, amarla, respetarla y trabajar por ella. La ciudad que soñamos debe ser igual a la que juntos construyamos, Es cuestión de amor. 

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