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Edad y entusiasmo

Edad y entusiasmo
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José Antonio Molina Farro 

El rasgo más universal y distintivo de las personas felices es el entusiasmo. 

Bertrand Russell 

En su origen  entusiasmo significaba tener a un dios dentro. La palabra proviene del griego, de la conjunción de los términos en (que significa dentro) y theos (dios). “Estar entusiasmado”  significaba literalmente actuar movido por inspiración divina. Poetas, músicos, profetas, etc. eran considerados “entusiastas” cuando hablaban o creaban bajo esa fuerza que los desbordaba y los impulsaba a expresarse con una energía especial, superior a ellos mismos. Con el tiempo el significado de la palabra  perdió su dimensión religiosa pero conservó  su esencia: una energía interior que impulsa a actuar, a crear y a involucrarse con la vida. El término se terminó de secularizar al sustituir la referencia divina interna por una especie de chispa o fuerza vital que nos empuja a ver el mundo con curiosidad, positividad e ilusión. 

Las palabras construyen cultura, nuestro conocimiento y formas de pensar, pero también construyen estereotipos, discriminación y barreras que nos limitan. Este poder cobra una dimensión más profunda cuando hablamos de nuestra edad, de nuestro paso por el tiempo y de cómo nos definimos en relación con ello. En una sociedad donde la narrativa dominante acerca de la edad suele estar cargada de prejuicios y suposiciones, las palabras para hablar de nosotros mismos y de los demás no suelen ser inocuas: tienen el poder de moldear nuestra percepción individual y colectiva. Cuántas veces escuchamos decir, “ya no estoy para eso” o “a mi edad, ya no puedo”. Estas frases reflejan una visión limitada del potencial humano a lo largo de la vida sino también refuerzan una cultura que asocia la vejez con pérdida, declive y obsolescencia. 

MEDIANA EDAD

La mediana edad históricamente ha sido atrapada en una narrativa que se parece más a un estereotipo que a la realidad. La famosa frase “crisis de la mediana edad” acuñada en los 60 por Elliott Jaques, se ha visto asociada a romances impulsivos, autos convertibles, crisis laborales o conflictos familiares. Este imaginario tan repetido en los medios, no es inocente, solo ha hecho arraigar la idea de que esta etapa de la vida es un abismo donde la juventud quedó atrás y lo que sigue es declive y resignación. Inclusive en nuestros días esta narrativa sigue moldeando en muchos casos la forma en que pensamos. Un ejemplo reciente es el caso de una empresa en los E. U. que lanzó una campaña declarando “la muerte” de la mediana edad. Si bien puede parecer una idea disruptiva, no deja de reforzar una visión limitada de este momento de vida  en lugar de resignificarla como momento de transformación, crecimiento y nuevas oportunidades. La mediana edad no necesita de funerales sino de una reconfiguración acorde a nuestros tiempos, de una resignificación. No es un colapso sino un renacimiento donde se mezcla, muchas veces, el duelo por lo que hemos perdido, pero que nunca terminó formalmente. La mediana edad no tiene por qué ser un punto de cierre sino de expansión. Y sí en cambio preguntarnos ¿Qué quiero llevar conmigo? ¿Qué puedo dejar atrás? ¿Qué quiero construir a partir de ahora?

Aferrarnos a identidades obsoletas, a veces no es más que miedo a dejar ir. Este acto de soltar puede generar vergüenza, porque muchas veces va relacionado a esa falsa idea de coherencia con uno mismo, de ser fieles a la persona que prometimos ser en algún otro momento de nuestras vidas. Nos aferramos así al pasado, porque tememos que el cambio sea visto como un fracaso, una especie de traición a nuestros sueños de antaño. Pero ¿es eso coherencia o acaso miedo disfrazado? Dejar ir no significa pretender que esos sueños que alguna vez ambicionamos importaron. Tampoco significa negar que el dolor de no haber alcanzado aquello que un día deseamos con mucha fuerza ha desaparecido. Se trata de algo mucho más honesto. Reconocer que hemos cambiado, que nuestros deseos han evolucionado, que la persona que somos hoy tiene necesidades diferentes

UNA FUERZA TRANSFORMADORA 

Russell no hablaba de sonrisas forzadas ni de positivismo superficial. Hablaba de actitud, acción y conexión con la vida. Apetito de vida. El entusiasmo es la energía que nos permite transformar lo cotidiano en algo significativo: una caminata, una conversación, un proyecto creativo. Es lo que nos hace notar lo que otros pasan por alto: la luz sobre las hojas, un gesto amable, el sabor de un buen café. 

William James uno de los padres del pragmatismo trasladó el concepto del entusiasmo  el resultadismo, para concretar sus efectos prácticos en la vida real. Nuestra emoción frente a la vida influye directamente en nuestra percepción del mundo y en la efectividad de nuestras acciones. No se trata solo de sentir alegría con cada cosa que hacemos, porque no siempre es viable. Se trata de actuar con ganas, mantener la energía y la curiosidad aun cuando lo que venga sea incierto. Nuestras experiencias nos hacen más receptivos, más creativos y más abiertos a la vida. Pequeñas decisiones trasladadas a pequeños gestos intencionales representan el entusiasmo pragmático, partir de la curiosidad para abrir los sentidos y elegir vivir la vida con una actitud positiva. 

DE LO DIVINO A LO COTIDIANO 

Activar los sentidos 

Encontrar momentos gratificantes 

Conectar con los demás 

Comprometerse con lo que se ama 

Estas  “pequeñas” cosas cambian por completo nuestra energía, y dan la razón a Russell: la felicidad no depende de circunstancias externas sino de la forma en que elegimos vivir cada momento. 

Tal vez los griegos tenían razón vislumbrando cierto dios interior. No tanto por fe sino porque esa fuerza que nos mueve a actuar , a crear y a interesarnos por el mundo tiene mucho de extraordinario, especialmente en tiempos tan convulsos. Esa energía que desplaza la apatía es un superpoder que todos tenemos, pero que requiere confianza, espacio y protagonismo. La actitud ante la vida define la calidad de nuestra felicidad. Así que hoy y todos los días aprendamos, escribamos, escuchemos, observemos, caminemos y reír, sonreír, sonreír  mucho. Despertemos nuestra divinidad para dar luz a cada experiencia y desviar el foco de la negatividad en exceso. La vida puede ser muy distinta según elijamos verla y saborearla.   

P. D. Agradezco a Laura Rodrigañez ser fuente de inspiración para escribir este artículo.

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