
Edgar Hernández Ramírez
La noticia cayó como un rayo en un cielo que, hasta hace poco, parecía permanentemente nublado por la violencia. La captura y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, no es sólo un parte de guerra. Es, ante todo, un parteaguas político y estratégico cuyas ondas expansivas apenas comenzamos a dimensionar. En un país acostumbrado a recibir golpes de la delincuencia organizada, esta vez el golpe lo asestó el Estado.
Lo primero que este hecho comunica al interior de la República es que el Estado mexicano existe, está presente y, cuando coordina sus capacidades, puede imponerse. Durante años, la narrativa dominante –alimentada por los propios cárteles y por una cobertura mediática centrada en la atrocidad– sugería un país en descomposición, con instituciones rebasadas y territorios perdidos. La caída del líder del CJNG desmiente ese relato. No porque desaparezca la violencia, sino porque demuestra que ni el capo más poderoso está fuera del alcance de la ley.
La estrategia de seguridad de la presidenta Claudia Sheinbaum, basada en la atención de las causas, el fortalecimiento de la inteligencia y la coordinación institucional, recibe así su validación más contundente. El contraste con el sexenio anterior se acentúa: no se trata de una guerra frontal al estilo calderonista, con muertos que contar en las portadas, sino de una guerra silenciosa de inteligencia que, cuando da frutos, resuena con la fuerza de un terremoto. Para los seguidores de la Cuarta Transformación, es la prueba de que “abrazos no balazos” no significaba inacción, sino cambio de método. Para los críticos, es un argumento menos para exigir mano dura.
La imagen presidencial sale fortalecida. Sheinbaum, que había mantenido un perfil de continuidad con matices, ahora tiene un trofeo de caza mayor que exhibir. Pero el verdadero reto no es la foto de la victoria, sino lo que viene después.
Porque la caída de El “Mencho” no es el final de la historia criminal; es apenas el final de un capítulo. Las lecturas de lo que sigue son diametralmente opuestas. La visión optimista sugiere que este golpe inicia el debilitamiento sistemático de los dos principales cárteles del país, abriendo paso a una reducción de la violencia a mediano plazo. La visión pesimista, más apegada a la experiencia histórica, advierte: viene un periodo de turbulencia. Las reacciones armadas del CJNG contra las instituciones, las luchas intestinas por el control de la estructura, y las batallas con otros cárteles por la disputa de territorios y rutas podrían traducirse en un repunte de la violencia en el corto plazo. La pacificación no se logra con una sola bala, por más certera que sea.
El mensaje a Washington
Si hacia adentro la noticia fortalece al gobierno, hacia afuera es un dique de contención. El mensaje a Estados Unidos es claro y potente: México tiene voluntad y capacidad para combatir a los cárteles sin necesidad de intervenciones extranjeras. En un contexto donde Donald Trump ha amenazado con designar a los cárteles como organizaciones terroristas y, en el límite, con acciones armadas en territorio mexicano, la caída de “El Mencho” funciona como un argumento de fuerza que aplaca, al menos de momento, esas intenciones.
Sheinbaum, que ha hecho de la defensa de la soberanía uno de los ejes de su relación con Washington, recibe con esto contenido verificable para sus palabras. El principio de “cero impunidad” deja de ser una declaración de buenas intenciones para convertirse en un hecho concreto. Esto debilita los argumentos de la administración estadounidense para imponer sanciones económicas o aranceles bajo el pretexto de la seguridad nacional y el tráfico de fentanilo.
Pero también coloca a México en una posición de fuerza para exigir reciprocidad. Si nosotros cumplimos con nuestra parte –abatir a los capos, desarticular estructuras–, con qué argumentos se niega Estados Unidos a cumplir la suya: frenar el tráfico de armas de alto poder que cruza la frontera de sur a norte y perseguir con eficacia el lavado de dinero que blanquea las ganancias del narco en el sistema financiero estadounidense. La exigencia de cooperación simétrica ya no es una petición de país débil, sino una demanda de socio que ha demostrado resultados.
Con todo, hay una pregunta que flota en el aire y que los reflectores sobre “El Mencho” no deben opacar. ¿Qué sigue para el CJNG? La experiencia con otros cárteles –el de Sinaloa tras la captura de “El Chapo”, los Zetas tras la caída de sus líderes– muestra que las organizaciones criminales son como hidras: cortar una cabeza no las mata, a veces las vuelve más feroces o fragmentadas. La violencia que viene, si es que viene, será la verdadera prueba de fuego para la estrategia de inteligencia.
La muerte de “El Mencho” es un hito. Pero en la guerra contra el crimen organizado, los hitos no son metas de llegada, sino puntos de partida. El gobierno de Sheinbaumha ganado una batalla importante; ahora tiene que demostrar que puede ganar la guerra. Y esa guerra no se libra en los titulares de los medios de comunicación, sino en las calles, en las comunidades disputadas, en la vida cotidiana de los mexicanos que, más allá de las narrativas, siguen esperando vivir en paz.


