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Tantita seriedad / La Feria

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Sr. López

Tía Queta, de las de Autlán, prima de la abuela Elena, se casó perdida de amor con un mocetón que le salió zafio y mantenido: divorcio. En segundas nupcias, perdida de amor, se casó con otro que le salió “raro” (así decía la abuela): divorcio. Y su tercer matrimonio fue con tío Carlos, con el que tuvo nueve hijos y celebraron bodas de oro. La abuela explicaba: -Claro que Carlos le salió bueno, se lo escogió su mamá –era cierto.

Ahora que nos encontramos en plena campaña presidencial, renace esa nuestra manía periódica de esperanzarnos en que ¡ahora sí!, llegará al cargo la persona adecuada, la que resolverá nuestros problemas y encaminará a la patria a su florecimiento y al progreso de todos, como si el destino del país y todos, dependiera de una sola persona. No es así. No es por ahí.

Estamos tan acostumbrados a como son las cosas que nadie recapacita en algo que de tan evidente ya no lo vemos: repetimos siempre la misma fórmula esperando que alguna vez salga bien; es un insistir en lo mismo con la ilusión de que resulte algo distinto, algo mejor. Y ahora que sí elegimos a nuestras autoridades, el espejismo es que ya nada más es cosa de que le atinemos al “bueno”, sin reflexionar en que por bueno que fuera, por bien que gobernara, en un abrir y cerrar de ojos, en esos fatales seis años, se irá… y vuelta a empezar, otra vez a caer en los mismos errores, otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores.

Lo que tenemos que aceptar después de dos siglos de dar una en el clavo y ciento en la herradura, es que estamos mal organizados, que así hemos estado, estamos y seguiremos estando a merced de la voluntad de grupos de interés que velan por ellos mismos y constituyen un oligopolio político-económico, que se recicla y hasta renueva, montando presidentes en el poder que algunas veces hasta tienen intención de hacer algo bien; y eso de que nos los ponen en La Silla, es cierto: ¿quién elige a los candidatos?; votamos, sí, pero nos dan a escoger en su menú. La excepción hoy, es doña Xóchitl que es candidata a la presidencia porque obtuvo la firma de adhesión de 554 mil 699 personas en al menos 17 estados y luego resultó la mejor evaluada en los 300 distritos electorales del país; primera candidatura no decidida en lo oscurito.

Tendríamos que ver que han conseguido en esos mismos dos siglos otros países, para concluir que algo estamos haciendo muy mal.

Empezamos copiando el sistema federal de los EUA en el que solo los legisladores eran electos directamente por la ciudadanía, al principio solo los diputados (“representantes”, les dicen), porque a los senadores los elegían los congresos de los estados; y al Presidente lo elegía (y elige a la fecha), un Colegio Electoral; allá quien saca más votos no necesariamente asume la presidencia; la legitimidad de los presidentes de los EUA no proviene del pueblo, sino de ese Colegio.

Como sea, a palos adoptamos ser federación, cuando México no era, nunca fue una federación, fuimos siempre un país centralista, pero asumimos el modelo yanqui y algo similar a su sistema indirecto de elección de Presidente de la república que facilitó las reelecciones de Benito Juárez y Porfirio Díaz.

Por cierto, Francisco I. Madero no fue elegido presidente de la república por voto universal directo, sino por ese sistema indirecto: podían votar los hombres de 21 años si eran solteros o de 18 si eran casados -si además, tenían propiedades, un modo honesto de vivir y sabían leer y escribir-, para elegir un elector por cada 500 habitantes y esos electores elegían al Presidente (eran unos 27 mil representantes de todo el país, Madero ganó con 19,997 votos). El sistema indirecto parece un desgarriate pero la idea era que el peladaje nacional no tenía ni información ni criterio como para dejar en sus manos semejante asunto de tanta trascendencia… no como ahora que todos, todos, estamos muy bien informados y votamos después de serias reflexiones cívicas (este menda conoce personas que votaron por don Quique Copete, por su aspecto físico, se veía que era un buen muchacho… ¡perfecto!).

Llegamos a la Constitución de 1917 y ya sin dudas, todos los cargos de elección son decididos por voto universal, directo; hay quien lo atribuye a Venustiano Carranza, porque don Venus sí lo proponía; en un discurso (del 1˚ de diciembre de 1916), dijo entre otras lindezas:

“Si se designa al Presidente directamente por el pueblo, y en contacto constante con él por medio del respeto a sus libertades (…) el Presidente tendrá indispensablemente su sostén en el mismo pueblo; tanto contra la tentativa de cámaras invasoras, como contra las invasiones de los pretorianos. El gobierno, entonces, será justo y fuerte”. ¡Ajúa!

La verdad es otra. México copió la elección presidencial por voto universal directo (excepto mujeres), de la Segunda República Francesa (1848-1852), con la que se montó en el poder un sobrino de Napoleón Bonaparte, Carlos Luis Napoleón III, que luego dio golpe de Estado y se quedó de emperador hasta 1870.

Pero igual, en Latinoamérica se puso de moda copiarle a Francia lo del presidencialismo plebiscitario y lo implantaron antes que México: Bolivia en 1851; Perú, 1856; Venezuela, 1858; Ecuador, 1861; El Salvador, 1864; Honduras, 1865; Brasil, 1891; Panamá, 1903; y Colombia, 1905.

Así las cosas, nuestro modelo político es un refrito del yanqui y el francés (combinan horrible), resultado de pleitos de facciones políticas de masonerías enfrentadas (yorkinos y escoceses, para acabar de arruinar el guiso). Cosas ya viejas que ni vale la pena comentar. El daño está hecho.

Y aquí estamos. Otra vez listos para elegir a quien habrá de mangonear el país seis años, repitiendo la receta que tan mala digestión nos hace. Y a ver quién es el titán (o mártir), que se anima a plantear que nos reorganicemos.

Necesitamos cuando menos, disminuir en serio las facultades del Ejecutivo y que el Congreso sea Congreso, no la servidumbre del patrón ni verdulería… y tantita seriedad.

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