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La UNACH y la sucesión rectoral

La UNACH y la sucesión rectoral
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Jorge López Arevalo 

La Universidad Autónoma de Chiapas nació como respuesta a una necesidad histórica: formar profesionistas capaces de enfrentar los profundos rezagos sociales, económicos y culturales de Chiapas. Su fundador, el Dr. Manuel Velasco Suárez, dejó claro en el discurso inaugural del 17 de abril de 1975 que la universidad debía convertirse en una institución comprometida con la justicia social, la investigación y la transformación de la realidad chiapaneca. Concebía a la Unach como un instrumento para combatir la marginación, el atraso educativo y la exclusión de amplios sectores de la población, particularmente de los pueblos indígenas y campesinos. Su visión era profundamente humanista: una universidad vinculada al conocimiento universal, pero al mismo tiempo arraigada en las necesidades y aspiraciones del pueblo chiapaneco.

Sin embargo, a cinco décadas de su creación, resulta inevitable preguntarse hasta qué punto la universidad ha logrado cumplir con esa misión histórica. La Unach ha tenido avances importantes y forma parte del Consorcio de Universidades Mexicanas (Cumex), pero también arrastra severas contradicciones institucionales. La opacidad, el clientelismo, el aviadurismo, el patrimonialismo y el nepotismo han deteriorado, en distintos momentos, la vida académica y administrativa. No pocas veces grupos internos han convertido a la universidad en un espacio de reparto de cuotas y privilegios, alejándola de los principios meritocráticos y éticos planteados por su fundador. A ello se suma la persistente exclusión de amplios sectores indígenas, cuya presencia en muchas carreras continúa siendo limitada, reproduciendo desigualdades sociales y culturales incompatibles con la vocación pública de la institución.

A lo largo de su historia han coexistido dos proyectos de universidad. Por un lado, uno que busca modernizar la institución y prepararla para los desafíos de la globalización, la revolución tecnológica, la inteligencia artificial y los nuevos modelos educativos. Por otro, uno de carácter conservador y patrimonialista, interesado en preservar estructuras de poder, redes clientelares y privilegios internos. Con frecuencia, este último ha predominado, limitando la capacidad de la universidad para convertirse en un verdadero motor de transformación social en Chiapas. Además, la cercanía de algunos sectores universitarios con los gobiernos en turno ha llevado a que, en ocasiones, la Unach funcione más como legitimadora de determinadas políticas públicas que como un espacio crítico e independiente de reflexión académica.

En este contexto se desarrolla el actual proceso de sucesión rectoral. La discusión no debería reducirse únicamente a nombres o grupos de poder, sino al tipo de universidad que se quiere construir para el futuro. La Unach necesita recuperar el sentido histórico y social con el que fue concebida: fortalecer la transparencia, garantizar mecanismos auténticamente meritocráticos de ingreso y promoción académica, democratizar su vida institucional y ampliar las oportunidades educativas para los sectores históricamente excluidos, particularmente los pueblos indígenas. Reformar la universidad implica adaptarla a las profundas transformaciones tecnológicas y educativas del presente, pero sin perder de vista el ideal humanista expresado por Manuel Velasco Suárez: una institución al servicio de la cultura, la investigación, la justicia y el bienestar colectivo de Chiapas.

En medio de este escenario, Oswaldo Chacón Rojas es uno de los aspirantes a ocupar la rectoría, luego de un periodo de interinato que siguió a una administración profundamente cuestionada dentro de la universidad. Quienes hemos vivido durante décadas la vida institucional de la Unach difícilmente podemos olvidar el clima de confrontación, terror y represión que marcó esos años. En casi cuatro décadas como universitario, no había observado un deterioro tan severo del ambiente académico y humano. En ese contexto, la llegada de Oswaldo Chacón representó para muchos integrantes de la comunidad universitaria una etapa de distensión y de recuperación gradual de la vida institucional. Más allá de las afinidades personales, existe la percepción de que su gestión interina permitió abrir espacios de diálogo y comenzar a dejar atrás una etapa particularmente oscura para la universidad.

Oswaldo Chacón es mi amigo desde hace muchos años y considero que una de sus principales virtudes ha sido mantener cercanía y apertura hacia la comunidad universitaria. Por ello cuenta con mi apoyo, aunque siempre desde una perspectiva crítica y comprometida con el fortalecimiento institucional de la universidad. Después de casi cuatro décadas en la Unach y estando ya cercano a mi jubilación, sigo pensando que nuestra universidad merece un futuro mejor: más democrático, más transparente, más incluyente y más fiel a los ideales con los que fue fundada. La Unach debe ser la conciencia crítica de Chiapas, no su reflejo.

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