
Corina Gutiérrez Wood
Hay algo especialmente cruel en los finales donde nadie hizo algo tan terrible como para facilitar el adiós. Porque uno crece pensando que las relaciones se terminan por grandes traiciones, por infidelidades escandalosas, por escenas dramáticas donde alguien sale azotando puertas mientras el otro llora desconsoladamente. Uno cree que así funcionan las despedidas importantes.
Y luego llega la adultez y descubres que a veces las cosas simplemente dejan de sostenerse. Así, sin una tragedia clara sin un villano oficialmente registrado. Sin una razón que pueda resumirse fácilmente cuando alguien pregunta “¿y qué pasó?”
Todo eso lo pensé cuando leí “La ceremonia del adiós” de Simone de Beauvoir.
Porque no estamos hablando de una pareja precisamente convencional. Simone y Sartre pasaron décadas construyendo una relación rarísima incluso para su época, fueron amantes, compañeros intelectuales, vínculos abiertos, otras relaciones de por medio y una idea del amor que probablemente hoy haría colapsar emocionalmente a más de una persona acostumbrada a revisar estados, ubicaciones y última conexión.
Eso también me parece brutal. Porque nos gusta pensar que el amor verdadero debería verse de cierta forma para ser legítimo, pero la vida rara vez coopera con esas narrativas tan ordenadas. A veces las relaciones más caóticas son las que sobreviven décadas. Y a veces incluso el amor más profundo no logra evitar que algo termine.
Porque, de entrada, el puro título ya parece venir con intención de hacerte sentir emocionalmente incómoda. Muy francesa la situación, muy existencialismo con café y crisis incluida. Pero lo interesante del libro no es el dramatismo, de hecho, es todo lo contrario.
Simone escribe los últimos años de Sartre de una forma rarísima para estos tiempos sin intentar embellecer nada. Sartre envejece, se deteriora, pierde facultades, depende de otros y sigue avanzando hacia el final con esa incomodidad que tiene la realidad cuando no coopera con nuestras necesidades emocionales.
Y mientras leía, no podía dejar de pensar en lo obsesionados que estamos hoy con convertir cualquier pérdida en aprendizaje espiritual porque ahora ya no sufrimos, “evolucionamos”, las relaciones ya no las terminamos, “cerramos ciclos” y “priorizamos nuestra paz mental”, que es una frase que suena muy saludable hasta que llevas tres días viendo el techo desasociada escuchando una playlist tristísima.
Todo tiene que significar algo y dejar moraleja como si el dolor necesitara justificar su existencia para poder quedarse.
Y Simone no hace eso. No intenta transformar el deterioro de Sartre en una historia inspiradora, no romantiza el final ni lo escribe como alguien que quiere convencerte de que después de perder algo importante uno automáticamente se convierte en una persona más sabia, más plena y espiritualmente iluminada. Más bien escribe desde un lugar muchísimo más incómodo que es la aceptación de que algunas cosas simplemente terminan, aunque todavía exista cariño de por medio.
Y honestamente, creo que esa es de las cosas más difíciles de aceptar en la vida adulta.
Porque nadie te prepara para los finales donde todavía hay amor, o al menos una forma de amor, nadie te explica qué hacer cuando no hubo una gran traición, cuando nadie necesariamente dejó de querer al otro y aun así algo ya no logra sostenerse sin desgastarse hasta romperse.
Eso, para que vean, sí me parece terrible.
Porque además esos adioses son dificilísimos de contar. La gente espera razones claras,culpables, algo que haga sentido narrativo. Pero hay relaciones que no terminan en explosión; terminan en agotamiento silencioso. En dos personas intentando durante mucho tiempo rescatar algo que poco a poco dejó de parecerse a lo que solía ser.
Y por eso me gustó que Beauvoir en vez de convertir el final de Sartre en mito o en espectáculo intelectual, decide quedarse mirando. Solo eso. Mirar de frente cómo alguien se deteriora, cómo una etapa se acaba, cómo ciertas cosas desaparecen, aunque uno quisiera detenerlas.
Hay una escena emocional muy rara ahí porque no se siente frialdad, se siente algo mucho más difícil y eso es la lucidez.
Y tal vez por eso el libro incomoda tanto. Porque vivimos en una época donde todo tiene que ser procesable, terapéutico y emocionalmente rentable. Hasta las rupturas vienen ahora con lenguaje de sanación. “Soltar”, “fluir”, “sanar”, “agradecer lo aprendido”. Como si el corazón fuera un coach motivacional empeñado en convertir cualquier desastre emocional en oportunidad de crecimiento personal.
Pero hay pérdidas que no dejan enseñanza inmediata. Hay adioses que no cierran bonito. Hay personas que uno no deja de querer simplemente porque la historia terminó.
Y quizá lo más desolador es que ni siquiera Simone estuvo ahí en el último instante. Sartre murió en el hospital mientras ella no estaba presente. Después de décadas compartidas, amantes, contradicciones, teorías sobre el amor y una de las relaciones intelectuales más famosas del siglo XX, ni siquiera ellos tuvieron ese final perfectamente cinematográfico que uno imaginaría.
Porque al final, y creo que Simone lo entendía perfectamente, algunos adioses no vienen a transformarte en alguien nuevo.
Solo vienen a terminar, y uno, sigue viviendo de todos modos.


