
Juan Carlos Cal y Mayor
Cuando una ciudad pierde su identidad, pierde también algo más profundo: su cohesión social. Y eso no es teoría ni exageración. Basta salir a la calle para darse cuenta.
LA CIUDAD QUE DEJAMOS DE RECONOCER
Las ciudades no son solo calles, semáforos y servicios. Son historia viva. Son la suma de sus casas, sus plazas, sus balcones, sus patios… todo eso que le da carácter y que nos dice de dónde venimos.
El problema es que en nombre del “desarrollo” —así, entre comillas— hemos permitido un crecimiento desordenado que no respeta nada. Se tiran casonas para levantar edificios sin personalidad. Se sustituyen fachadas con historia por vidrios sin alma. Se ensanchan calles a costa de perder la escala humana.
Y así, sin darnos cuenta, la ciudad deja de parecerse a sí misma.
CUANDO SE ROMPE EL VÍNCULO
Aquí no se trata solo de estética. El problema es más de fondo.
Cuando una ciudad pierde su identidad, la gente deja de sentirse parte de ella. Se rompe ese vínculo invisible que hace que uno cuide, respete y quiera su entorno. Entonces aparece la indiferencia… y después el abandono.
Las ciudades con identidad generan pertenencia. Las que la pierden, terminan en el descuido.
RESCATAR SIN DESTRUIR
Me tocó vivir esto de primera mano. Cuando fui director de Coneculta Chiapas, enfrentamos el reto de rescatar un edificio en pleno centro que había sido el principal teatro de la ciudad: el Teatro Francisco I. Madero.
Con el tiempo, ese espacio se convirtió en centro social, perdió su vocación y terminó abandonado. Cuando llegué, llevaba más de 17 o 18 años en ruinas.
Recuperarlo fue una tarea titánica. Primero hubo que conseguirlo en comodato. Luego rehacer planos prácticamente inexistentes. Y después, diseñar un proyecto que no cayera en la salida fácil de demoler todo.
Optamos por algo más complejo pero más respetuoso: una estructura de acero que permitiera conservar las fachadas y los laterales en estilo art decó. No era el edificio más espectacular, pero sí era parte de la memoria de la ciudad.
Y ese era el punto. Modernizar no es borrar.
EL ERROR DE CONFUNDIR PROGRESO
Ese ha sido nuestro gran error: pensar que el progreso implica desaparecer lo anterior. Que lo nuevo tiene que sustituir, en lugar de convivir.
Ahí está el ejemplo del antiguo Palacio Municipal, hoy convertido en museo. Se puede adaptar, se puede actualizar… sin destruir lo que le da identidad.
No es falta de capacidad. Es falta de visión.
ROBERTO RAMOS, CUSTODIO DE LA MEMORIA
Aprovecho este espacio para reconocer al maestro Roberto Ramos Maza, quien ha hecho algo que muchos no: conservar la memoria de la ciudad.
Sus memorias históricas y su archivo fotográfico guarda imágenes de un Tuxtla que hoy parece increíble. Un Tuxtla hermoso, ordenado, con carácter… que mucha gente ni siquiera puede creer que existió.
Y lo más duro: no fue el tiempo el que lo destruyó. Fuimos nosotros.
SIN MEMORIA NO HAY RUMBO
Una ciudad con identidad no es un lujo, es una necesidad. Es lo que genera orgullo, sentido de pertenencia, comunidad.
Cuando eso se pierde, no solo desaparecen edificios. Se pierde el rumbo.
Porque un pueblo que no sabe de dónde viene… tampoco sabe a dónde va.


