
Sr. López
Tía Lita (Carmen, Carmelita, Lita), confesó ya anciana y décadas viuda, que a su difunto marido una vez le pidió que nunca fuera a decirle la verdad, porque todo Toluca sabía que tenía dos casas chicas, dos. Ante la sorpresa de las señoras que la oían, aclaró: -Infiel y encima cínico, no… además, con siete hijos no lo iba yo a dejar -pues no.
En este planeta, parece que el único ser que se equivoca es el ser humano y se pone ‘parece’ por no discutir si los animales se equivocan o no, pero si se equivocan, asegura este menda que no como nosotros: los humanos somos imbatibles en eso de meter la pata.
Sabida nuestra infatigable capacidad de cometer errores,acomoda advertir que no tenemos derecho a cometer errores; ese derecho no existe, somos falibles, punto, pero no tenemos derecho a errar, igual que escribir con faltas de ortografía no es un derecho. Dejemos esto en remojo, pasemos a otra cosa: el cinismo.
No el cinismo de Antístenes y Diógenes en el siglo V a.C., sino el cinismo como Diderot y Voltaire más de 2,200 años después, en el siglo XVIII, usaron la palabra para referirse a la corrupción, al extravío de los valores.
El término fue mutando y ahora, según el diccionario, cinismo es la “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables” (vituperable es lo que merece vituperio, que es el oprobio, baldón, ignominia, afrenta, deshonra que se dice de alguien). Por otro lado, cínico es quien “actúa con falsedad o desvergüenza descaradas”. Para irnos entendiendo.
Si el vecino es cínico es muy su asunto. El político cínico es lo que interesa a todos (no es cierto, pero suena bien, le importa a unos cuantos, la verdad). Los que dicen que saben, definen que el actor político y gobernante, es cínico cuando miente, manipula, simula con descaro para obtener o mantener el poder, a sabiendas de que incumplirá sus compromisos y promesas, a sabiendas de que sus actos van contra el bien común. Habrá el que se excuse a sí mismo,pensando que es así la “política real”, habrá el que ni lo piense, pero todos buscan evadir la crítica pública y controlar cuanto puedan la de académicos, analistas y medios de comunicación: les saca ronchas la verdad.
Y conviene anticipar que no hay sociedades cínicas. Lo más que pasa es que la ciudadanía se vuelva apática, indolente, abúlica, resignada a que así es la política, los políticos (no es cierto, no muchos son cínicos, mentirosos, muchos, eso sí); lo que sucede es que la gente se vuelve desconfiada, pero no toda ni mucha, solo la que se informa. Otro fenómeno por explicar es cómo la mayoría suele concluir con acierto a qué políticos a qué organizaciones hay que echar al basurero, cosa rara porque informados no están, ha de ser que perciben una cosa imposible de ocultar: la realidad. Será por eso.
No es nada difícil identificar a un gobernante a un gobierno, cínico. Tiene doble discurso, sus propuestas y discurso se contradicen con sus acciones prácticas. Carece de autocrítica, jamás acepta fallos, jamás corrige el rumbo, niega las crisis y los errores manifiestos siempre los atribuye a otros, al pasado, a conspiraciones nunca exhibidas por inventadas. Muy destacadamente justifican lo indefendible y celebran éxitos y logros inexistentes en todo lo de su responsabilidad. Cínicos.
Las tácticas del gobernante cínico son conocidas. La premisa obviamente, es mentir, engañar, ocultar y en caso de apuro, negar, alegar que se tiene otra información (“otros datos”, ¿se acuerda?), y divulgar estadísticas y encuestas falsas.
Eso es la mentira institucionalizada que se acompaña de mediciones privadas (secretas), de la opinión pública verdadera para pulsar el grado de indignación ciudadana que si no muestra descontento general, permite aumentar la desfachatez, el cinismo y mantener las prácticas reprobables (ejemplo: los niños con cáncer; se agotó la indignación pública y siguen sin suministro regular de medicamentos, ya ni se habla de eso).
La tercera táctica es la ‘transparencia invertida’ que en esto del cinismo del gobierno, consiste en responder a las exigencias de rendición de cuentas, a la exhibición de sus pifias y corrupción, fiscalizando a sus críticos no solo en lo fiscal sino en sus ingresos legítimos y hasta su vida personal, divulgándolos para distraer y evadir la apertura de información oficial, simulando honestidad, manteniendo la opacidad.
También es ‘transparencia invertida’, cuando crean leyes a modo y ofrecen información ininteligible o inútil, aparte -cuando nada funciona-, reservan información que debe ser pública, por interés del estado (“por seguridad nacional”, ‘se acuerda?).
El triunfo del gobernante cínico es la aberración de que llegado el punto en que las mentiras y los fiascos son evidentes, sabidos, nada pasa; no hay reacción de repudio general ni de sus compañeros de partido ni de su base social. Esa es su victoria, de eso su convencimiento de que todo va bien por lo mal que está sin consecuencias.
Negar con interpretaciones leguleyas la protección que se da a los políticos cómplices del crimen organizado, es cinismo.
Mantener aletargada la averiguación del huachicol fiscal, es cinismo.
Negar doña Sheinbaum la asistencia a la ceremonia inaugural del campeonato de futbol, porque el boleto costaba mucho y prefería evitar “espacios de privilegio” y mantenerse “cerca del pueblo”, para acto seguido, acudir a una cena de gala en el Castillo de Chapultepec (donde eran las fiestas de don Porfirio Díaz, por cierto), con lo más granado, lo más selecto de la clase rica, es cinismo.
Predicar que “primero los pobres” y vivir en un palacio, es cinismo.
Cómo se llega a estos extremos, no hay espacio para comentarlo, pero sí cómo se sale: la aritmética es muy necia y las cuentas no le van a salir a estos cuatroteros, la economía va mal, dos más dos no da 22; aparte ya se van a enterar que el tenochca estándar es mátalas callando y de que en los EUA, les están preparando un baño de realidad, con agua helada.


