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El mundial de futbol 2026

El mundial de futbol 2026
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Manuel Ruiseñor Liévano

Sin importar dónde y cómo suceda o los cambios realizados en su formato, hablar de la máxima justa mundial de Futbol siempre será importante, dada la magia que entraña paralizar a gran parte del orbe cada cuatro años, uniendo culturas, inspirando pasión y creando momentos que para millones de seres humanos son inolvidables.

Hoy, a unas cuantas horas de que el balón nuevamente ruede sobre la grama del juego del hombre (Ángel Fernández, dixit), vale la pena traer a consideración una serie de datos y reflexiones que puedan ayudarnos a comprender los alcances de un fenómeno social y cultural de proporciones casi bíblicas como lo es el futbol asociación.

De acuerdo con el más reciente reporte del Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC, por sus siglas en inglés), la Copa Mundial de Fútbol 2026 será un motor histórico para Norteamérica., toda vez que se proyecta que el torneo aporte más de 3.1 billones de dólares al PIB regional, impulse un crecimiento turístico sin precedentes y consolide a México como líder regional en turismo.

Y es que, según datos dados a conocer por el WTTC, el megaevento deportivo impactará directamente el Producto Interno Bruto (PIB) del sector turístico de los tres países anfitriones. Así, tenemos que Canadá tendrá el mayor crecimiento proyectado, con un aumento del 6,4% en el PIB turístico. México, por su parte, registrará una expansión del 2,4%, mientras que los Estados Unidos experimentarán un incremento del 2,1%.

En el caso de México en particular, el impacto directo se concentrará en las ciudades sede —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— y en el sector de servicios, restaurantes y hotelería, beneficiando ampliamente a la economía nacional.

Para comprender mejor cómo el país y las ciudades anfitrionas se consolidan como potencias turísticas ante la demanda de millones de visitantes, es menester conocer cuáles son las ventajas estratégicas y el legado que puede arrojar el máximo evento deportivo del orbe.

De acuerdo con el organismo internacional del turismo, se destaca que el Mundial representa una oportunidad estratégica no solo por la derrama económica inmediata, sino porque traerá consigo importantes beneficios a largo plazo.

Entre ellos, se subraya la mejora en conectividad al acelerar inversiones en infraestructura de aviación, aeropuertos y en movilidad, una cuestión que con todo y sus claroscuros estamos viendo suceder en aeropuertos y estaciones del sistema colectivo de transporte Metro, en los cuales las obras de remodelación no se cumplieron en tiempo y forma, pese a las gráficas de corte de listón.

Pero lo que resulta inaceptable y raya en el colmo, es que gran parte de estos trabajos, como es el caso de la subsede mundialista de la CDMX, evidencia obras mal hechas y de mal gusto.

Y no hay pretextos, porque desde hace cuatro años se sabía que América del Norte sería la sede del Mundial y no se vale entregar malas cuentas por falta de planeación. Habría que preguntar a los gobernadores de Jalisco y especialmente al de Nuevo León y a la Jefa de Gobierno de la CDMX, porqué las obras previstas se quedaron en puras rayas de tigre o en ajolotes de color partidista.

Pero volviendo al tema central, cabe resaltar la consolidación esperada de los países anfitriones como destinos altamente competitivos a nivel internacional, así como la cooperación transfronteriza con la integración mejorada de experiencias y flujos turísticos entre México, Estados Unidos y Canadá.

Los demás beneficios que arrojará la Copa del Mundo de Fútbol Soccer son de orden cualitativo, como lo pueden ser los sinsabores o satisfacciones que resulten en el ánimo de los espectadores por la competencia de sus respectivas selecciones, claro está, particularmente la de los países anfitriones donde –a decir verdad– no se espera mucho o casi nada.

No obstante y al ser La Copa Mundial de la FIFA 2026 un acontecimiento que redefine el impacto social de los llamados megaeventos deportivos, al jugarse por primera vez en tres naciones (Estados Unidos, México y Canadá) y expandirse a 48 selecciones, sus implicaciones van mucho más allá de lo deportivo.

A nivel social y comunitario, el torneo generará diversos escenarios tanto positivos como críticos. Hablamos de democratizar el deporte con programas como el Mundial Social 2026, que ya está en marcha en el país como una iniciativa cuyo objetivo es reconstruir el tejido social mediante torneos comunitarios gratuitos y la activación física en escuelas.

O bien, de Intervenciones de urbanismo social. Y es que en la Ciudad de México se trazaron agendas como “Juego limpio y sociedad justa”, cuyo objetivo es generar infraestructura perdurable y mejoras en el transporte público de zonas periféricas.

Lo anterior, además del estímulo de estilos de vida saludables mediante campañas globales de la FIFA como “Be Active”, las cuales se ejecutan de manera directa en las sedes y cuyo impacto colectivo podría medirse en la mitigación de los índices de sedentarismo en las juventudes.

Sin embargo y a nuestro parecer, sobresale la gran ventanilla de proyección cultural en temas como identidad, inclusión y diplomacia cultural, toda vez que la justa mundialista sirve, por ejemplo, como plataforma para visibilizar a comunidades indígenas y tradiciones ancestrales ante miles de visitantes, lo cual promueve un orgullo de pertenencia identitaria, además del tema de la conexión intergeneracional y migrante que trae consigo el evento.

En otras palabras, hablamos de que éste será un puente cultural para familias migrantes que verán representados sus países de origen, lo cual se espera fortalezca la cohesión social dentro de las comunidades multiculturales.

Pero más allá de todo esto, que trasciende lo meramente “futbolero” del suceso global, se hallan cuestiones relativas a tensiones sociales y retos urbanos como la gentrificación y el desplazamiento.

Y es que, a todo esto, sucede que académicos del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, ya han advertido sobre los costos sociales derivados por el alza desmedida de rentas, lo cual está generando presiones inmobiliarias en los entornos de los estadios.

Otro aspecto no menos importante, es la visibilización de la conflictividad social puesta en la enorme vitrina internacional, dado a que incentiva a grupos sociales como el magisterio (CNTE), productores agropecuarios, transportistas, entre otros, a utilizar el torneo para desplegar protestas y bloqueos como mecanismo de presión política de su agenda.

De ahí –a nuestro razonar– el escepticismo que hay en torno a la presunta cohesión social en México. Más aún si consideramos estudios de percepción ciudadana, los cuales revelan bajas expectativas de que el evento motive una verdadera unión social de fondo.

Lo anterior, aparte de que no se puede soslayar el temor generalizado de que los beneficios económicos se distribuyan — una vez más— de forma inequitativa entre la población.

Aquí estamos de acuerdo con analistas como Yussel Dardón, que, en un artículo publicado sobre el Mundial 2026 en Leviatán, Información y Monstruos, expone “las heridas que dejan los megaeventos de esa magnitud: las ciudades también aprenden a maquillarse, pues frente a los reflectores globales, los gobiernos barren conflictos bajo la alfombra e iluminan avenidas estratégicas; sin embargo, detrás del espectáculo suelen quedar barrios presionados por la especulación, rentas imposibles y territorios convertidos en mercancía”. ¿O no?

O como bien señaló en el foro académico la titular del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM (IIS- UNAM), Marcela Amaro Rosales, “competencias como el Mundial suelen presentarse como símbolos de competitividad global, aunque detrás de esa narrativa emergen costos sociales pocas veces discutidos públicamente”.

Pase lo que pase y como en toda competencia, obvio es decir que el evento mundial del balompié tendrá ganadores y perdedores. Pero más allá de esto, será una gran ocasión para que el país nuevamente se ventanee en su realidad, de cara a un momento en verdad complejo de nuestra historia en términos de economía, democracia y sociedad.

Es deseable que después de esa “fiesta inolvidable”, nuevamente se asienten con firmeza los pies mexicanos sobre la tierra. Más si se vive —como lo hacemos más de 134 millones de personas— en un territorio el cual merece, más que una temporada celebratoria, notas positivas y continuas en materia de justicia seguridad y desarrollo.

A MANERA DE COLOFÓN

“El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue”.

Dijo y bien dijo el inolvidable Eduardo Galeano, un hombre cuya obra se extiende desde la denuncia política hasta la descolonización de la historia de América Latina.

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