Memoria indígena que no ardió: Resistencia y florecimiento de los pueblos originarios / Conciencia y Visión

Dr. Roger Heli Díaz Guillén
En la primera parte de este artículo de opinión abordamos el impacto de la conquista española en la destrucción de saberes de los pueblos originarios de Mesoamérica, destacando la quema en Yucatán de códices, símbolos y dioses para borrar la memoria e imponer el catolicismo europeo; correspondiendo esta entrega a revisar que queda de los saberes en códices mayas y donde se localizan; procediendo al análisis de que la destrucción no alcanzó a la desaparición de los pueblos originarios; por el contrario, de este proceso renacieron contrayendo cultura.
En este orden de ideas, se tiene identificado que se conservan cuatro Códices mayas en cuatro países, conservando México uno de ellos identificado como códice Grolier que fue localizado en Chiapas y que se expone en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia en la ciudad de México. Un segundo códice maya se encuentra en Alemania conocido como Códice de Dresde proveniente de la península de Yucatán y se localiza desde 1739 en la biblioteca del Estado de Sajonia de la Universidad de Sajonia en la ciudad de Dresde. Es de papel amate cubierto con una capa de estuco doblado en forma de biombo de longitud de 3.5 metros; del que el gobierno de México no ha gestionado su retorno a su dueños milenarios.
Un tercer códice maya se localiza en Francia llamado Códice de París localizado en 1859 en la biblioteca imperial hoy biblioteca nacional en París Francia, del que se han realizado algunas gestiones sin trascendencia para su regreso. Así también existe un cuarto códice maya denominado Códice de Madrid ubicado en el museo de América en Madrid, España, del que no se ha gestionado su retorno a México.
Mas allá de la extracción (robo) del patrimonio cultural, es importante renombrar que la historia de la conquista no fue un punto final ni para España ni para los pueblos originarios, sino el inicio de una resiliencia ininterrumpida; aun cuando borraron, quemaron y robaron saberes para imponer una nueva narrativa; sin embargo, las culturas originarias sobrevivieron. Hoy sus lenguas, cosmovisiones y tradiciones representen una historia continuada de florecimiento cultural sincrético.
En esta idea, hablar de la conquista no solo es recordar tiempos de sometimientomilitar, sino el reconocer el intento más sistemático de borrar una civilización; siendo la historia de los pueblos originarios, ante todo, la crónica de una profunda supervivencia que se reconstruye y construye. Partiendo que la llegada de los españoles trajo consigo un esfuerzo deliberado por borrar y erradicar la memoria de los pueblo originarios. El fuego devoró invaluables códices, documentos y archivos que contenían conocimientos de matemáticas, astronomía, médicos y botánicos.
La destrucción de biblioteca de Tenochtitlan y Tlatelolco o la infame quema de Maní en Yucatán ordenada por Fray Diego de Landa, representan atentados incalculables contra el patrimonio de la humanidad. Todo fue arrebatado bajo la ceguera de considerar estos legados como herejías. Aunque, si bien es cierto muchos templos ancestrales fueron destruidos, el etnocidio nunca se consumó por completo como si sucedió en la isla La Española donde llegó Cristóbal Colón a territorio americano en las Antillas a finales del siglos XIV. La conquista no fue el punto final de las culturas de América sino el inicio de una resistencia tenaz. Los saberes no desaparecieron, se refugiaron en la clandestinidad, en la tradición oral y en las practicas cotidianas de los sobrevivientes. Las lenguas nativas, la medicina tradicional, la cosmovisión y los tejidos sobrevivieron al encierro, reinventándose a través de los siglos.
Hoy a la distancia de los siglos .somos testigos de una historia continuada de florecimiento cultural y lucha por los derechos colectivos a vivir diferente de forma autonómica. Las expresiones artísticas contemporáneas, la literatura en lenguas indígenas y la revitalización de los sistemas normativos comunitarios, demuestran que las culturas indígenas no son piezas de museo, sino entes vivos, dinámicos y en constante evolución como sobrevivientes del holocausto de la conquista. El conocimiento de la tierra, el cultivo tradicional; las formas de vestir y; las formas de organización social florecen de nuevo, demostrando que la semilla enterrada en cenizas sigue viva.
Reconocer este proceso implica un acto de justicia histórica y epistémica, invitando los tiempos a visibilizar las raíces originarias no con una visión de lastima por lo que se destruyó, sino con admiración y respeto por la fuerza indomable de quienes lograron sobrevivir a la conquista y sus nuevas generaciones. La herencia cultural de México y Chiapas es profundamente indígena y mestiza; representando un testimonio elocuente de que la identidad de nuestros pueblos resiste y florece con vitalidad y creatividad.


