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Pan-americano / Galimatías

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Ernesto Gómez Pananá

Nuestra tierra es de maíz, el trigo nos llegó de ultramar. En mi caso, el trigo llegó en su forma más fantástica y adictiva, en la más seductora. A los tres años, con abuela Lola, conocí el pan.

Con el paso del tiempo, nuestra relación fue creciendo, conocí variedades, formas, sabores, texturas. Mil y más opciones entre las cuales escoger, una suerte de paraíso hipercalórico del que es difícil desmarcarse, no obstante que no son necesariamente un alimento saludable o nutritivo, aunque eso sí, delicioso y además, en muchos casos, un alimento lleno de personalidad, con esos nombres propios tan singulares y melódicos -cuasi poéticos- con los que la tradición y la cultura popular los nombra.

En Tuxtla, por mis abuelas, aprendí a disfrutar las mariposas, las yemas, los taquitos de queso añejo, los cuachis, las rosquillas de azúcar y también las de sal. Conocí también al padre supremo de todo el pan tradicional tuxtleco, un pan de masa compacta, tipo galleta, con forma romboide y sabor tan sutil como su nombre, el Bienmesabes, todavía hoy día, mi favorito entre las opciones locales.

De entre la variedad más comercial, ya en mi infancia, conocí otra obra de arte de nombre igualmente épico, una pieza integrada por dos hemisferios bañados en una mezcla de mantequilla y azúcar que a su vez se unen uno al otro con mermelada o cajeta untada en su parte plana. Qué forma más atinada de bautizarle que llamándolo Beso, dos elementos originalmente separados que se unen y se convierten en uno solo así, fundidos en un beso.

Qué decir por su parte, de esa mantecada de suave sabor vainilla a la que a su vez la abraza una rosca de hojaldre azucarado, una pieza de pan generalmente grande y de buen gramaje puesto que al final también, como el Beso, son dos piezas de pan presentadas como un solo Ojo de Buey que curioso mira al comensal que lo disfrutará probablemente con una taza de café solo o tal vez con café con leche. Una belleza. Poesía.

Para seguir con esta brevísima reseña paradisíaca, indispensable mencionar al llamado Pan Danés, un estilo de bizcocho que paradójicamente, no proviene de Dinamarca sino de Austria, una masa esponjosa y suave, barnizada de azúcar y coronada con mermeladas, crema pastelera o frutas. Un pedacito de Viena para deleitar al sentido del gusto.

No puedo tampoco omitir los polvorones en toda su variedad, el de azúcar glass, el de fresa, el de chispas de chocolate o el de cacahuate. Una especie de galleta frágil que se deshace al saborearla, al tiempo que el polvo parece dibujar un bigote sobre los labios. Los polvorones se hacen polvo mientras los devoramos.

Imposible también omitir a las orejas y las banderillas, esos crocantes hojaldrados que suelen ir hasta arriba en la bolsa de papel para preservar su personalidad perfecta hasta el momento de entregarse a su comensal. Crack, crack, crack, escuchamos como suena mientras comemos una oreja.

Pan. Bendito pan, bendito trigo, bendita epopeya transoceánica que te trajo a América, que nos hizo conocerte, adoptarte, adaptarte (¿Qué si no adopciones, son la Chiromoya, el Cocol o el Caballito?) y sobre todo, amarte. Bendito seas.

Oximoronas 1. La CNTE acampa en el centro histórico de la CDMX. Amaga, aprieta, amenaza. Sabe jugar su juego y sacar partido. Compleja y perversa relación.

Oximoronas 2. Fuerte discurso de la presidenta. Tiene razón, la intromisión no es el camino. Lo preocupante es que Trump no piensa lo mismo y suele actuar con premeditación, alevosía y ventaja. Se mira complicado.

Oximoronas 3. Salud y saludes para don Juan Carlos Cal y Mayor. Que en el cielo y en el sistema de salud converjan las variables necesarias para mucha más vida y por muchos más años.

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