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40 años, 40

40 años, 40
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Carlos Román García

…una elección determinada,

que es en apariencia banal, transforma 

narrativamente el azar en

destino, y hace de un suceso 

contingente un acontecimiento

Rodrigo García de la Sienra, 

“Experiencia y formación 

en Ulises Criollo

El 31 de mayo de 2026 cumpliré 40 años de haber llegado a Chiapas. José Vasconcelos decía que la vida estaba hecha de azar y necesidad y ahora, corroborando la cita en Internet, descubrí que Jaques Monod escribió un ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna llamado así precisamente: El azar y la necesidad. En El andar del borracho, Leonard Mlodinow analiza de manera convincente cómo el azar gobierna nuestras vidas. Así que esa mezcla parece ser algo más que un tópico. Fueron el azar y la necesidad, además de una cierta predisposición, los que me trajeron a Tuxtla Gutiérrez.

Mi madre, al hablar de su bisabuelo de origen francés, decía que fue arriero y viajaba de Veracruz a Chiapas, donde había una colonia “de los italianos”. La reconstrucción del pasado familiar está basada, hasta hace dos generaciones, en la tradición oral, pero no es improbable que Epitace Garçon recorriera esos caminos, ni que en la huella de su progenie prevaleciera cierta memoria de ellos. Quizá de ahí viene que Los arrieros del agua de Carlos Navarrete, andasolo mayor del que dijo Laco Zepeda que lee las piedras como libros, sea mi novela favorita de las escritas en Chiapas. 

En esa misma tradición se relata que el migrante francés pobre, de los 1 800 que constan en el Registro de la población francesa en México: 30 de abril de 1845, como me dijo Jean Meyer que eran su origen y condición más probables, evitó que una tropa traidora a la República se llevara el tesoro nacional a Veracruz, y con sus compañeros de cuadrilla ejecutó sumariamente a los soldados enemigos y enterró el botín hecho de monedas en algún lugar entre las Derrumbadas, cerros llenos de cuevas y huecos en el municipio de Guadalupe Victoria, Puebla, frontero con el de Perote, Veracruz, y las estribaciones del Cofre que lleva el mismo nombre y en náhuatl se llama Nauhcampatépetl, cerro de cuatro lados o montaña cuadrada. Todos los varones de mi familia materna hasta mi generación han fatigado esas sierras en busca de esa quimera de oro; en una expedición encontré una pequeña moneda de 1700 y algo, que mi madre guardó en alguna caja perdida.

Cuando iba en quinto de primaria tuve una premonición, en el libro de geografía vi una imagen del Cañón del Sumidero con una breve descripción, por alguna razón supe desde entonces que iba a vivir en una ladera de esa majestuosa maravilla natural como lo hice unos años en dos domicilios distintos, junto a la Colonia Emiliano Zapata y en la Colonia Isabel Aguilera de Sabines; tierra de invasores encabezados por el Movimiento Campesino Regional Independiente (MOCRI), paracaidistas, como fueron llamados quienes establecieron del Campamento 2 de octubre en Iztacalco, en la Ciudad de México, sobre antiguas zonas lacustres y chinamperas, encabezados por el mítico Pancho de la Cruz, lugar donde el 19 de julio de 1969 fue asesinado a balazos mi tío Modesto Cornelio Román. 

Dos veces viví en las inmediaciones del Campamento 2 de octubre, una de niño, en mi primer viaje a la Ciudad de México desde Perote, en Santa Anita, un barrio existente desde la época novohispana, a la vera del Canal de la Viga que ahora es una calzada pavimentada, donde se ha llevado a cabo desde entonces un carnaval. El día de 1987 en que conocí a Juan Pedro Viqueira en San Cristóbal de Las Casas –ya había leído entonces su extraordinario libro titulado ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el Siglo de las Luces–, le dije: el carnaval cuya representación antigua relatas en tu libro sigue existiendo, se rio con ganas y dijo, mira, no sabía, es una gran noticia. 

Yo había visto esa irrupción festiva y comparado su algarabía y colorido con la explicación de Juan Pedro sobre como las carnestolendas son una momentánea ruptura del orden social donde las burlas para los contrarios tienen licencia y la gente se entrega momentáneamente, de manera simbólica o real, a la lujuria, la gula y la pereza que, por cierto, son los pecados que confieso. No me llevo bien con la ira, con la avaricia y menos que con ningún otro pecado con la envidia; con la soberbia peleo seguido, aunque cada vez menos. Como dice Enrique García Cuéllar, tengo la humildad de los grandes.

A los tres o cuatro años viví unos meses con mi madre y mi hermana en el antiguo barrio indígena de Santa Anita, en casa de la tía Lupe, cuyo marido, el tío Enrique, era un amable sargento guanajuatense. Tenían un pequeño estanquillo tras cuyo mostrador, sobre unas cajas de madera para los refrescos (Titán, Delawere Punch, Mister Q, Chaparritas el Naranjo, Sidral y Del Valle), me acomodaban para dormir luego de zamparme dos o tres chocolates que obtenía de la generosidad del soldado. Otra vez, cuando volví a México para trabajar en el Archivo General de la Nación en 2001, viví en Coyuya, otro antiguo barrio indígena transfigurado en unidad habitacional de casas dúplex.

Mi padre Lino llegó por primera vez a la Ciudad de México en 1940, a los 17 años de edad, ya padre de una hija. Entonces el Canal de la Viga llegaba hasta la actual avenida de Anillo de Circunvalación, al embarcadero de Roldán. Frutas, verduras y hortalizas iban desde Xochimilco, Iztapalapa e Iztacalco hasta el barrio de La Merced. Su madre, Josefa Herrera Barrientos, mi única abuela alfabeta, era sobrina nieta de José Joaquín de Herrera, un político liberal veracruzano opositor a Santa Anna. Ella vivió en la Hacienda de Huecapan, heredad de los descendientes de un hermano del contrincante del cojo de El Encero y Manga de Clavo, quien, en una de las pausas de su pleito, puso una modesta botica en Perote, mi lugar de nacimiento.

En los días vertiginosos en que dilapidé la oportunidad de ser profesor de primaria titulado por la Escuela Nacional de Maestros, donde en vez de entrar a clases pasaba el tiempo en las jardineras, bebiendo y fumando, o en estrechos cubículos olorosos a patas y a tinta de stencil, metido en discusiones barrocas sobre la guerra popular prolongada o el foco insurreccional como vías para la toma del poder, o si tenía razón el padrecito Stalin con aquello del socialismo en un solo país y por etapas o el viejo taimado de Trosky con la revolución mundial. Entre los camaradas y compañeros normalistas había pendencieros y buscones que estaban prestos a cualquier violencia. Entre ellos, el más bravo, que un día terminó desertando, era el Huixtla, moreno, enteco, con acento inconfundible de la costa chiapaneca.

En aquel maremagnum convivían maoístas –prochinos(con un grupo autodenominado Servir al Pueblo, algunos de cuyos integrantes conseguían y regalaban o vendían ejemplares de la revista China reconstruye) y prosoviéticos(que hacían lo mismo con ejemplares de la revista Sputnik,obtenidos gratuitamente en la embajada rusa en Tacubaya)–; stalinistas (Jaime el Folcklórico y yo formamos la brigada Stalin II, porque nomás éramos él y yo); troskistas (había uno solo, Enrique, quien portaba un pecoat estilo Lev Davidovich); proalbaneses afines al camarada Enver Hoxha, militantes del Partido Comunista (que tenían su célula Otilio Montaño) y del Partido Popular Socialista y hasta seguidores confesos del kampucheano Pol Pot y su jemer rojo, del rumano Nicolai Ceacescu y del yugoslavo Josip Broz Tito; como en el caso de los cristianos tras la ruptura del agustino Martín Lutero, cada una de las iglesias era dueña de la verdad. Ahí aprendí a imprimir volantes con destreza, escritos con ortografía y redacción aceptables, pero con ideas confusas, pertinaces y equívocas. Aprendí a respetar la democracia del mayoriteo, que opone a la discusión el dominio de la masa; también a tomar camiones y a hacer pintas con chapopote diluido, a tocar medianamente la guitarra y a cantar feo, pero recio.

Cuando finalmente me expulsaron de la escuela por razones más que justificadas, sentado en una jardinera, oí la conseja de Quilmérico, un compañero estudiante, filósofo,anarquista, alcoholizado, brillante y ácido: nunca serás nada. Esas palabras suenan en mí hasta ahora, primero como un presagio o una justificación para la derrota, pero cada vez más como la aceptación que enuncia Álvaro de Campos (Fernando Pessoa) en “Tabaquería”: “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.” El dicterio no me condenaba al fracaso, sino al desapego.

Por esos años fui, invitado por una amiga dominicana, a un baile conmemorativo de la independencia de su República. Aprendí a bailar merengue, pero por cumplir una micción hube de bajar al piso inmediato inferior, pues la fila del baño era muy larga. Era 14 de septiembre y había ahí otro baile por el aniversario de la federación de Chiapas a México, me quedé zapateando el Rascapetate al ritmo de la marimba.

En 1979, poco antes de cumplir 18 años, trabajé en la Delegación (hoy alcaldía) Venustiano Carranza en la Ciudad de México, donde había un grupo de tabasqueños integrado por Manuel Gurría Ordóñez, Humberto Mayans Canabal y Juan José Rodríguez Prats, entre otros. Mi jefe inmediato era Ramiro Ordóñez, tuxtleco, quien terminó pidiéndome la renuncia junto con mi amiga argentina Mercedes Ascani Garay, por reclamar pago de aguinaldo cuando no nos tocaba. Se divertía escuchándome hablar de datos inútiles y decía que yo era el Alfredo Lamont de la oficina. Conocí entonces a Carmen Marín Levario, otra chiapaneca, quien nos consiguió esa chamba siendo compañera de mi hermana Marcela en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.

En las fiestas de los amigos ceceacheros de mi hermana conocí a unos chiapacorceños de apellido Vidal Bonifaz, locuaces y simpáticos, y entre los adeptos a la revista Estrategia estaba José Antonio Ramírez Deleón, a quien no conocí entonces, aun cuando era yo simpatizante, sino hasta mi primera visita al Archivo General de la Nación.

En 1982 me inscribí a un taller de poesía en la Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles de Coyoacán, impartido nada menos que por el poeta tuxtleco Óscar Oliva, con quien desde entonces me una gran amistad y a quien debo la suspensión temporal del trato con las musas, pues advirtiendo mis limitaciones de aprendiz, me prescribió leer a Saint-John Perse. Luego decidí que, si no soy buen poeta, los versos me permiten decir aquello que la prosa no alcanza. Leer a Rosario Castellanos, a Joaquín Vásquez Aguilar y a Efraín Bartolomé prolongó esa postergación. Ahora cometo con impudicia algunos versos que incurren en los mismos temas de la prosa que perpetro: la muerte, la literatura, el alcohol, el amor, el azar, la necesidad.

De pronto, pasada la tormenta, me vi obligado a trabajar y abandoné todo intento de terminar la Normal o el bachillerato; anduve de office boy, de fracasado vendedor de suscripciones de la revista Proceso, de mozo en librerías, de verificador de encuestas, de redactor de capítulos en libros, de editor y organizador de actividades culturales, de velador y luego de bibliotecario, tarea esta última que me trajo hace cuatro décadas a mi residencia definitiva.

Hube de comprar a mi mujer, quien sí terminó la escuela y ejerció muchos años como profesora, un vestido adecuado a su embarazo. Llevaba en el vientre a mi hija, la menor de tres hermanos, quien vino a nacer en Tuxtla Gutiérrez el 4 de diciembre del año de mi arribo. Con el paquete le anuncié que mi plaza en el CIESAS estaba destinada a Chiapas e iba a renunciar, me respondió, vámonos para allá. 

Las cosas no fueron tan fáciles en los primeros años, la permuta que le ofrecieron para su plaza en el magisterio estaba en Ocosingo, no en la cabecera, sino a dos horas de distancia, en una comunidad en plena selva, pero con la posibilidad de cambiar para allá en unos cuatro años y en cuatro más en San Cristóbal, otros cuatro y ya en Tuxtla. Renunció y trabajó luego como analista de información, promotora cultural y profesora de primaria y secundaria, además de adelantar en la licenciatura en Historia en la UNACH hasta casi concluir.

Acá llegué como bibliotecario al CIESAS del Sureste,ubicado en el segundo piso del Palacio de la Cultura, hoy edificio de la rectoría de la UNICACH, donde se aliviaba el calor con unos cuantos ventiladores. En los bajos del edificio adjunto, pues se trata de dos construcciones unidas en una ahora, daban sus talleres de teatro y títeres Socorro Cancino, Mario García Íñiguez y Agustín Tejada, que constituían el primer acercamiento de los niños al arte, entre ellos mis tres hijos.

Cumplí los primeros dos años de mi tarea atendiendo las solicitudes bibliográficas de los investigadores, siendo efímero delegado sindical de un grupo de cinco trabajadores entre académicos y administrativos, cargo del que fui destituido por un golpe de estado. Leí en ese lapso cerca de 300 libros empeñado en hacer una buena tarea de catalogación y clasificación con el conocimiento pleno decada libro, alrededor de un volumen por día. Una gran parte del primer acervo, exiguo, había sido donado por el doctor Andrés Fábregas Puig, quien me inició en el conocimiento de las cosas de Chiapas y en el amor a su gente, y también de su gastronomía botanera, pues el mismo 31 de mayo de 1986 me llevó a conocer Las Tripitas Junior, en el callejón Zapatá.

En el CIESAS, además de a Juan Pedro, conocí a Graciela Alcalá, al noble y sabio Juan Polenhz y al gran Jan de Vos, a quien nunca ofendió mi irreverencia y leyó con bondad y crítica certera algunas cosas que he escrito para divulgar la historia de Chiapas. Jan y yo fuimos los últimos oradores en la firma de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar en 1996.

Mi primer amigo chiapaneco en esos días fue Manolo Ruiseñor, quien trabajaba en la Subsecretaría de Cultura; el me pidió, por encargo de Sínar Corzo Esquinca, el primer texto que publiqué en Chiapas, en la página llamada Disco verde: una reseña de películas mexicanas presentadas en un ciclo de cine organizado por Miguel Sandoval, administrador del centro, quien me dio alojamiento en Berriozábal a mi llegada. Adolfo, hermano gemelo de Manolo, aunque uno nació en la Ciudad de México y el otro en Tuxtla Gutiérrez, fue mi coeditor en la hechura de Lindes, pequeño boletín que hicimos para el mismo CIESAS.

De cine he sido espectador de las muestras que organiza Gustavo Trujillo, a quien edité su primer libro, La seducción de la mirada. Ahora prepara otro y la reedición de El cine en Chiapas, de Gustavo García, hijo de don Daniel García Blanco. Otra de mis cercanías con Chiapas sucedió escuchando a la marimba Cuquita, de los sancristobalenses hermanos Narváez, en el Agua Azul, cabaret situado en la calle de La Libertad en La Lagunilla, propiedad de un su paisano coleto, en cuyos muros estaban pintadas las cascadas que llevan ese nombre. 

Luego de conocer y escuchar las ejecuciones del Güero Vleeschower, de Alberto Peña Ríos y de Límbano Vidal, he trabado relación con marimbistas como Zeferino Nandayapa y su hijo Javier, Iván Cipactli Hernández, Israel Moreno, Alexander Cruz el Ratón y Luis Aquino y voy a reeditar un libro de Raúl Vera, Memoria de marimbistas, corregido y aumentado. Raúl es el videoasta tras muchas de las historias que aquí se narran.

De los años 70 a 90 hubo tres editores independientes que produjeron libros de buena hechura: Rodrigo Núñez de León, hijo de don Pancho el Gitano; Sergio Peña, excepcional peleador callejero y dueño de un humor negro torvo y bien dicho, y Carlos Selvas, quien al ser inquirido por mi sobre la H de su nombre respondió, es de holocausto.De los tres fui amigo y a ellos debo parte de mi aprendizaje en el oficio.

Luego el doctor, ya entonces director del Instituto Chiapaneco de Cultura, en la época del gobernador Patrocinio González Garrido, me convidó a hacerme cargo de la Hemeroteca que pertenecía a la Biblioteca Central del Estado. Ahí vi los ejemplares de La Campana de don Joaquín Miguel Gutiérrez y El Para-rayo de la capital de Chiapa de fray Matías de Córdova y Ordóñez, ambos de 1827, los primeros periódicos chiapanecos que ahora, cosas que el azar y la necesidad me imponen, me permiten atestiguar su digitalización como la parte esencial de la Hemeroteca digital de Chiapas, para que los originales se conserven y para que quien lo desee pueda consultarlos desde sus pantallas.

De ahí, el líder del proyecto cultural de mayor alcance en la historia chiapaneca reciente, encabezó un programa cultural donde se gestó la revista Nuestra Sabiduría, órgano del departamento de culturas étnicas con el doctor Jacinto Arias Pérez, nativo de Chenalhó y sin duda el intelectual tsotsil más importante al frente, en la que publicaron por primera vez muchos escritores indígenas en sus propias lenguas como Petrona de la Cruz, Isabel Juárez y Enrique Pérez López, quienes estimularon un movimiento que llega a nuestros días en elevadas expresiones de arte, literatura, música, cine, artes plásticas y fotografía, esta última con Maruch Santiz como su pionera y máxima representante; a ese flujo de la savia indígena ha contribuido, como creador y promotor, Pancho Álvarez Quiñónez, quien nació en la calle de Chiapas en la Colonia Roma y vino a ser un chiapaneco de cepa, quien un día tradujo así a Eliot: “Jamás cesaremos de explorar / y el fin de nuestra exploración / será llegar al mismo lugar / y conocerlo por primera vez”.

Se estableció el Centro Chiapaneco de Escritores con Jesús Morales Bermúdez, Joaquín Vásquez Aguilar, José Martínez Torres, Gabriel Hernández, Miguel Ángel Godínezy varios personajes más que descubrieron nuevos caminos a las letras chiapanecas; se abrieron y fortalecieron más casas de cultura y bibliotecas que nunca; en esta tarea, con amigos como Rubén López Roblero anduvimos abriendo bibliotecas, del ejido Estrella Roja en Huixtla al barrio del Niño de Atocha en Tuxtla Gutiérrez.

Rubén, hijo de Motozintla, cuya madre Inés, profesora como don Martín su padre, está cumpliendo sus primeros cien años en estos días, a celebrarse en la posada San Martín de esa risueña población serrana, se convirtió, desde su paso como jefe de la Biblioteca Central del Estado, en un estupendo promotor de la lectura, con quince libros en su haber y una experiencia que se debe replicar.

Se operaron las unidades móviles de cultura, que llevaban actividades y espectáculos a todos los rincones del estado, además de recabar durante esas labores audios y videos de fiestas de pueblos y comunidades; se publicó una colección de libros de gran calidad cuyos ejemplares son muy apreciados, entre ellos La fuente colonial de Chiapa de Corzo: encuentro de historias, de Carlos Navarrete, que es más chiapacorceño que los parachicos que le reveló Gilberto Utrilla; además se provocó una efervescencia que ha llegado hasta ahora y se debe estimular y canalizar.

Además de Navarrete, el maestro común de ese grupo en materia de arqueología era Thomas Lee, al que se sumaban Eduardo Martínez, Mario Tejada y Carlos Silva. Por su propia cuenta y mérito descollaron desde antes, entonces y después Mario Humberto Reuz y Dolores Aramoni en historia y por su puesto Antonio García de León, hombre de ciencia y jarana. Rondaban pensamientos diversos y originales en las palabras de Miguel Lisbona, Ramón González Ponciano, Juan Blasco, Rosalva Aída Hernández, Daniel Villafuerte, Maricarmen García Aguilar, Xóchitl Leyva Solano, Gabriel Ascencio Franco, Graciela Freyermuth, Carlos Gutiérrez Alfonso y Carlos Uriel del Carpio entre una larga lista que vivió un esplendor de encuentros, discusiones y aprendizajes individuales y comunes.

Esta fue la mejor época tras la del General Pancho Grajales y el Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas, del que fue piedra angular el maestro Andrés Fábregas Roca, en la que se establecieron las instituciones modernas más importantes para la ciencia y el arte en el estado: el Archivo General, que inició don Fernando Castañón Gamboa, en cuyo escritorio me tocó trabajar once años; el zoológico que después adoptó el nombre de su fundador Miguel Álvarez del Toro; el Museo Regional que dirigió Armando Duvalier y en donde Rosario Castellanos escribió “El tejoncito maya”:

Cubriéndote la risa

con la mano pequeña,

saltando entre los siglos

vienes, en gracia y piedra.

Que caigan las paredes

oscuras que te encierran,

que te den el regazo

de tu madre, la Tierra;

en el aire, en el aire

un cascabel alegre

y una ronda de niños

con quien tu infancia juegue.

También ocurrió cuando don Pancho, quien entre burlas y veras se asumía mapache manso, el fortalecimiento del ICACH y las escuelas de Música y Artes Plásticas, con Jorge Olvera al frente, y entre sus alumnos y maestros Alberto y Luis Beltrán, Máximo Prado, Ramiro Jiménez Pozo, Franco Lázaro Gómez y Luis Alaminos –quien dio además un gran impulso al teatro–, así como la realización de presentacionesde gran calado como el Ballet Bonampak. Entre los herederos de esa tradición teatral están Carlos Olmos y Roberto Culebro, padre del artista plástico del mismo nombre, quien desde su nacimiento es conocido como Toshiro. Con los Culebro me ha unido una larga amistad y con el pintor, escultor y arquitecto, una permanente colaboración creativa.

​En 1988 se formó, en torno de la convocatoria del periodista arriaguense Juan Balboa Cuesta, un grupo que dio vida a dos publicaciones Ámbar revista y Ámbar semanal, formado por Andrés Fábregas Puig, Becky Álvarez del Toro, Saúl López de la Torre, Óscar Palacios, Leticia Hernández, Candelaria Rodríguez, Enrique García Cuéllar, Joaquín Vásquez Aguilar, Enrique Díaz, Sergio Sthal, Fredy López Arévalo, Fabián Ontiberos y Eliane Casorla. Daba amalgama verbal al grupo Enrique Álvarez de la Cadena y Gordillo, gemelo del Bustrófedon de Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres, autor de astucias como: tú a toda costa grabas; este Rufino, Tamayo, o voy a Mi tacón a Denver (a Comitán a vender).

Alfaro, el mejor caricaturista chiapaneco de todos los tiempos, de origen arriaguense, viejo militante de la izquierda y fundador del PMT y el PRD y después maduro y escéptico crítico que nunca ha abandonado la trinchera de la libertad de expresión, era el jefe de producción de ambos Ámbar, yo el jefe de redacción. Juntos hicimos la primera publicación de Chiapas que usó computadoras en el diseño y el proceso editorial, luego de una lección impartida por Eduardo Ballinas, quien nos pendejeo impaciente al vernos usar los equipos informáticos como un auxiliar ineficiente de las viejas costumbres del intertipo y el linotipo, pero nos enseñó a usar la primera versión del Page Maker.

Con Alfaro, Toño Gamboa y Pepe Martínez hicimos más periódicos y revistas; con este otro chiapaneco nacido en la Ciudad de México, doctor en letras y maestro de gran mérito en la Facultad de Humanidades de la UNACH, tuvimos la pequeña Cifra, Ediciones Limitadas, en la que publicamos libros esenciales de Lampedusa, de Álvaro de Campos (Fernando Pessoa), Eliot y un par de libritos propios: él Tributo de quema y yo Desembarcos.

Entonces sabía de bibliotecas, de los sistemas de clasificación Dewey y LC, incluso del Bruselas, con cuyo esquema reorganizamos con un gran equipo, pero con el auxilio especial de Miguel Ángel del Carpio, más de 10 mil volúmenes de la biblioteca de Víctor Manuel Castillo Corzo. Este personaje poco conocido fue adlatere de Emilio Rabasa y reunió una colección en la que figuran ejemplares que originalmente pertenecieron al convento de San Francisco de México y al Congreso de la Unión y ahora, tras años de esfuerzos para consolidar el rescate de esos acervos, está guardada por falta de condiciones para su colocación en estantería. Víctor Manuel era hermano de Agustín y Teófilo, alguno de ellos aparece desorejando combatientes indígenas tras la batalla de Chicoasén, parte de las fuerzas de Jacinto Pérez Chixtot, Pajarito, en algún momento sargento del ejército mexicano y cercano al obispo de San Cristóbal de Las Casas, Francisco Orozco y Jiménez, quienes no eran tsotsiles de Chamula sino tseltales de Chanal o Tenejapa, pues este líder logró reunir habitantes de distintos pueblos indígenas alteños en 1911. Esto me lo contaron Enrique Pérez López y Jan Rus en el rodaje de un programa que hicimos en Chamula, frente a la iglesia de San Juan.

Para encargarme del Archivo Histórico del Estado y de las Colecciones Especiales, hube de ir al Archivo General de la Nación, donde Leonor Ortiz Monasterio, su directora, me mandó a ver al ya mencionado José Antonio Ramírez Deleón, experto en archivos administrativos y en la arquitectura del antiguo Palacio Negro de Lecumberri, particularmente de sus torreones. El paisano me mando a su vez con Juan Manuel Herrera, hábil rescatista y coleccionista de memorias, quien ha sido mi mentor en el arte de ordenar papeles, de disfrutar paraísos gastronómicos e ingurgitar bebidas espirituosas de calidad.

En el archivo continué la un poco caótica pero bien intencionada ordenación que inició Carlos Chu Castañón, sobrino de don Fernando. El personal fue capacitado por expertos del AGN, de la Fototeca Nacional, de ADABI y en diversas etapas por el ahora doctor Justus Fenner, otro chiapaneco nacido fuera de aquí. En el archivo y las ocho colecciones especiales (en la organización y descripción de esas me tocó colaborar, aunque ahora su número ha crecido) hay tesoros como una Cathena Aurea Super Psalmos, de 1520, el Libro de Vecerro (sic) del convento de Santo Domingo en Ciudad Real, con información de 1577 a 1605, restaurado por Berenice Dávila Galdámez y paleografiadopor Martín Sánchez García. En esa labor prosiguió Noé Gutiérrez, lingüista de afiladas pluma y lengua, autor de Qué trabajos pasa Carlos y maestro de quien esto escribe en jazz, malicia verbal y cata de tequilas.

En 2000, en el corto verano para la cultura que ejerció Roberto Albores Guillén se inauguró el Centro Cultural Jaime Sabines, no en las mejores condiciones, pues estaba concebido originalmente como biblioteca y archivo, pero con la firma en el diseño del arquitecto Orso Núñez Ruiz-Velasco, con quien me unió una gran amistad, luego de que a mí me tocó hacer el programa de necesidades para el edificio. Originalmente destinado a la Biblioteca Central del Estado y el Archivo General del Estado, uniendo, cuando aún era posible y recomendable, el acervo de este con el del Archivo Histórico que amorosamente cuida la UNICACH.

Ese año se incluyó en el programa editorial el Diccionario Enciclopédico de Chiapas, cuyos cuatro tomos logramos reunir y editar entre un grupo de entusiastas que se puede ver en ese compendio informativo, hecho gracias a la iniciativa de Giovanni Zenteno y Julio Derbez del Pino, el profesionalismo del ingeniero Raúl Fernández Violante y la anfitrionía del Popeye’s, El Garabato, Las Laminitas, La Tía Mechita, La Cava, la Casa de Ladrillo y otros lugares de comer y beber. También se incluyeron los cinco volúmenes de la Historia del poder en Chiapas, una de ellas, la de Ángel Albino Corzo, del difunto Víctor Manuel Esponda, recién reeditada, e hice y publiqué, junto con Ana Benítez Muro, Con sabor chiapaneco y la segunda edición de Desembarcos, publicada por la editorial Verdehalago, del fino editor Alfredo Herrera.

Tras ese buen año me fui ocho a la Ciudad de México, donde entre otras aventuras en el AGN me fue revelada por los muchachos que ayudaron a ordenar y describir el Indiferente general, una denuncia de piratería en Tonalá en el siglo XVIII, entre otros muchos documentos extraordinarios, como un juicio inquisitorial de fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México. Junto con Roqueiván Velázquez, en ese mismo proyecto elaboramos el dvd: El Soconusco Cervantino, cartografía de una encomienda imaginaria, con más de 400 mapas, planos, atlas e imágenes de códices sobre esa región, de la que Miguel de Cervantes Saavedra pidió ser gobernador.

Trabajando en el IFE vine un día a impartir un curso para la organización de la biblioteca estatal, y el imán que Chiapas ejerce sobre mí me trajo de nuevo y aquí estoy, entretenido en ordenar papeles y llevar una vida sosegada con mi mujer definitiva, mientras llega el momento de que el alma salga de la cárcel del cuerpo y mis despojos, vueltos ceniza y pólvora, sigan el ciclo que anula el tiempo y vuelve a su estallido original.

Rosa del Sur, 31 de mayo de 2026

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