1. Home
  2. Columnas
  3. Kafka tenía razón / Sarcasmo y café

Kafka tenía razón / Sarcasmo y café

Kafka tenía razón / Sarcasmo y café
0

Corina Gutiérrez Wood

Kafka imaginó un sistema absurdo donde nadie sabía quién daba las órdenes, de qué se acusaba a las personas ni cuándo iba a terminar todo. En su novela El Proceso, un hombre llamado Josef K. despierta una mañana y así como darle los buenos días alguien le dice “queda usted arrestado”. Nadie le explica qué hizo, quién lo acusa ni cómo puede defenderse. México leyó eso y dijo, excelente idea, hagámoslo realidad.

Porque honestamente ya ni siquiera sé si vivimos en una democracia, en una serie de Netflix mal escrita o dentro de una oficina gigantesca donde alguien selló todo por accidente con la palabra “pendiente” porque aquí todo está bajo una eterna investigación, en revisión, en proceso o el tan actual, esperando pruebas. Siempre hay carpetas abiertas y funcionarios prometiendo que ahora sí “se llegará hasta las últimas consecuencias”, una frase que en México dejó de sonar a justicia y empezó a sentirse más como un trámite burocrático pronunciado con absoluta calma mientras todos entienden, que nada cambiará.

Y por eso sentí a Kafka tan actual. No porque creyera que pensó en México, obvio, sino porque entendió algo muy simple; los sistemas más desgastantes no son necesariamente los más violentos, sino los más absurdos. Los que hacen que todo el mundo se acostumbre a vivir confundido. Y honestamente, ¿qué tan lejos estamos de eso? Vivimos en un país donde todos sospechan de todos, donde los políticos se acusan mutuamente de vínculos con el crimen organizado mientras se saludan cordialmente en eventos oficiales y se toman fotos sonriendo como compañeros en reunión de exalumnos.

Aquí los gobernadores son investigados, los funcionarios señalados siguen dando entrevistas y los escándalos de corrupción duran menos que un trend en TikTok. Ya ni siquiera hace falta ocultar mucho las cosas. La corrupción dejó de esconderse; ahora ofrece ruedas de prensa y publica comunicados indignados porque alguien tuvo la grosería de descubrirla otra vez.

Y lo más impresionante es cómo nos acostumbramos al absurdo. Porque hace años escuchar términos como “narcopolítica”, “desapariciones”, “vínculos criminales” o “espionaje” habría provocado una crisis nacional permanente pero hoy son parte del paisaje. Están ahí junto a los baches, las fugas de agua y las tortillas más caras. El mexicano promedio ya ni reacciona cuando escucha que encontraron otro presunto nexo entre funcionarios y grupos criminales, mejor sigue desayunando chilaquiles y viendo memes, porque el país entero está cansado.

Y no, no es porque seamos indiferentes, es porque llega un punto donde la saturación de escándalos convierte todo en ruido. Un día desaparecen toneladas de evidencia, al siguiente se filtran audios comprometedores, luego aparece otro funcionario defendiendo lo indefendible con cara de “es que también ustedes exageran” mientras las instituciones hablan en ese dialecto burocrático que parece diseñado para no decir absolutamente nada. “La carpeta continúa abierta.” “Las autoridades competentes trabajan en ello.” “No se puede revelar información por el debido proceso.” México se convirtió en una conferencia matutina eterna donde se habla muchísimo sin responder jamás la pregunta principal.

Kafka entendió algo aterrador hace más de cien años, el verdadero poder no siempre necesita mostrarse. A veces funciona mejor cuando es confuso. Cuando nadie sabe exactamente quién manda, quién protege a quién o dónde termina realmente la línea entre gobierno, crimen, negocios e intereses políticos. Y ahí estamos nosotros, intentando entender un sistema donde todos prometen transparencia mientras operan a puertas cerradas como si fueran sociedades secretas con presupuesto público.

Además, este país tiene una manera muy peculiar de repartir culpas. Aquí todos son corruptos dependiendo de qué partido esté gobernando. Si el escándalo golpea al adversario, entonces es prueba irrefutable del colapso nacional, pero si golpea al propio bando, automáticamente se convierte en persecución política, guerra mediática o conspiración internacional patrocinada por la CIA, o por un reptiliano en una oficina allá por Bruselas. Ya ni siquiera importa la verdad; lo que les importa es ser quien controle primero la narrativa.

Y mientras tanto el ciudadano queda exactamente como Josef K. atrapado dentro de un proceso que nunca termina y cuyas reglas cambian constantemente. Pagamos impuestos sin entender en qué se usan, votamos creyendo que algo cambiará y terminamos viendo a los mismos personajes reciclados con diferente logotipo. Cambian los colores, los slogans, los hashtags patrióticos, pero el sistema sigue funcionando como esa oficina sofocante de Kafka donde nadie sabe realmente quién tiene el control, pero todos obedecen porque así ha sido siempre.

Lo más perturbador es que México ya ni siquiera necesita censura brutal para mantener el caos administrado. Basta con inundar todo de información contradictoria. Un funcionario dice una cosa, otro la desmiente, aparece un audio, luego un video, luego una filtración, luego la conferencia explicando por qué no debemos creer lo que acabamos de escuchar con nuestros propios oídos. El ciudadano termina agotado, confundido y resignado. Y ese agotamiento también es una forma de control. Kafka lo sabía perfectamente porque el proceso no destruye a Josef K. porque lo golpeen físicamente todos los días. Lo destruye porque lo desgasta, porque lo obliga a vivir permanentemente bajo sospecha, incertidumbre y ansiedad.

Y quizá eso es lo más escalofriante de todo. No que exista corrupción, la corrupción ha existido siempre; lo verdaderamente inquietante es la normalización, la manera en que aprendimos a vivir dentro del absurdo como si fuera parte inevitable de ser mexicano. Como si despertar cada semana con un nuevo escándalo político fuera tan natural como el tráfico en la ciudad.

Kafka imaginó un mundo donde las personas morían sin entender el sistema que las juzgaba.En México vivimos dentro del proceso, lo comentamos en redes sociales, hacemos memes, discutimos qué partido gobierna “mejor” y luego seguimos adelante como si nada, esperando tranquilamente el próximo capítulo de esta burocracia delirante disfrazada de nación.

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *