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San José Coneta y Stephens / Crónicas de Frontera

San José Coneta y Stephens / Crónicas de Frontera
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©️ San José Coneta, municipio de La Trinitaria. Robert Hall (flickr.com.photos). c1960

Antonio Cruz Coutiño

Partimos a las siete y media. A muy corta distancia tres jabalíes cruzaron nuestro camino, todos ellos a tiro de escopeta; pero nuestros hombres llevaban las armas, y [tras] un instante fue ya demasiado tarde. Muy pronto salimos del bosque que bordeaba el río, y llegamos a un llano escampado. A las ocho y media cruzamos una baja colina pedregosa y arribamos al seco lecho de un río. El fondo era plano, duro y calcinado, y los lados lisos y uniformes como los de un canal.

A media legua de distancia apareció el agua, y a las nueve y media se tornó en una corriente considerable [probablemente río Chentigre]. De nuevo penetramos a una selva y, cabalgando por un estrecho sendero vimos directamente frente a nosotros, cerrando el paso, el costado de un gran [templo colonial]. Salimos del sendero y pudimos ver la totalidad del gigantesco edificio, sin muestras de estar habitado, ni vestigios de haberlo estado a la vista. El sendero conducía a través del derruido muro del atrio. Desmontamos bajo la intensa sombra de la portada. La fachada era rica y perfecta. Tenía sesenta pies de frente y doscientos cincuenta de fondo, pero carecía de techo, y en toda el área crecían árboles por encima de los muros.

Nada [podía superar] el sosiego y la desolación de la escena; más, había algo extrañamente interesante en estas iglesias destechadas, ubicadas en lugares enteramente desconocidos. Santiago nos dijo que esta se llamaba Conatá [San José Coneta, “visita” dependiente del convento de Comitán, etnia coxoh, hoy desaparecida] y [que] según la tradición, fue en alguna época tan rica que sus habitantes portaban sus cántaros con cuerdas de seda. Dimos nuestras mulas a Santiago y atravesamos el abierto portón de la iglesia. El altar se encontraba derribado y la bóveda yacía hecha pedazos en el suelo, [mientras] toda el área era una selva de árboles.

Al pie de la iglesia, y unido a ella, había un convento. No tenía techo, pero las celdas estaban enteras, como cuando algún buen [religioso] se disponía a dar la bienvenida a un viajero. Frente al [templo], a cada lado, había una escalera que conducía a un campanario en el centro de la fachada. Ascendimos hasta la parte más alta. Las campanas que habían llamado a los rezos de maitines y vísperas ya no estaban. El travesaño se hallaba desprendido de la cruz. La piedra de construcción del campanario consistía en sólidas masas de conchas, gusanos, hojas e insectos petrificados. Hacia abajo, a un lado se veía el área sin techo, y hacia el otro una región yerma. Alguien había escrito allí su nombre:

JOAQUIM RODRIGUES, CONATÁ. MAYO 1RO.,1836.

Escribimos nuestros nombres bajo el suyo y descendimos; montamos, cabalgamos por un terreno pedregoso y desolado; cruzamos un río [el mismo Chentigre] y vimos ante nosotros una hilera de colinas, y más allá una cadena de montañas [la meseta de Comitán]. Llegamos entonces a una [colina y declive] yermo y pedregoso, y después de cabalgar durante cuatro horas y media, divisamos el camino, que avanzaba a través de una árida montaña a nuestra derecha, y, temerosos de haber equivocado nuestra ruta, nos detuvimos bajo un pequeño y frondoso árbol para esperar a nuestros hombres.

Soltamos a las mulas y, tras aguardar durante un rato, enviamos a Santiago de regreso a buscarlos. El viento soplaba fuertemente sobre el llano, y mientras el señor Catherwood cortaba leña, Pawling y yo descendimos a una cañada para buscar agua. El lecho estaba completamente seco, y uno siguió con rumbo arriba y el otro abajo. Pawling encontró un charco lodoso en una roca, el cual, aún para hombres sedientos, no era tentador. Regresamos, y encontramos al señor Catherwood calentándose ante las llamas que producían tres o cuatro árboles [troncos] tiernos, mismos que había amontonado uno encima de otro.

Ahora el viento barría furiosamente sobre el llano. La noche se aproximaba; no habíamos comido nada desde la mañana; nuestra escasa provisión de víveres se hallaba en manos inseguras, y comenzamos a temer que ninguno llegara [a nosotros]. Nuestras mulas también la pasaban mal. El pasto era tan pobre que requerían una vasta extensión, y dejamos libres a todas, excepto a mi pobre macho, el cual, en virtud de ciertas propensiones a vagabundear, adquiridas antes de que llegara a mi poder, nos vimos obligados a atarlo a un árbol.

Ya hacía algún tiempo que había oscurecido cuando Santiago apareció con las alforjas de provisiones a la espalda. Había recorrido seis millas en su regreso, cuando encontró una huella del pie de Juan, uno de los más anchos que se hayan plantado jamás, y la siguió hasta una miserable choza en la selva en la cual habíamos pensado detenernos. Nada habríamos perdido al hacerlo; todo lo que pudieron obtener para llevar consigo fueron cuatro huevos. Cenamos, apilamos nuestros baúles a barlovento [hacia donde viene el viento]; extendimos nuestros petates, nos acostamos, contemplamos por breves momentos las estrellas, y nos dormimos. Durante la noche el viento cambió, y casi nos arrastra.

A la mañana siguiente, previa a ingresar nuevamente en regiones habitadas, hicimos nuestra toilet [prepararse o arreglarse para aparecer en público; asearse, afeitarse, peinarse]. Colgamos un espejo en la rama de un árbol, y nos recortamos el bigote y una pequeña porción de la barba. A las siete y cuarto emprendimos la marcha, tras haber comido nuestro último trozo de alimento. No habíamos visto un ser humano desde que dejamos Güista [San Antonio Huista, en Guatemala]; la región todavía era desolada y triste; no había ni un soplo de viento, las colinas, las montañas y los llanos eran todos estériles y pedregosos; pero, conforme el sol se asomaba por encima del horizonte, sus rayos alegraron esta escena de aridez.

Durante dos horas ascendimos por una montaña estéril y pedregosa. Aun antes de llegar a este punto, la desolada frontera nos había parecido una barrera casi inexpugnable; pero Alvarado [Pedro de Alvarado, 1485-1541, subalterno de Hernán Cortés], la había cruzado [desde Guatemala] para penetrar a una región desconocida, llena de enemigos, y en dos ocasiones un ejército mexicano había invadido América Central.

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