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Inicia exploración de Palenque / Crónicas de Frontera

Inicia exploración de Palenque / Crónicas de Frontera
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Antonio Cruz Coutiño

Bajo estas consideraciones, no por algún deseo propio y con muchos agradecimientos para mis amigos de la prensa, me veo obligado a decir que los indios del pueblo de Palenque en realidad no conocen […] las ruinas, y que los otros relatos no descansan sobre base firme alguna. Toda la región en varias millas a la redonda, se halla cubierta por una tupida selva de gigantescos árboles, con un crecimiento de arbustos y maleza desconocido en los desiertos bosques de nuestra patria, e impenetrable en cualquier dirección, salvo que se abra el paso con machete.

Qué es lo que yace oculto en la selva, me es imposible [explicar] a partir de mis propios conocimientos; sin un guía hubiéramos podido llegar a cien pies de distancia de todos los edificios [y no] descubrir ninguno de ellos.

El capitán Del Río, el primer explorador con hombres y medios bajo su mando, declara en su informe que en la ejecución de esta comisión derribó y quemó todo del bosque. No dice hasta dónde, pero a juzgar por las brechas y excavaciones practicadas en el interior de los edificios, probablemente por millas a la redonda. El capitán Dupaix, quien actuaba por real comisión, y con todos los recursos que una comisión semejante le podía proporcionar, no descubrió más edificios que los mencionados por Del Río. Y nosotros únicamente vimos los mismos, pero gozando del beneficio de tenerlos a ellos como guías, por lo menos a Del Río, pues en aquella época no habíamos visto la obra de Dupaix.

Vimos por supuesto, cosas que habían escapado a su observación, justamente como los que vengan después verán lo que se nos escapó a nosotros.

Este lugar empero, constituía el objeto principal de nuestra expedición; y era nuestro deseo e intención hacer en él una exploración concienzuda. El respeto a mi carácter oficial, el tenor especial de mi pasaporte, y las cartas de las autoridades mexicanas, [nos] proporcionaron toda clase de facilidades. El Prefecto suponía que yo había sido enviado por mi gobierno para explorar expresamente las ruinas; y cada persona de Palenque, excepto nuestro amigo el alcalde, y aún él, tanto como la perversidad de su disposición natural lo permitiese, estaban dispuestos a ayudarnos.

Pero hubo dificultades accidentales que eran insuperables. Primero, era la estación de las lluvias. Esto, bajo cualquier circunstancia, lo habría tornado difícil; pero como las lluvias no comenzaban sino hasta las tres o cuatro de la tarde, y el tiempo estaba siempre despejado por la mañana, solamente esto no habría sido suficiente para impedir nuestro intento; sin embargo, hubo otras dificultades que nos estorbaron desde el principio, y continuaron durante toda nuestra residencia en las ruinas.

No había en el lugar ni un hacha ni una pala, y, como de costumbre, el único instrumento era el machete, que aquí era parecido a una espada corta de hoja ancha; y la dificultad de conseguir indios para el trabajo era aún mayor que en cualquier otro lugar que hubiésemos visitado. Era la época de sembrar el maíz, y los indios, bajo la inmediata presión del hambre, se encontraban todos ocupados en sus milpas. El precio del trabajo de un indio era de dieciocho centavos por día; pero el alcalde, que estaba a cargo de la dirección de esta rama del negocio, no me permitía adelantarles más de veinticinco centavos; y lo más que se comprometía a mandarme era de cuatro a seis al día.

No dormían en las ruinas, llegaban tarde y se marchaban temprano; algunas veces aparecían sólo dos o tres, y era raro que los mismos hombres llegaran dos veces, de modo que durante nuestra permanencia tuvimos a todos los indios de la aldea en rotación. Esto incrementó mucho nuestra labor, pues se hizo necesario estar constantemente sobre ellos para dirigir su trabajo; y tan pronto como uno empezaba [a] entender precisamente lo que necesitábamos, nos veíamos obligados [a] enseñar lo mismo [a] otros; y me permito manifestar que su trabajo, aunque nominalmente barato, era caro [en] relación [con] la obra ejecutada.

En aquel tiempo yo esperaba regresar a Palenque; si lo haré o no, es incierto, pero estoy ansioso porque se llegue a comprender que los informes que se han publicado acerca del inmenso trabajo y gasto que ocasiona [la] exploración de estas ruinas ―[mismos que], según antes he señalado casi me harían parecer presuntuoso al emprenderla con mis propios recursos―, son exagerados y falsos.

Estando en el terreno al comienzo de la estación seca, con ocho o diez jóvenes “exploradores”, animados de un espíritu de empresa equiparable a sus huesos y músculos, en menos de siete meses estas ruinas podrían quedar plenamente descubiertas. Cualquier hombre que haya “limpiado” alguna vez cien acres de tierra es apto para emprender la tarea, y el tiempo y dinero gastado por uno de nuestros jóvenes durante un “invierno en París”, determinaría fuera de toda duda si la ciudad alguna vez cubrió la inmensa extensión que algunos han supuesto.

Pero volvamos al punto. Acompañados por nuestro guía tuvimos un día fatigoso, pero de lo más interesante: lo que vimos no necesita exageración alguna. Despertaba admiración y asombro. Por la tarde se desencadenó la tormenta habitual, habíamos distribuido nuestras camas […] a lo largo de los corredores, al abrigo del muro exterior, y estuvimos mejor protegidos; pero sufrimos terriblemente a causa de los mosquitos, cuyos zumbidos y picaduras nos quitaron el sueño. A media noche levanté mi petate para escapar de los asesinos del descanso. La lluvia había cesado, y la luna alumbraba el derruido corredor, quebrando por entre los pesados nubarrones con rostro nebuloso.

Me encaramé sobre un montón de piedras en un extremo donde el muro estaba derribado, y, tropezando por el exterior del Palacio, entré a un edificio lateral cercano al pie de la torre; anduve a tientas en la oscuridad a lo largo del bajo y húmedo pasaje, y extendí mi petate frente a una pequeña entrada en el extremo final. Los murciélagos revoloteaban y zumbaban por el pasadizo, ruidosos y siniestros; pero estos repugnantes animales espantaban a los mosquitos. La humedad del pasadizo era refrescante; y, con ciertas dolorosas aprensiones por las culebras y los reptiles, las lagartijas y los escorpiones que infestan las ruinas, me quedé dormido.

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