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Juan Carlos Toledo

*Ni antes ni después, justo a tiempo

Como decía Jaime Sabines: “Ni antes ni después, justo a tiempo.”
En Pijijiapan ya deberían registrarlo como método administrativo: el oportunismo llega puntual, la legalidad a veces no.

En el COBACH Plantel 04, el festejo del Día de las Madres terminó siendo lo que nadie en una institución educativa debería permitir, pero que ya empieza a verse con preocupante normalidad: un acto con tufo de proselitismo político disfrazado de convivencia escolar. Ahí apareció Victoriano Rizo, aspirante a la presidencia municipal, como si el evento incluyera “invitado con fines electorales” en el programa oficial.

Y claro, después vienen las explicaciones creativas: que fue casual, que fue cordial, que fue institucional… las tres palabras favoritas cuando alguien quiere negar lo evidente sin incomodarse demasiado.

La directora del plantel, Rosa María Marroquín, queda en el centro del señalamiento por permitir que el espacio educativo se usara como plataforma de posicionamiento político. Y aquí el punto no es moralista, es más básico: una escuela pública no es foro, no es plaza ni es pasarela. Aunque algunos insistan en tratarla como si lo fuera.

Pero lo verdaderamente interesante no es el evento. Es el sistema que lo hace posible sin vergüenza.

En el entorno político local se señala la influencia de la titular de la Secretaría de Pesca y Acuacultura del estado en la cadena de nombramientos del COBACH en la región, particularmente en planteles como el de la colonia Ignacio Ramírez y el Plantel 04 de Pijijiapan. No es un dato aislado ni una anécdota administrativa: es el tipo de percepción que explica por qué ciertas instituciones parecen responder más a lealtades que a reglamentos.

Y cuando eso pasa, la escuela deja de ser escuela. Se convierte en territorio.

Territorio de acuerdos. Territorio de silencios. Territorio de favores que nadie firma, pero todos entienden.

Mientras tanto, los padres de familia, docentes y personal administrativo ya no matizan: reprueban estos actos. Y no por ideología, sino por hartazgo. Porque cuando el espacio educativo se contamina de política, lo primero que se pierde no es la neutralidad… es el respeto.

Y lo segundo, la credibilidad.

Aquí viene la parte que a algunos les incomoda más: no es un “malentendido”, no es un “detalle”, no es una “interpretación exagerada”. Los actos de proselitismo en espacios públicos —y especialmente en instituciones educativas— están prohibidos y sancionados por la legislación electoral. No es una sugerencia, no es una recomendación, no es un “si se puede”. Es una restricción clara diseñada precisamente para evitar esto.

Pero en la práctica, la ley parece tener dos velocidades: la que se aplica al ciudadano común y la que se “interpreta” cuando hay cercanía política.

Y así se llega al punto más absurdo de todos: lo ilegal no siempre se corrige, pero sí se normaliza.

¿La dirección general del COBACH en Chiapas, encabezada por Viridiana Figueroa García, está enterada de lo ocurrido?
¿O está enterada y simplemente administra el silencio como si fuera parte del organigrama?

Porque ese es el verdadero problema: no lo que pasa en el evento, sino lo que no pasa después. No hay deslinde, no hay corrección, no hay consecuencia. Solo esa costumbre tan eficiente de dejar que el ruido se enfríe solo.

Sabines lo dijo con poesía, pero aquí suena a diagnóstico institucional: todo llega “justo a tiempo”… sobre todo cuando conviene mirar hacia otro lado.

Y mientras la ley marca límites, algunos siguen probando hasta dónde se pueden cruzar sin pagar costo. Por ahora, parece que bastante lejos.

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