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Ayuso, Cortés y la nostalgia imperial de la derecha / Sumidero

Ayuso, Cortés y la nostalgia imperial de la derecha / Sumidero
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Edgar Hernández Ramírez

La visita de Isabel Díaz Ayuso a México no es una simple provocación ni un episodio más de la derecha española en gira latinoamericana. Es algo más profundo: la aparición, en pleno siglo XXI, de una vieja nostalgia imperial que se resiste a morir. Al reivindicar a Hernán Cortés, la presidenta de la Comunidad de Madrid defiende una mirada del mundo: la del conquistador que se piensa civilizador, la del poder europeo que aún supone que América debe agradecer su sometimiento.

Del otro lado, el gobierno de la 4T, encabezado por Claudia Sheinbaum, ha colocado en el centro una figura incómoda para esa tradición: Malintzin, la mujer indígena a la que durante siglos se le cargó el peso moral de la derrota. Mientras Ayuso mira a México desde el caballo de Cortés, la 4T intenta mirar la historia desde la lengua partida de Malintzin: mujer, indígena, intérprete, sobreviviente y víctima de una maquinaria colonial que después la convirtió en culpable para absolver a los verdaderos responsables del despojo.

Cortés representa la espada, la apropiación, el reparto de la tierra, la evangelización forzada, el nacimiento de una jerarquía racial y social que aún proyecta sombras sobre México. Malintzin representa una complejidad que la historia patriarcal y colonial prefirió simplificar en una palabra infame: traición. Pero ¿qué podía traicionar una mujer entregada, esclavizada, usada como instrumento político y lingüístico en medio de una guerra que no decidió? La acusación contra Malintzin fue una coartada perfecta: culpar a una mujer indígena de la catástrofe para no mirar de frente la violencia de los conquistadores.

Por eso la polémica no es arqueológica. Se disputa el presente. La derecha internacional necesita a Cortés porque en él encuentra una metáfora de mando: el hombre blanco, armado, occidental, providencial, que impone orden sobre pueblos bárbaros o atrasados. No es casualidad que esta reivindicación aparezca cuando las derechas europeas y latinoamericanas intentan reconstruir una narrativa común contra los gobiernos progresistas: defensa de la “civilización occidental”, combate al “populismo”, desprecio al indigenismo y nostalgia por un orden jerárquico.

La 4T ha hecho de la memoria histórica un territorio político. Sus adversarios se burlan de esa insistencia en el pasado, como si hablar de la Conquista fuera una excentricidad. Pero las estructuras nacidas en ese proceso no desaparecieron con la Independencia. Persistieron en el racismo, el clasismo, la hispanofilia de las élites, el desprecio por las lenguas indígenas, la idea de que lo europeo es cultura y lo originario apenas folclor. Persistieron también en una mentalidad que busca validación afuera: antes en la metrópoli, después en Washington, hoy en cualquier foro que bendiga a la oposición mexicana.

No estamos ante una nueva Conquista literal, pero existe una disputa de conquista simbólica: conquistar el relato, la legitimidad, la conciencia pública. Hoy no se queman códices; se ridiculizan memorias populares. No se levantan encomiendas; se fabrican dependencias económicas, mediáticas y culturales. No se impone la cruz por decreto; se impone la idea de que sólo Occidente tiene derecho a definir democracia, civilización y progreso.

Ayuso funciona como vocera de una vieja pulsión imperial reciclada en clave contemporánea. Su reivindicación de Cortés no pretende abrir una conversación rigurosa sobre el siglo XVI; pretende provocar, ordenar banderas, ofrecerle a la derecha mexicana un espejo donde reconocerse. Porque también aquí hay una derecha que mira con ternura al conquistador y con sospecha al indígena; que se indigna más por una estatua retirada que por siglos de racismo; que defiende a Cortés como si defendiera su árbol genealógico político; que no soporta que una mujer presidenta de origen progresista coloque a Malintzin en el centro de la memoria nacional.

Reivindicar a Malintzin no es santificarla ni borrar su papel histórico. Significa sacarla del tribunal moral donde la encerraron los vencedores. Significa entender que fue una mediadora forzada entre mundos desiguales, no la autora de la catástrofe. Significa reconocer que la historia de México no puede seguir contándose sólo desde la mirada del conquistador, del cronista europeo, del fraile, del hacendado o del liberal ilustrado que heredó prejuicios coloniales.

La disputa entre Cortés y Malintzin es la disputa por quién tiene derecho a narrar México. Desde Cortés, la Conquista aparece como empresa heroica, inevitable, benéfica. Desde Malintzin, aparece como trauma, imposición, mestizaje violento, negociación bajo amenaza. Desde Cortés, México nace por la espada española. Desde Malintzin, nace en una fractura: pueblos sometidos, lenguas obligadas a traducir su propia derrota, mujeres convertidas en símbolos de una culpa que no les pertenecía.

Por eso irrita tanto la reivindicación de Malintzin. Porque desmonta el viejo reparto de papeles. El conquistador deja de ser héroe civilizador. La mujer indígena deja de ser traidora. España deja de aparecer como madre generosa. México deja de ser hijo agradecido. Y las élites criollas, hispanófilas y conservadoras pierden una coartada cultural que les permitió sentirse más cerca de Madrid que de los pueblos originarios de su país.

No se trata de promover odio contra España. La disputa no es entre pueblos, sino entre memorias. Hay una España democrática, crítica, republicana, antifascista y consciente de las violencias coloniales. Y hay otra España, representada por Ayuso, que todavía necesita adornar la espada para no llamarla despojo. En México, unos buscan una memoria plural y otros prefieren seguir rezando ante los santos laicos de la dominación.

La Conquista sigue siendo campo de batalla porque sus consecuencias siguen organizando imaginarios. Cada vez que una élite desprecia lo indígena, Cortés respira. Cada vez que se acusa de “resentido” a quien exige memoria histórica, Cortés respira. Cada vez que una derecha extranjera viene a dictar lecciones de civilización, Cortés vuelve a desembarcar, ya no con armadura, sino con micrófonos y titulares complacientes.

Reivindicar a Malintzin es un acto de justicia simbólica. No para sustituir un mito por otro, sino para abrir una grieta en el relato de los vencedores. Cortés representa la conquista del territorio; Malintzin, la disputa por la palabra. Ahí está la clave del presente; México no sólo defiende su soberanía sobre la tierra, el petróleo o el litio; también defiende su soberanía narrativa. Porque un país que no cuenta su propia historia queda condenado a que se la escriban sus antiguos conquistadores. Y eso, quinientos años después, sigue siendo una forma elegante de dominación.

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