
Juan Carlos Cal y Mayor
Ya hemos criticado antes el mito de las revoluciones: ese discurso romántico que siempre promete acabar con los privilegios y repartir la riqueza, cuando en realidad lo único que logra es cambiar de manos el poder… con exactamente los mismos o aún más privilegios y abusos.
México no se ha transformado por revoluciones. México se ha transformado por momentos históricos profundos, estructurales y civilizatorios. Y para entenderlo hay que partir de una verdad incómoda: no existía México antes de la llegada del Reino de Castilla, así como tampoco existía España como nación unificada.
EL VERDADERO ORIGEN: LA NUEVA ESPAÑA
El primer gran momento no fue la caída de Tenochtitlan, sino la fundación de la Nueva España. No como colonia, sino como una extensión de la corona.
La decisión de Isabel la Católica de reconocer a los indígenas como súbditos con derechos al igual que los españoles marcó un parteaguas histórico. A partir de ahí, durante tres siglos, lo que después sería México floreció como una de las regiones más importantes del mundo.
Se construyeron más de 100 ciudades, universidades, hospitales, carreteras, acueductos y una infraestructura civilizatoria que aún hoy nos define. La Nueva España fue tierra de oportunidades, de mestizaje, de expansión económica.
Mientras el Imperio mexica operaba bajo un sistema tributario y de dominación criminal, el virreinato convirtió a este territorio en una potencia agrícola, minera y comercial.
Y aquí hay otro mito que se derrumba: los españoles no llegaron por el oro, sino por las especias. La gran minería comenzó décadas después. Lo que detonó la economía fue el comercio global.
El llamado “real de a ocho” se convirtió en la primera moneda mundial, impulsado por la ruta transpacífica de la Nao de China, que conectaba Acapulco con Asia, mientras que desde Veracruz se hacía con Europa. Fue, ni más ni menos, que el inicio de la primera globalización.
LA RUPTURA: INDEPENDENCIA Y COLAPSO
Todo se vino abajo con la revuelta encabezada por Miguel Hidalgo, Ignacio Allende y Juan Aldama.
Aprovecharon la invasión napoleónica de 1808, pero no para romper con el rey —a quien juraban lealtad— sino para desplazar a los peninsulares a quienes motejababan como gachupines para arrebatarles el poder. Al final el resultado fue devastador: una nación próspera colapsó.
Agustín de Iturbide, sin disparar una bala, consumó la independencia y dio forma al México que conocemos. Fuebel creador de la patria. Pero ya no había recursos: sin España, el comercio se había derrumbado.
Las potencias emergentes —Inglaterra, Francia, Holanda— celebraron la caída del imperio español y comenzaron a endeudar e intervenir a México.
Mientras tanto, Estados Unidos consolidaba su modelo republicano basado en la división de poderes.
EL SIGLO DEL CAOS
De 1821 en adelante, México vivió entre la violencia, la inestabilidad y las luchas intestinas.
Los liberales, influenciados por logias extranjeras, encontraron un enemigo conveniente: la Iglesia.
La desamortización de bienes —impulsada por figuras como Benito Juárez— no solo afectó al clero, sino también a las comunidades indígenas, que por primera vez perdieron la propiedad de sus tierras. Ahí nació la clase terrateniente.
El país se sumió en la inseguridad, con caminos dominados por bandas armadas que hoy podríamos comparar con el crimen organizado.
EL ORDEN Y LA MODERNIDAD: PORFIRIO DÍAZ
La segunda gran transformación llegó con Porfirio Díaz. En tres décadas, México se convirtió en una nación moderna. Infraestructura, estabilidad, crecimiento económico. El peso mexicano llegó a valer lo mismo que el dólar.
Los llamados “científicos”, lejos de ser un grupo de improvisados, fueron una élite ilustrada que entendió y orientó el rumbo del desarrollo.
Díaz pudo haber aplastado la rebelión, pero decidió no hacerlo para evitar un baño de sangre. Lo que vino después fue el desastre.
REVOLUCIÓN: VIOLENCIA Y PODER
Los disque revolucionarios derrocaron y asesinaron a Francisco I. Madero. Lo que siguió fue una lucha brutal y facciosa por el poder.
Figuras como Pancho Villa y Emiliano Zapata encabezaron movimientos que, lejos de institucionalizar el país, profundizaron el caos.
Fue hasta Plutarco Elías Calles que se creó un sistema político que canalizó esa lucha en una estructura: el partido de Estado.
EL MILAGRO Y LA CAÍDA
El México del desarrollo estabilizador —bajo el PRI— representó otra etapa de crecimiento sostenido.
Pero después llegaron los excesos: sobre todo Luis Echeverría y luego José López Portillo, con políticas populistas y de gasto desbordado.
Incluso Lázaro Cárdenas, cuya expropiación petrolera se suele romantizar, pero en realidad respondió más a presiones externas de los EU y los conflictos laborales, que a un proyecto nacionalista sincero.
LA APERTURA: LA ÚLTIMA TRANSFORMACIÓN
La última gran transformación vino, aunque forzadamente, desde dentro del poder: apertura democrática, instituciones sólidas para garantizar el voto y, sobre todo, integración económica con América del norte. Nuestros odiados vecinos.
El punto clave fue el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Sin ese acuerdo, México sería hoy un país subdesarrollado.
Sí, aunque les incomode: el llamado “neoliberalismo” fue la última etapa real de transformación.
LA DISYUNTIVA ACTUAL
El problema de México no es la desigualdad. Todas las sociedades han sido históricamente desiguales.
El problema es la receta y la necedad de quienes prometen igualdad para acceder al poder… y luego reproducen exponencialmente los mismos vicios.
Hoy enfrentamos una decisión histórica: permitir la concentración del poder en unos cuantos, la continúa destrucción de todo lo que tocan y un estancamiento económico… o entender, de una vez por todas, qué es lo que ha hecho avanzar realmente a nuestro país.
Porque la pregunta es:
¿Vamos a seguir dejándonos gobernar por quienes todo lo reducen a repartir y robar nuestro dinero… hasta convertirlo en nada?


