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Estancia e historias de Palenque / Crónicas de Frontera

Estancia e historias de Palenque / Crónicas de Frontera
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Ilustración de Frederick Catherwood de Palenque. Siglo XIX.

Antonio Cruz Coutiño

Nuestras perspectivas no eran brillantes. A pesar de ello habíamos llegado a Palenque, y por la noche se desencadenó la tempestad con terríficos truenos y relámpagos, lo que hizo que nos sintiéramos todo, menos demasiado dichosos de que nuestro viaje hubiese terminado. La casa que nos asignó el alcalde estaba inmediatamente junto a la suya y era de su propiedad. Tenía contigua una cocina, y dos mujeres indias que no se atrevieron a mirarnos sin permiso del alcalde. El piso era de tierra, tenía tres camas hechas de caña, y techo de paja, muy bueno salvo [porque] goteaba sobre dos camas.

Debajo del puntiagudo techo y a través del remate de las paredes de adobe, había un [entrepiso] construido con palos, [el cual] servía de granero para el mohoso maíz del alcalde, habitado por industriosos ratones, que rascaban [a más no poder]. Royeron, chillaron y esparcieron polvo sobre nosotros toda la noche y, sin embargo, habíamos llegado a Palenque y dormimos bien.

Al día siguiente fue domingo y lo celebramos como día de descanso. Anteriormente, en todos mis viajes, yo había hecho el esfuerzo de guardarlo como tal, pero en este país encontré que ello resultaba imposible. El lugar era tan tranquilo, y parecía en tal estado de reposo, que cuando el viejo alcalde pasó por la puerta, nos aventuramos a decirle: “Buenos días”. Pero otra vez se había levantado de mal humor, y sin corresponder a nuestro saludo, se paró para decirnos que nuestras mulas se habían perdido. [Al observar que ello] no nos [había] perturbado lo suficiente, añadió que probablemente se las habrían robado; se paró cuando nos vio realmente excitados y, a punto de salir a buscarlas, nos dijo que no había peligro, que sólo habrían ido a beber agua y que volverían por sí mismas.

El pueblo de Palenque, según supimos por el Prefecto, fue en otra época un lugar de considerable importancia, pasando por [él] todas las mercaderías importadas [de] Guatemala; pero Belice había desviado ese tráfico y destruido su comercio, y sólo unos pocos años antes, más de la mitad de la población había sido arrasada por [el] cólera. Familias enteras habían perecido, y sus casas se hallaban desoladas, convirtiéndose en ruinas. La iglesia se hallaba en el extremo de la calle, en el centro de una hermosa plaza cubierta por la hierba.

A cada lado de la plaza había casas con la selva directamente encima de ellas; y, encontrándonos un poco elevados en ella, nos hallábamos en línea con las copas de los árboles. La casa más grande de la plaza se encontraba desierta y convertida en ruinas. Había una docena de casas ocupadas por familias blancas, con quienes, en el transcurso de una hora de callejeo, nos hicimos conocidos. No tenía más que detenerme frente a la puerta y recibía una invitación: “Pasen adelante, capitán”, título que yo debía al águila de mi sombrero. Cada familia tenía su hacienda en las cercanías, y al cabo de una hora ya sabía todo lo que estaba sucediendo en Palenque; es decir, sabía que nada estaba sucediendo.

En el extremo más alto de la plaza, dominando esta escena de quietud, estaba la casa de un americano llamado ¡William Brown! Era este un extraño lugar para la morada de un americano, y el señor Brown era un típico americano emprendedor. En la gran lotería [de la vida] se había sacado una esposa [palenquense], la que en aquel tranquilo lugar probablemente le había librado de morir de tedio. Qué fue lo primero que lo trajo al país, no lo sé; pero tenía el privilegio exclusivo para la navegación a vapor del río [Usumacinta], y habría hecho una fortuna [si no hubiese perdido] su barco [tras irse] a pique en el segundo viaje.

Entonces emprendió la tala [del] palo de Campeche [palo de tinte, Haematoxylum campechianum de fabáceas] bajo un nuevo método, y estuvo a punto de hacer una fortuna, [aunque] algo salió mal. En el tiempo de nuestra visita se hallaba ocupado en hacer un atajo en canal hasta el mar, para unir dos ríos cerca de su hacienda. Para asombro de los [palenquenses], estaba siempre ocupado, cuando podía vivir tranquilamente en su hacienda en el verano y pasar los inviernos en el pueblo. Muy a nuestro pesar, no se encontraba por entonces en la aldea. Habría sido interesante hallar a un paisano de su carácter en aquel tranquilo rincón del mundo.

El Prefecto era versado en la historia de Palenque, [lugar que] está ubicado en la provincia de los tzendales, [por lo que de su conversación deduzco lo siguiente]: durante una centuria, tras la conquista de Chiapas, permaneció en poder de los indios. Hace dos centurias, Lorenzo Mugil [Fray Pedro Lorenzo de la Nada, c1531-1580], un emisario directo de Roma, levantó entre ellos el estandarte de la cruz. Los indios todavía conservan su vestido como una reliquia sagrada, pero tienen mucha desconfianza de mostrarlo a extranjeros, y no pude conseguir verlo.

La campana de la iglesia, asimismo, fue enviada desde la santa ciudad. Los indios se sometieron al dominio de los españoles hasta el año 1700, cuando toda la provincia se sublevó, y en [Chilón], Tumbalá y Palenque apostataron del cristianismo, asesinaron a los sacerdotes, profanaron los templos, tributaron impía adoración a una mujer indígena [María López, durante la “rebelión de los zendales” de 1712], destrozaron a los hombres blancos, y se apoderaron de sus mujeres como esposas. Pero tan pronto como llegó la noticia a Guatemala, un poderoso ejército fue enviado en contra de ellos; los pueblos sublevados fueron reducidos, restaurándolos a la fe católica y se restableció la tranquilidad.

El derecho de los indios a la propiedad de la tierra, sin embargo, había sido [recién] reconocida, y a lo menos hasta la independencia mexicana recibían renta por la tierra en los pueblos, y por las milpas en los alrededores. A corta distancia de Palenque, el río Chacamal [Chacamax] lo separa del territorio de los indios sin bautismo, a quienes aquí se les llama caribes.

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