
Corina Gutiérrez Wood
Hay días en los que uno sale a la calle con la sensación de haber dormido mal, aunque haya dormido ocho horas y que algo te falta. No es exactamente cansancio, es otra cosa, es como si algo te hubiera estado drenando en la noche y entonces revisas que lleves todo con lo que sales diariamente, la cartera, las llaves, la dignidad y todo parece estar en orden, pero ¿y la sangre? quién sabe porque no es que cada mañana midamos si llevamos los mismos litros que el día anterior.
Sería ingenuo pensar que existen los vampiros, pero la duda real es cuántos de los que vemos todos los días si lo son. Porque los vampiros modernos no viven en castillos, se instalaron en el palacio y evidentemente tampoco le temen a la luz porque salen cada mañana, puntuales, a exponerse ante todos como si el sol, en lugar de debilitarlos, los alimentara. Hablan, explican, repiten y convierten la rutina en espectáculo y la exposición en escudo. Y uno los ve ahí, tan cómodos bajo la luz, que por un momento hasta parece que la oscuridad nunca fue su territorio.
Pero basta con seguir el rastro para entenderlo; no necesitan esconderse cuando pueden nombrar cada mordida de otra forma. Le llaman reformas, acuerdos, transformaciones necesarias. Palabras limpias para actos profundamente voraces. Porque no se trata de que nos ataquen ahí de vez en cuando, sino de una dieta constante un poco de aquí, otro tanto de allá, siempre con la promesa de que es “por el bienestar de todos”, aunque los mismos de siempre sean los únicos que parecen fortalecerse.
Y lo verdaderamente inquietante no es que existan, es que no están solos. Alrededor de ellos se ha formado una comunidad entera de devotos. No todos muerden, claro, muchos ni siquiera tienen colmillos todavía. Pero los defienden como si ya los tuvieran. Los justifican y hasta los celebran. Hay algo casi hipnótico en la forma en que los siguen pase lo que pase, expliquen lo que expliquen, siempre hay una razón para creer que esta vez sí, que este nuevo decreto, este nuevo cambio, este nuevo “ajuste necesario” es distinto.
Se reconocen entre ellos con una facilidad inquietante. Repiten las mismas frases, defienden las mismas decisiones, descalifican categóricamente a quien duda. Han convertido la lealtad en identidad, como si cuestionar fuera traición y no un mínimo acto de lucidez. Y en ese eco constante, en esa repetición que ya no admite matices, es donde la transformación termina de completarse ya no hace falta que alguien ordene morder porque hay toda una comunidad dispuesta a hacerlo por convicción.
Lo más incómodo es aceptar que el proceso no es inmediato. Nadie se convierte en vampiro de la noche a la mañana, es de a poquito, se empieza con pequeñas concesiones una defensa aquí, una omisión allá, una fe ciega que se instala donde antes había duda. Y cuando uno se da cuenta, ya no están cuestionando, están protegiendo el sistema que los drena.
Y por el otro lado estamos los otros. Los que todavía caminamos con una mezcla de escepticismo, cansancio y los que intentamos defendernos con lo que tenemos a la mano como la memoria, preguntas incómodas, una que otra resistencia casi instintiva. Nuestros amuletos no son elegantes, pero nos protegen, bueno a ratos, porque el problema no es solo esquivar el ataque, es identificar de dónde viene y en un entorno donde todos aseguran estar del lado correcto, la desconfianza se vuelve mecanismo de supervivencia.
Por supuesto, también están los cazadores. O al menos eso dicen ser. Aparecen con discursos bien intensos, prometiendo acabar con la plaga, empuñando estacas y balas de plata hechas de indignación reciclada y uno quisiera creerles, de verdad quisiera, pero el problema es que ya hemos visto esta historia, más de uno ha empezado señalando vampiros y ha terminado negociando con ellos en la siguiente escena. Porque el poder, como la sangre, también seduce.
Y luego está el teatro diario, ese donde se supone que se libra la gran batalla. Curules ocupadas, micrófonos encendidos, discursos que se clavan como si fueran estacas o al menoseso intentan. Se acusan, se interrumpen, se señalan como si de verdad hubiera bandos irreconciliables. Pero visto de cerca, el espectáculo pierde épica porque es justo ahí donde la mayoría ya conoce el sabor de la sangre. Y entonces la pregunta deja de ser quién gana la discusión, para volverse otra mucho más incómoda ¿qué pueden hacer los pocos que aún no muerden cuando el resto ya aprendió a hacerlo sin culpa?
Así que aquí seguimos, en una especie de vigilia permanente, viendo cómo unos chupan, otros aplauden, otros prometen salvar y algunos más intentamos, torpemente, no convertirnos en lo mismo que criticamos.
La cuestión ya no es quiénes son los vampiros. Es cuántos aprendieron a sonreír mientras les chupan la sangre y todavía agradecen el espectáculo mañanero.


