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“La ternura en su mirada, el porte elegante, la voz profunda y áspera…”

“La ternura en su mirada, el porte elegante, la voz profunda y áspera…”
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Estela Alcántara

Jaime Sabines convocó una multitud en la UNAM: el 25 de septiembre de 1997 reunió a más de tres mil personas, en su mayoría jóvenes, dentro y fuera de la Sala Nezahualcóyotl. Fue un momento memorable e inédito en la vida cultural universitaria: era la primera vez que un poeta abarrotaba este recinto. El encuentro fue organizado por la Coordinación de Difusión Cultural para acercar a los estudiantes al quehacer en el arte de la UNAM y celebrar los 70 años del poeta.

La Sala estaba al límite y había cientos de alumnos de recién ingreso que culminarían sus estudios en el nuevo milenio. Cerca de 400 personas se quedaron fuera para escuchar el recital desde las escalinatas y los jardines del Centro Cultural Universitario (CCU), a través de las bocinas que instalaron los organizadores. A Sabines le advirtieron sobre toda la gente que no pudo ingresar a la sala y, al entrar al escenario, lo primero que dijo es que no se preocuparan los de afuera, porque no era tan importante verlo.

Después de casi tres décadas, en el centenario de Jaime Sabines, trato de recordar aquel recital. Sabines estaba ya cansado, pero conservaba la ternura en su mirada, el porte elegante y la voz profunda y áspera. Permaneció solo, sentado en el escenario de esa imponente Sala, leyendo fragmentos de varios de sus libros. Iba de un poema a otro, sin parar. Sólo los aplausos interrumpían su lectura. Por momentos, entre las butacas, se escuchaban voces que recitaban sigilosamente. La energía de su poesía amorosa, desoladora, violenta, triste y tierna llenaba la sala.

Ese día, una generación de jóvenes descubrió a “uno de los grandes poetas contemporáneos de nuestra lengua”, como lo describió Octavio Paz. Mientras que sus lectores de culto, La orden de Los amorosos –como llamaba Carlos Monsiváis a los seguidores de Sabines– eran testigos de una de las últimas apariciones públicas del autor de Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973) y Tarumba (1956), sus libros más celebrados por la crítica, y ganador de los premios Xavier Villaurrutia (1972) y el Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura (1983).

De todas partes de mi cuerpo viene
Esta alegría,
Y voy y vamos a mi boca, al tiempo,
Para ser  arrestados”

De Corriendo de una antorcha a otra, en Tarumba

Era el cierre del siglo XX, el uso del internet apenas se popularizaba en el país, no había teléfonos móviles, ni redes sociales. El amor romántico aún no enfrentaba los grandes cuestionamientos de este siglo. Los estudiantes se enamoraban con desparpajo y sin temor en las aulas, los pasillos y los jardines de Ciudad Universitaria. Entonces, cada estudiante podía ser un verso subrayado en un libro de Sabines:

Déjame reposar,/ aflojar los músculos del corazón/ y poner a dormitar el alma/ para poder hablar,/ para poder recordar estos días,/ los más largos del tiempo. (Algo sobre la muerte del Mayor Sabines.)

Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos. (Me encanta Dios.)

Los amorosos callan./ El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. (Los amorosos)

Los jóvenes de aquella época recitaban de memoria Los amorosos, el poema más conocido de Jaime Sabines. Contaba que lo escribió a mediados de los años 40 del siglo pasado, en sus largas jornadas de lectura y escritura, mientras estudiaba Lengua y Literatura Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras de Mascarones, donde compartió las aulas con compañeros de la Generación de Medio Siglo: Emilio Carballido, Rosario Castellanos, Dolores Castro, Héctor Azar, Sergio Magaña y Luisa Josefina Hernández.

Para sus lectores, la poesía de Sabines representa un encuentro con las emociones más profundas del ser humano y, al mismo tiempo, una mirada honesta de la cotidianidad de la vida. Octavio Paz decía que sus poemas lo hacían pensar en la obra del poeta expresionista Gottfried Benn: “en sus saltos y caídas, en sus violentas y apasionadas relaciones con el lenguaje (verdugo enamorado de su víctima, golpea las palabras y ellas le desgarran el pecho), en su realismo de hospital y burdel, en su fantasía genésica, en sus momentos pedestres, en sus momentos de iluminación. Su humor es una lluvia de bofetadas, su risa termina en un aullido, su cólera es amorosa y su ternura, colérica”.

Jaime Sabines fue el poeta más querido y admirado de las últimas décadas del siglo XX. Carlos Monsiváis le designó un lugar especial en la literatura mexicana: “Sabines es un pacto nacional que suscriben poetas, estudiantes, intelectuales, prófugos de la abogacía, entusiastas del bolero, políticos, burócratas y periodistas”. Y, esa tarde del 25 septiembre de 1996, ese pacto fue suscrito también por miles de jóvenes universitarios, como un hecho esperanzador.

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