
Ernesto Gómez Pananá
Hubo muchos que lo criticaron desde el inicio. Les incomodó su origen distinto al de los de siempre, su no pertenencia a esa élite que históricamente ocupaba ese puesto privilegiado. Había muchos que no lo veían como uno de ellos, incluso con un dejo de colonialismo racista: no es de esta tierra, no comparte nuestro modo de entender el mundo, afirmaban. A mí me simpatizó en sus inicios y decidí creerle.
A diferencia de los anteriores, unos aristócratas solemnes e insensibles, al tomar el cargo anunció que renunciaría a la vestimenta elegante y de alta manufactura que sus antecesores solían portar. Vestiría prendas modestas, elaboradas por artesanos, anunció. Le creí.
Un siervo modesto que no necesitaba un vehículo especial de alta protección para su traslados y que tampoco necesitaba guardias para protegerlo. ¿De qué me van a proteger? Preguntaba mientras afirmaba que no hacía falta, que esa protección la necesitaban aquellos viviendo o haciendo una labor como la suya, en zonas peligrosas. Él no, dijo. Yo le creí.
A diferencia también de anteriores, que eran incapaces de pisar la banqueta para llegar, acaso de su vivienda al sitio donde cumplía sus funciones, este ministro anunció que su altísimo cargo no le impediría usar el transporte público como usualmente lo hacía, como un semejante de sus semejantes. Yo le creí.
También anunció su renuncia a esa vida de lujos, a ocupar grandes residencias, con ujieres cumpliendo deseos y séquitos de ayudantes su disposición. No soy una divinidad, parafraseó. Yo le creí.
Derivado de su origen, su lengua materna era distinta a la de los de antes. Desde el inicio de su época, se proclamó orgulloso de ella y la usó con regularidad. Era emocionante escuchar los mensajes en ese idioma tan nuestro, ese que nos identifica tan profundamente. Yo le seguí creyendo.
Le creí también cuando cuestionó el estatus quo , cuando llamó a detener la violencia y condenó la guerra, cuando se manifestó a favor de los más débiles, de los olvidados de siempre.
El personaje ganó mi admiración, la renuncia a las riquezas, los palacios, la servidumbre, los ropajes elegantes, los autos de alta gama. Un tipo auténticamente tocado por la mano santa, uno de esos pocos hombres de una pieza.
Pero hay más. Debo decir que lo terminó por cautivarme fue un detalle probablemente trivial, pero en el fondo muy simbólico, una aparente simpleza que confirmaba su origen genuino, ajeno a oropeles, alejado del bullicio y de la falsa sociedad. Me refiero estimades lectores, a sus gastados zapatos de goma, un par de sencillos zapatos color negro, de piel arrugada, vencidos, traqueteados, con su suela percudida. Los zapatos de un discípulo modesto, sin pretensiones ni poses y de los que en algún momento dijo que, aun con el alto cargo al que ascendía, no dejaría de usar. No los cambiaría por esos de marca fina y altísimo precio, esos que por natura y derecho, él y su divino par de pies se merecían.
Si uno lo observaba, los zapatos eran como el resto de su persona, un caminante sencillo, uno que gasta las suelas, que camina y camina y camina, uno que no levita aunque en su entorno le digan que merecería incluso ser santo. Sus pies -sus zapatos de goma- y todo él, no cambiaron, siguió siendo lo que era, la cabeza de un consejo de sabios cuya palabra es mandamiento y su actuar ejemplo. Admiré, admiro y seguiré aplaudiendo su congruencia. Uno de los personajes a quienes, reitero, guardo el más alto reconocimiento, aún después de su subida al cielo.
Y sí, me reconozco un ferviente seguidor del ejemplo de don Jorge Mario Bergoglio, quien fuera votado con papeletas y al resultar electo papa, determinó llamarse Francisco. Admiro su renuncia al palacio y su decisión de habitar en un departamento; su decisión de no usar los ropajes elegantes-finísimos-de-París y conservar sus ropas sencillas; su resistencia a usar un Papamóvil, convertirlo en ambulancia y enviarlo a Palestina. Admirador de su determinación de transformar a la Iglesia, abrirla a modos nuevos de entender la vida y el amor, de condenar atrocidades e injusticias tantísimos años negadas. Admiro su decisión de portar un modesto crucifijo de madera y negarse a portar uno hecho de oro con diamantes y rubíes. Lo admiro. Admiré su renuncia a los espantosos zapatos marca Prada de terciopelo rojo, y que haya aparecido en la Plaza de San Pedro con los pies bien puestos en la tierra, calzando los zapatos de goma con los que subía al metro en Buenos Aires. Yo le creí. Yo sigo creyendo en su ejemplo de vida, de palabra. De congruencia.
Oximoronas 1. Bad Bunny en el Súper Bowl. Una combinación milennial de lo que para los Gen X o Boomers fueron los Beatles o Silvio Rodríguez. Puede no gustar, pero se reconoce el discurso y el posicionamiento social.
Oximoronas 2. Plataforma VIX acaba de estrenar miniserie y documental acerca de Daniel Arizmendi, secuestrador y enemigo público nacional número uno en los años ochentas y noventas. Célebre por su extrema crueldad: cortaba las orejas a sus víctimas y las enviaba en bolsas a sus familiares. Hoy, hoy se cortan cabezas y se envían en hieleras, ¿En qué momento nos convertimos en esto?
Oximoronas 3. La primer tarea de un colaborador es no darle problemas a su superior. Si no es uno es otra, si no es aquí es allá. Pobre presidenta.


