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¡Viva Cuco! / La Feria

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Sr. López 

Tío Lupe era tío bisabuelo de este menda, del lado materno. Siempre en silla de ruedas, con una cobija en las piernas, era una bolsita de huesos que apenas movía las manos. Aunque de corta edad, a su texto servidor le molestaba que lo trataran como maceta: pa’fuera, a tomar sol; pa’dentro, a comer; pa´la cama a las seis de la tarde. Un día, en un álbum de fotos de la abuela Virgen, topó este López con una foto en sepia de un tipo macizo, bien plantado, pistola al cinto, a caballo, con cara de pocos amigos, altivo, viendo a unos peones entecos que lo rodeaban mirando al suelo, con la cabeza descubierta y el sombrero a dos manos frente a sus panzas; era el tío Lupe y supe que fue señor de horca y cuchillo, maldito y temido en sus tierras y en su casa… pero lo alcanzó el agrarismo, se quedó sin nada, se hizo viejo, luego anciano, de morir no daba trazas y ya decrépito, a las siete en punto de cada mañana lo sentaban en el excusado una hora. Y nadie le dirigía la palabra. Triste. 

Al régimen político que tuvo en un puño al país de 1930 al 2000, lo inventó Plutarco Elías Calles y lo llamábamos el ‘sistema’, que dio al país un largo periodo de paz y prosperidad, a costa de un raquitismo político que tenía precio (y lo estamos pagando). 

Calles, hasta ahora nuestro único hombre de Estado (juaristas, absténganse), creó una figura política vacía, un partido inspirado en el corporativismo de Mussolini, sin contenido fascista -ni ningún otro-, predicando un confuso régimen de la Revolución, esa rebatiña por el poder. 

Cuando llegó Lázaro Cárdenas, perfeccionó el ‘sistema’ y transformó el Presidente caudillo en Presidente institucional. Se entronizó sin decirlo, como jefe natural del ‘partido’, controló sin matazones a los hombres que ejercían las parcelas del poder político en el país y su poder, el presidencial, parecía absoluto (era): el Presidente decidía todo por encima de los otros poderes; no se podía ni soñar en tener un cargo público de importancia sin su aprobación; y los procesos electorales eran una cínica comedia. Las fuerzas armadas se inhibieron, por el bien de todos, de participar en nada de eso y sin un mal modo aceptaron quedar fuera del partido desde tiempos de Ávila Camacho, el sucesor de Cárdenas. 

Con Cárdenas, no con Calles, nació el presidencialismo, no el sistema presidencialista, sino nuestro presidencialismo, un neoporfirismo a plazo fijo. 

Así, durante decenios el Presidente daba poder político, empresarial, caciquil, sindical… y dinero no del erario que era escuálido, sino con prebendas. Era impensable el éxito sin la protección del Estado personificado en el Presidente, quien en el orden político recibía obediencia absoluta y trabajo, mucho trabajo, porque los de esas camadas tenían claro que debían dar buenos resultados que beneficiaran a la gente común… a costa de la anemia política que caracterizó el siglo XX mexicano. 

Lo que nunca dijeron ni Calles ni Cárdenas, es que el ‘sistema’ fuera para siempre ni fórmula infalible. El ‘sistema’ fue para esas circunstancias, de esos momentos, para ese país. No existe la panacea universal (y en política menos). 

Los sucesores de esos creadores de un Estado, terminaron cayendo en el error de perpetuar lo que era temporal hasta que la realidad rebasó a una clase política cada vez menos apta que ejercía en el gobierno repitiendo recetas como si de pócimas mágicas se tratara. No intuyeron que el truco era que no había truco: el poder se ejercía en beneficio de las mayorías que a cambio, hacían la vista gorda ante los abusos del poder: total, dejaban vivir y se iba viviendo mejorcito, muy mejorcito; sin eso, todo colapsaría. 

Y colapsó el 23 de marzo de 1994, con el asesinato de Colosio, aunque el inmenso barco tricolor tardó seis años en irse al fondo, cuando en el 2000, el PRI perdió la presidencia, pero entonces el país se topó con que llegó al poder un neopriismo parapléjico, con muchos ineptos y abundantes parásitos políticos. La presidencia de la república menguó y se instalaron los virreinatos estatales, caricaturas del presidencialismo ido. Se desordenó la orgía. El Presidente ya no era dador de toda gracia, quedó en garante de impunidad. De rey a padrote. 

El PRI creyó regresar con Peña Nieto, pero este lo liquidó cambiándole principios y estatutos. El Presidente al servicio del mirreinato naciente propició se amasaran inmensas fortunas y prohijó abusos antaño inimaginables: la Patria (la señora de toga blanca de la portada de los libros de texto gratuitos), pasó de querida del patrón a pupila de burdel. Triste. 

Todo eso fue el caldo de cultivo del triunfo arrollador de nuestro actual Presidente. La gente no quería ya más un priismo imperial, no quería más abusos ni impunidad, no quería más mentiras, no quería… no quería lo que todos sabemos que no queríamos. Y todos sabemos que con las ganas nos quedamos: 

Sin disimulo el Ejecutivo, insiste machaconamente en resucitar el presidencialismo de Lázaro Cárdenas con los vicios del echeverriato; mal asunto. Excusa con descaro a los actuales inocultables corruptos de su entorno y evade la responsabilidad de investigar a los del pasado reciente; peor cosa. Insiste en no perseguir capos del narcotráfico y en cuidar de ellos; pésima cuestión. 

El país no va a regresar al partidazo con nuevo nombre, el tiempo pasado nunca regresa. La corrupción ya no se diluye en el vendaval del escandalete ni con que la negativa simple, estamos imbricados en estructuras internacionales de fiscalización a resultas de tratados y convenios que tienen la misma fuerza legal que la Constitución. El combate frontal a la delincuencia organizada no es negociable para los EUA, ni para Europa ni Asia. 

Todo el planteamiento es equivocado y ahora la apuesta es a conservar el poder con un incondicional y sí, es probable que gane Palacio un miembro del partido en el poder… y entonces el actual Presidente escuchará indignado que le cantan aquella de “Y tú que te creías, el rey de todo el mundo”… ¡viva Cuco!

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