
Guillermo Ochoa-Montalvo
Querida Ana Karen,
AMANDA MENDOZA ÁLVAREZ llegó hasta el Auditorio “Roberto Cordero Citalán” con paso lento y firme; ahí se encontraba Olivia Bonifaz con su historia de migrante intercontinental; Chusy Coutiñodestacando la enorme responsabilidad de alternar la amorosa maternidad con las labores propias de una entusiasta promotora cultural; y otros rostros conocidos en la mesa principal.
Mostrando una amplia sonrisa, desde su lugar, saludó la presencia de sus compañeras del Círculo de
“Lectura Quimeras”.
Para Amanda Mendoza, significaba la primera vez en participar en el 16° FESTIVAL INTERNACIONAL “GRITO DE MUJER” SIN FRONTERAS. Cualquier foro, auditorio y micrófonos imponen; los nervios se crispan; pero la responsabilidad aflora. Amanda, reflejaba esa seguridad al leer su relato. Leyó serena al leer su texto con el aplomo que brinda el tiempo a una maestra experimentada y formada en las letras. Con voz grave, pausada y suave, inició una lectura implacable cual si fuese una actriz quien conoce sus guiones de memoria, capturando la atención del público desde el inicio.
Amanda aclaró, estoy empezando a encontrar de nuevo mi voz, comento con modestia, aunque su preparación literaria y su escritura ha pasado por varios Talleres Literarios y diversos foros de poesía y literatura. Quiero presentar un texto que se titula:
JOSEFITA.
Josefita sentía, más que otros días, el peso de sus bien trabajados 68 años; primero en la casa paterna y después en la matrimonial. Salió de su casa y caminó calle abajo… Sus pasos la llevarían por diversas calles de su colonia ofreciendo los tamales y el atol de granillo, que solía vender un día sí y el otro, también. Los pensamientos se agolpaban en su mente brincando como conejos de un lado a otro.
< No tengo nadita de ganitas de salir a vender hace mucho frío y este chal no calienta mucho. Si no vendo mis tamales y el atol, no tendré hoy para pagarle a Sandra esta semana; debí ponerme los zapatos que me regaló la Ofe en mi cumpleaños; estos están flojos y se me salen. >
< ¡Cómo me duelen las rodillas!… ¡Ojalá!, y este doña Vicenta y me compre tamales; hoy, los hice de momón como le gusta.
< ¡Ay!, por ir cojeando, me lastimé el pie… ¡lo que me faltaba!… ahora, tengo que ir más despacio. A ver si nos vio la Margarita; está prendida su luz, pero no sale. No salió la canija por más que le toqué. A lo mejor nos’ta. ¡Que subidas tan pesadas!… voy a jalar el carrito a ver si no me gana el peso como la otra vez. Si se vuelve descomponer Domingo se enojará; me empezará a regañar y a gritar como loco. >
< ¡Cómo me duele el pie!… Quisiera descansar un ratito, pero se hará más tarde. Ya me dio calor y el chal me estorba. A ver si doña Chonita, ahora si me paga lo que me debe. Pensará que yo no necesito el dinero y que trabajo por gusto >
< Siempre ha sido así, dura la vida conmigo. De niña, como trabajaba rápido y mis hermanos no, mi papá me daba más surcos pa’hacer. y ellos, sólo se hacían takuaches. Ir a trabajar en la milpa después de levantarme de madrugada a pasar mi masa por el molino y tortear, era mucho trabajo a mis 11 años.
Mi hermanita Chusy también se levantaba, pero la muy mañosa lloraba y gritaba al cielo, diciendo que yo le pegaba, pero ella se dormía sobre el molinito y no se apuraba a moler el maíz. Mi mamá desde su cama, le decía que se fuera a dormir otra vez; que yo terminaría de tortear sola. >
< Hoy siento muy largas las calles y no he vendido casi nada… ¡Ni modo!… tendré que ir hasta la otra colonia!… ¡Ah, como me duele el pie y la rodilla!… Ya quisiera dejar de trabajar; pero si no trabajo, no como. Domingo casi no da nada para el gasto; sólo está sentado te mirando su tele y nada le preocupa. ¡Qué le va a preocupar al huevón!, si aquí está la Josefita que ve cómo le hace para conseguir la comida.>
< No sé pa’qué me casé con él. Bien me lo decía mi madrina Jovita: “el Domingo es bien haragán; no te cases con él; mira cómo está su casa con tamaños hoyotes en el techo. Casáte con Mateo, mi hijo, él es trabajador, y te hará una casa mejor que la del Domingo. >
< Yo lo pensé ¡vaya que lo pensé!… pero mis papás no quisieron romper el compromiso. Mi papá… ¡Ah, mi papacito!… Me dijo que me mataría si no me casaba con Domingo. Esa vez, me golpeó muy duro, sin lástima, con el fuete de su caballo. Sentí mucho miedo y coraje, pero ¿qué podía hacer?, sino obedecer.
< Y después de casados, fueron las golpizas de Domingo… Más, cuando después de la boda mi papá le dijo: “de la puerta para dentro, ella es tu mujer; y de la puerta para fuera vos sos hombre, y podés hacer lo que querrás”… Y lo hizo… Mucho trago y mujeres, pero de trabajo, nada… ¡Malditos hombres!, si no era uno, era el otro.
< ¡Ay, Diosito!, perdóname, pero me desespero sólo de acordarme. Lo bueno es que mis hijas encontraron buenos marinos que las procuran y ayudan a criar a sus hijos, aunque la Betina no se ha casado y tampoco quiere; no se vaya a encontrar un marido como el mío, dice. Y mejor no ¿para qué tentar la suerte.
Una furtiva y solitaria lágrima, resbaló por los profundos surcos de su cansado rostro y se alojó en la comisura de sus labios, mientras seguía su camino vendiendo tamales de momon y atole de granillo.
Al concluir su lectura, se sintió entre el público esa sensación confusa que son las emociones encontradas. Por una parte, uno deseaba aplaudir y sonreírle por el espléndido relato de Amanda Mendoza; por la otra, afloraba el sentimiento de rabia, indignación y coraje por el maltrato y violencia contra la mujer. Quizá, varias de las asistentes se sintieron identificadas o recordaron aquellos casos que han conocido. Entonces, recordé a decenas de mujeres violentadas en Chiapas… en todo México, en todo el país.
Como sea, Anna Karen, combatir el machismo y la violencia contra las mujeres construyendo una cultura de respeto, equidad y libertad, es una cuestión de amor.


