*La crisis del modelo de poder imperial energético de Trump
(1a de 2 partes)
Carlos Perola Burguete
El problema de fondo: cuando el petróleo deja de ordenar el mundo. La política energética internacional de Donald Trump hacia América Latina no enfrenta una crisis por errores de cálculo aislados ni por la resistencia coyuntural de uno u otro gobierno. Lo que hoy se expresa con nitidez —particularmente en Venezuela y, de manera distinta, en México— es el agotamiento de un modelo histórico de dominación energética, construido durante el siglo XX y hoy incapaz de reproducirse en las mismas condiciones.
Durante décadas, el petróleo fue para Estados Unidos algo más que un recurso estratégico: fue un instrumento de poder y orden global. Controlar reservas, flujos, precios y rutas equivalía a controlar gobiernos, economías y alineamientos políticos. Ese esquema descansaba en tres pilares: supremacía financiera (el dólar), poder corporativo (las grandes petroleras) y capacidad coercitiva (sanciones, bloqueos, presión diplomática o militar), sobre gobiernos y países. Poder y orden global.
Ese andamiaje hoy muestra fisuras profundas.
Venezuela, es el síntoma visible de una estrategia fallida. Venezuela se convirtió en el escenario donde ese modelo comenzó a resquebrajarse de forma abierta. La estrategia de Trump no buscó una invasión clásica, golpe y ocupación militar del Estado, sino una reapropiación indirecta del petróleo venezolano, implementó sanciones asfixiantes, incautación de cargamentos, control de exportaciones y presión para reintegrar la industria petrolera de Venezuela, al circuito corporativo estadounidense.
Sin embargo, el plan fracasó por razones que van más allá del conflicto político interno venezolano. Las grandes petroleras Estadounidenses se negaron a asumir el costo de reconstruir una industria compleja, con crudo pesado, con infraestructura deteriorada y sin certezas jurídicas favorables. El capital ya no respondió automáticamente a la lógica del poder geopolítico de Trump.
A este límite de costo económico se sumó uno geopolítico mayor: China. Como señalan los análisis estructurales, la disputa por Venezuela no puede entenderse fuera del conflicto sistémico entre potencias. El intento de incautar recursos venezolanos tensó una relación global donde Estados Unidos ya no puede imponer unilateralmente las reglas del juego.
De esa manera, Venezuela no explica la crisis: la expone.
El declive del control y poder energético como herramienta imperial. El petróleo dejó de ser el factor ordenador absoluto del poder global. Estados Unidos sigue siendo un actor energético central, pero perdió la capacidad de convertir el control petrolero en obediencia política automática. Las sanciones de muchos tipos, ya no garantizan alineamiento; las incautaciones generan costos diplomáticos; y la hegemonía financiera enfrenta procesos de erosión lenta pero constante, principalmente contra Estados Unidos.
Así, por ejemplo, el análisis sobre los bonos del Tesoro estadounidense apunta a esta fragilidad estructural: el “privilegio exorbitante” del dólar ya no es incuestionable. Sin ese respaldo, el poder y control energético pierde eficacia como herramienta imperial.
Trump y los límites internos del poder estadounidense. A diferencia de otras etapas históricas, este intento de restaurar el control energético se topó también con límites internos. La decisión unánime de la Corte Suprema contra Trump es un recordatorio de que el poder presidencial ya no opera sin frenos institucionales. El modelo imperial energético no solo enfrenta resistencias externas, sino contradicciones dentro del propio Estado estadounidense, que incluso genera confrontaciones, diferencias y debilidades internas, frente a los ojos de otras naciones.
Trump aparece así, menos como el arquitecto de una estrategia sólida, y más como el catalizador de una crisis preexistente.
México: el gobierno mexicano se acomodó estratégicamente en un tablero en movimiento. En este contexto, México no emerge como un botín energético, sino como un actor que se reposiciona. A diferencia de Venezuela, no es objeto de una ofensiva de apropiación directa de su petróleo. Su relevancia radica en haber leído el momento histórico y actuar en consecuencia en las relaciones diplomáticas, pasando a fortalecer la refinación, defender los márgenes de soberanía energética y practicar una diplomacia pragmática.
El llamado “plan secreto” mexicano, no es una conspiración, sino una estrategia de adaptación. México no confronta abiertamente a Estados Unidos, pero tampoco se subordina de manera automática. Esa autonomía relativa incomoda a Trump, porque revela que el control regional ya no es total.
El fin de una forma de poder y dominación territorial. La política energética de Trump hacia América Latina no fracasa solo por errores propios, sino porque intenta revivir un modelo que ya no corresponde a las condiciones políticas y económicas del presente. Venezuela funciona como el espejo donde se reflejan esos límites. México, como la señal de que el tablero regional está cambiando.
El petróleo sigue siendo importante, pero ya no garantiza hegemonía. Y ese dato —más que cualquier discurso o sanción— marca el inicio de una nueva etapa en la disputa por el poder global.
*Investigador Periodístico en luchas del campo mexicano, la soberanía alimentaria y económica y las relaciones entre Estado, empresas y comunidades rurales. Director de la A.C. PEROLA. Miembro Honorario delDespacho Jurídico B&G-Chiapas.