
Guillermo Ochoa-Montalvo
Querida Ana Karen,
¿Qué fue de aquellos hijos y nietos de los hippies quienes se establecieron en México durante los años 60 en las playas de México?
La mayoría de aquellos hippies se establecieron principalmente en las playas de Guerrero y Oaxaca hasta que el gobierno de México con Luis Echeverría los expulsó después del festival de rock en Avándaroemulando al Festival de Woodstock de 1969 donde Jimi Hendrix, Santana, Janis Joplin y The Who motivaron entre los jóvenes la búsqueda de su libertad, la ruptura contra la cultura convencional; la re-codificación de la sexualidad y el amor libre; la vida comunitaria al estilo de Charles Fourier creando falansterios donde la colectividad superó las expectativas organizativas construyendo comunidades económicamente autosuficientes. Los hippies se repartían las actividades y obvio, lo que escandalizaba de los hippies, más allá de sus prácticas de contracultura, eran las drogas y los hijos nacidos del amor libre.
Varios de esos hijos de los hippies fueron rescatados por sus abuelos quienes se encargaron de regresarlos a la Unión Americana y a la cultura tradicional de los norteamericanos. De esa generación, te platicaré de alguien a quien conocí muchas década adelante en Zipolite. VANESSA regresó a Zipolite en busca de sus raíces. Al despertar, lo primero que vieron sus ojos fue la playa “redonda” de Zipolite donde retozaban dos viejos hippies con los cuerpos entrelazados; entonces supo el por qué la llamaron “la playa del amor”. Saltó de la hamaca hasta la orilla del risco para descubrir a los hippies afanados en sus labores cotidianas: unos corrían de un lado a otro de la playa ejercitando sus cuerpo; otros, regresaban con hatos de leña al hombro; las mujeres preparaban caldo y guisado de tortuga sobre fogatas improvisadas; uno que otro bebé, lloraba en la hamaca mientras su madre meditaba a la orilla de la playa siguiendo la filosofía Zen.
Hasta los finales de 1969, Catherine vivió la experiencia más intensa de su vida dentro de la comuna hippie instalada en Zipolite; sin embargo, sus padres la regresaron a Orange, California pero ya llevaba en sus entrañas a Vanessa.
A la pequeña Vanessa, le hicieron creer que su padre había sido un militar muerto en una de esas absurdas guerras en que los Estados Unidos suelen intervenir en cualquier parte del mundo; le inventaron la historia de una caída heroica luchando por la Patria, una de esas tantas historias que los gringos exaltan para animar a sus compatriotas a luchar por ideales que no les pertenecen pero que enriquecen al imperio norteamericano. Y así, Vanessa creció en el “establishment” creado por sus abuelos y envuelta en el glamour de la clase media alta de una ciudad tradicional.
Fue hasta 1991, cuando Daddy Bush se lanza a la conquista del Golfo Pérsico con la “Madre de todas las Batallas” Catherine decide confesarle la verdad a su hija Vanessa, quien por aquel tiempo, movilizaba a sus compañeros para protestar contra la absurda guerra en medio oriente. Catherine, movida, sin duda por el recuerdo idílico de sus propias luchas contra la guerra de Vietnam le narra los episodios de Zipolite perdidos en la memoria familiar. Así, de un sopetón, conoció la verdad de su gestación, las circunstancias que rodearon su nacimiento y la resistencia de su madre al aborto de cuya decisión nunca se arrepintió.
Vanessa estudió antropología por el deseo de comprender el sentido de la diversidad cultural, pero nunca imaginó que esa inquietud le fuese heredada por su madre a quien calificó de claudicante y cobarde. Sin embargo, aquella confesión las uniría en una complicidad amigable haciéndolas recobrar el recuerdo de los años sesenta con sus movimientos sociales, revolución sexual, modas, música e ideologías dominantes.
Al concluir su ciclo escolar, Vanessa viajó hacia las playas de Zipolitetratando de retornar a su origen para conocer a su padre y aquél lugar del que su madre le hablaba tanto llamado Zipolite. Escudriñó en la memoria de su madre, en las fotografías, reportajes, reseñas musicales y revistas de la época. Quiso recuperar la historia del hipismo. Ahora se sentía parte integrante de aquél movimiento social que sacudió conciencias durante su lucha contra la guerra de Vietnam.
Mientras Vanessa me narra su historia, me muestra algunas de aquellas fotografías de su madre sentada en alguna banqueta de San Francisco cantando la música de Janis Joplin o Bob Dylan. Percibo en Vanessa una especie de orgullo, así que sediento de curiosidad, le pregunto por su padre.
―Nunca lo localicé. Después del festival de Avándaro, el presidente Echeverría mandó al ejército a desalojar las playas nudistas y muchos de aquellos hippies iniciaron una vida nómada entre México y los Estados Unidos.
Vanessa elige una foto donde aparece su padre y su madre en una manifestación y me comenta:
—En uno de mis viajes por San Francisco traté de identificarlo por su apodo. “Yerki”, le llamaban, pero sucedió que ese sobrenombre lo tenían más de mil hombres y desistí en mi intento. Al viajar de un lado a otro, descubrí que había una generación perdida como la mía; una generación de descendientes de hippies rescatados por los abuelos cuya identidad quedó flotando entre lo idílico y el secreto. Una generación irrepetible. Una generación que aportó una nueva forma de vivir, de sentir y creer rompiendo con decena de paradigmas retrógradas. ¡Imagínate!, el peligro que representaban los hippies a la economía mundial viviendo en plena autosuficiencia dentro de sus comunidades que no crecía más allá de los 1300 habitantes. Si lo piensas bien, le debemos a la contracultura hippies demasiadas cosas que hoy vivimos sin pensar ene ellos: la libertad, el valor de la mujer, una nueva perspectiva de la sexualidad, formas organizativas que se practican en los países avanzados. ¡Ya sé! Dirás que tengo una visión idílica de los hippies, pero si estudias las culturas en el mundo, lo podrás comprender.
Así como Vanessa, un número indeterminado de niños fueron rescatados de Zipolite: pero considero que recobrar la conciencia del pasado sin estacionarse en él, es una cuestión de amor.


