
Juan Carlos Cal y Mayor
Por si no lo ha escuchado, la palabra Therians, proviene del griego “thēríon”, que significa bestia o animal salvaje. De ahí surge el término “therianthropy” (teriantropía), que literalmente significa hombre-bestia o ser humano con forma de animal.
Hace algunos días comenzaron a circular invitaciones a un “Mega Convivio Therian” en Tuxtla y un “Encuentro Therian” en San Cristóbal. A él acudirán personas que se identifican como lobos, zorros o felinos, convocadas a convivir, jugar, realizar rituales y celebrar una identidad animal asumida como propia.
La pregunta no es si pueden reunirse. La pregunta es otra, más profunda y más inquietante: ¿qué está pasando con el ser humano contemporáneo Porque esto no es un carnaval medieval. No es una danza ritual indígena. No es un teatro simbólico. Es una identidad proclamada como real.
El fenómeno “therian” nació en foros de internet en los años noventa, en comunidades anglosajonas que mezclaban espiritualismo, fantasía y cultura digital.
Con el tiempo, la idea evolucionó: ya no se trataba de jugar a ser un animal, sino de declararse uno en el interior. La identidad dejó de ser biológica para volverse subjetiva. Y ahí comienza el problema.
DE LA IDENTIDAD COMPARTIDA A LA AUTOAFIRMACIÓN RADICAL
Durante siglos, la identidad humana se construyó sobre elementos compartidos: cultura, historia, pertenencia, lenguaje, comunidad. Hoy, la identidad se ha vuelto un ejercicio radical de autoafirmación individual. Ya no soy lo que soy; soy lo que digo que soy.
La cultura progresista llevó al extremo la idea —en principio noble— de respetar la diversidad. Pero cuando toda autopercepción debe ser validada como verdad ontológica, entramos en terreno resbaladizo. No hablamos de tolerancia. Hablamos de disolución ¿Es algo lúdico? En muchos casos, probablemente sí. Jóvenes buscando pertenencia en una tribu digital.
Necesidad de comunidad en tiempos de soledad estructural. Juego estético amplificado por TikTok. Pero cuando el juego se transforma en identidad esencial, el fenómeno ya no es inocente. Se convierte en síntoma.
Las sociedades que pierden referentes sólidos comienzan a fragmentarse en micro-identidades cada vez más específicas y más frágiles. Hoy es la identidad animal. Mañana puede ser cualquier otra categoría desligada de la realidad compartida.
MÁSCARAS ANTIGUAS, SUBJETIVIDAD NUEVA
El ser humano siempre ha usado máscaras. En las culturas prehispánicas, el jaguar o el águila eran símbolos de poder. En Europa, los carnavales permitían invertir el orden social por unas horas. Pero eran rituales temporales. Nadie regresaba a casa convencido de haber dejado de ser humano.
Lo que hoy observamos es distinto. Es una era donde la subjetividad ha desplazado completamente a la naturaleza. Donde el “sentirse” sustituye al “ser”.
¿Es un problema psicológico? No necesariamente en términos clínicos. La mayoría de quienes participan llevan vidas funcionales. Pero sí es un fenómeno sociológico que revela una crisis más profunda: la erosión de la identidad humana como categoría estable. Cuando todo es identidad, nada lo es.
CUANDO LA CURIOSIDAD SE VUELVE NORMA
El problema trasciende cuando lo que nace como juego identitario o curiosidad cultural comienza a normalizarse por simple indiferencia colectiva. Las sociedades no se transforman de golpe; se desplazan gradualmente hacia nuevas fronteras de lo aceptable. Si toda autopercepción debe ser validada sin discusión, si toda afirmación subjetiva se convierte en verdad social por el mero hecho de proclamarse, entonces el derecho y la cultura pierden su anclaje en una realidad compartida.
LA FRAGMENTACIÓN COMO DESTINO
La paradoja es brutal: en nombre de la diversidad estamos diluyendo lo que nos une. En nombre de la inclusión estamos fragmentando la experiencia común.
La pregunta no es si debemos burlarnos o prohibir. La pregunta es mucho más seria: ¿qué vacío cultural, qué ruptura espiritual, qué debilitamiento de referentes ha llevado a que jóvenes encuentren mayor sentido en declararse lobo que en declararse parte de una tradición humana?
Las civilizaciones fuertes elevan al ser humano. Las civilizaciones fatigadas lo disuelven. Y quizá ese sea el verdadero debate de fondo.
No se trata de lobos ni de zorros.
Se trata de nosotros.


