
Juan Carlos Cal y Mayor
Los datos no opinan, describen. Y lo que muestra el boletín de Empleo y Seguridad Social del Observatorio Ciudadano es una radiografía incómoda para Chiapas: una economía donde casi todos trabajan, pero muy pocos progresan. No hay colapso, pero tampoco despegue. Hay movimiento, pero no hay avance.
Chiapas ocupa el lugar 21 en número de asegurados al IMSS y el 31 en proporción de población económicamente activa afiliada. Traducido sin tecnicismos: aquí se trabaja mayoritariamente fuera del sistema. La formalidad no es la regla, es la excepción. Y cuando el empleo formal no crece, lo que se estanca no es solo la economía, sino la posibilidad de futuro.
EL ESPEJISMO DEL BAJO DESEMPLEO
La baja tasa de desempleo suele presentarse como logro. En Chiapas es un espejismo. Cuando más del 70 % de la fuerza laboral se encuentra en la informalidad, el desempleo deja de ser indicador de bienestar y se convierte en simple reflejo de necesidad. La gente trabaja porque no puede darse el lujo de no hacerlo, aunque sea sin contrato, sin seguridad social y sin horizonte de movilidad.
No es casual que Chiapas figure entre los estados con mayor informalidad del país. No se trata de identidad cultural ni de rezago histórico, sino de un modelo económico que normalizó la precariedad como mecanismo de estabilidad social.
SALARIOS DE SUPERVIVENCIA
A este escenario se suma un dato clave: los sueldos reales en Chiapas son, en promedio, apenas un tercio de los que se pagan en entidades como Jalisco o Nuevo León, y esto ocurre en todos los niveles. Desde empleos operativos hasta técnicos y profesionistas. Aquí se paga para sobrevivir, no para construir patrimonio.
El resultado es predecible: fuga de talento, baja productividad y una economía que no retiene capital humano. No es que falte capacidad; lo que falta es un entorno que la remunere.
REMESAS: ALIVIO QUE NO DESARROLLA
Otro factor que suele presentarse como fortaleza son las remesas. En 2024, Chiapas recibió 4 168 millones de dólares, equivalentes a casi el 16 % del PIB estatal, una de las proporciones más altas del país. Ese dinero, enviado por chiapanecos que no encontraron aquí empleo formal ni salarios dignos, sostiene el consumo básico y evita un colapso social mayor, pero no genera productividad ni empleo. Las remesas alivian, pero no desarrollan. Una economía que depende de ellas no está creciendo: está exportando población y administrando la ausencia de oportunidades.
PROGRAMAS SOCIALES: DEL APOYO A LA DEPENDENCIA
Paradójicamente, donde Chiapas sí es líder nacional es en la cobertura de programas sociales. Más del 60 % de los hogares recibe alguna transferencia directa del Estado. Pensiones no contributivas, becas y apoyos han crecido más rápido que el empleo formal.
El problema no es su existencia, sino su permanencia sin salida productiva. En muchos casos, resulta más racional permanecer en la informalidad y complementar con transferencias que ingresar a un empleo formal mal pagado y altamente regulado. Así se consolida un incentivo perverso.
Ese es el círculo vicioso que arrastramos desde hace más de tres décadas: bajos salarios empujan a la informalidad; la informalidad justifica más programas sociales; los programas desincentivan la formalización; y la falta de formalidad mantiene bajos los salarios. Un sistema políticamente rentable y socialmente devastador.
DE CIUDADANOS A DEPENDIENTES
El efecto más profundo no es económico, es cívico. Chiapas ha transitado de una sociedad de ciudadanos a una de dependientes. Desde el jornalero hasta el municipio, muchos viven no de reglas claras y productividad, sino de transferencias. Un Estado que paga, pero no libera; que asiste, pero no impulsa.
EL RETO
Gobernar Chiapas hoy exige romper ese modelo. La visión que debería asumir Eduardo Ramírez no puede limitarse a ampliar padrones ni a profundizar la dependencia con rostro social. El reto es pasar del Estado asistencial al Estado habilitador: convertir apoyos en puentes hacia la formalidad, simplificar la creación de empresas, reducir cargas a quien formaliza y atraer inversión con reglas claras.
Eduardo Ramírez llega cuando el diagnóstico ya no se puede esconder. Gobernar en este contexto implica decisiones incómodas, pero el liderazgo real no consiste en repartir mejor la pobreza, sino en crear las condiciones para que la gente deje de necesitar que le repartan.
Chiapas no está condenado al atraso. Está atrapado en un modelo. Y los modelos, a diferencia del destino, sí se pueden cambiar.


