
Juan Carlos Cal y Mayor
Hay momentos en la vida de las ciudades que no se repiten. Los 500 años de la fundación de San Cristóbal de Las Casas son uno de ellos. No es una efeméride más: es una oportunidad irrepetible para definir cómo queremos que el mundo nos mire… y cómo queremos mirarnos a nosotros mismos.
UNA SEÑAL POSITIVA, PERO INSUFICIENTE
Hace apenas unos días, por una nota periodística, nos enteramos de que el rector de la Universidad Intercultural de Chiapas ha sostenido reuniones con las secretarías de Economía y Turismo para comenzar a delinear una agenda conmemorativa. El gesto es correcto. Es, sin duda, una señal positiva.
Pero también revela algo preocupante: llegamos tarde.
Una conmemoración de esta magnitud no puede depender de esfuerzos aislados ni de reuniones coyunturales. Requiere planeación de largo aliento, articulación institucional y una visión compartida que convoque a todos los actores: desde el Coneculta, el INAH, la UNACH y la UNICACH, hasta el municipio y la sociedad civil que, desde hace tiempo, ha venido empujando esta causa sin el eco necesario. Lo que hoy se anuncia apenas esboza una intención. Y los 500 años exigen mucho más que eso.
ENTRE LA MEMORIA Y LA PRIORIDAD
Recuerdo bien —y no como anécdota menor, sino como síntoma— que cuando me tocó dirigir el Coneculta, el municipio argumentó no contar con recursos para respaldar el Festival Cervantino Barroco. Una semana de actividades culturales de alto nivel, con un costo que no alcanzaba los dos millones de pesos. No había dinero. Pero sí lo había —y en abundancia— para la Feria de la Primavera, que rondaba, sin rubor alguno, los veinte millones.
Hoy la historia parece repetirse con puntualidad casi ceremonial. Para las ferias hay todo el presupuesto del mundo. Se anuncia, con entusiasmo digno de mejores causas, la contratación de ese gran referente de la alta cultura contemporánea: Karim León. Ícono indiscutible —nos dicen— de la identidad… aunque no sepamos bien de cuál. No es una crítica al artista. Es una reflexión sobre el criterio. Porque cuando la balanza se inclina sistemáticamente hacia lo inmediato, lo ruidoso y lo rentable en taquilla, algo más profundo queda relegado: la construcción de una identidad cultural con sentido.
UNA VISIÓN DE CIUDAD, NO SOLO DE EVENTOS
Celebrar cinco siglos implica pensar la ciudad en su conjunto. Las grandes capitales culturales del mundo aprovechan estos hitos para transformarse: restauran, embellecen, ordenan y proyectan.
San Cristóbal podría hacerlo mediante un programa integral de restauración de fachadas, cableado subterráneo, mejoramiento de calles y banquetas con criterios arquitectónicos acordes a su carácter colonial, así como la rehabilitación de iglesias y monumentos históricos. De paso construir un relleno sanitario para cumplir con la especificaciones ambientales, así como rescatar los principales ríos como el Fogótico, el Amarillo y el Chamula se han convertido en cloacas a cielo abierto.
No es gasto: es inversión en identidad. Y si me atrevo a sugerirlo es porque pienso y creo, al menos albergo la esperanza de que el gobernador Eduardo Ramírez tendrá altura de miras.
A nadie sorprendería ver a ciudades como Monterrey consolidar su vocación cultural a través de eventos como el FestiCon Internacional de Santa Lucía; o a Guanajuato proyectarse al mundo con el Festival Internacional Cervantino; o a Oaxaca reafirmar su identidad con la Guelaguetza. Todos ellos comparten una constante: planeación, curaduría y una clara intención de elevar el perfil cultural de sus ciudades más allá de la coyuntura.
Imaginemos un concierto de Andrea Bocelli o André Rieu. O la orquesta sinfónica nacional, un festival gastronómico, una exposición de textiles y rituales ceremoniales que datan de siglos y un sinfín de actividades a lo largo de un año. Pabellones internacionales, conferencias, grandes escritores, etc.
La historia ofrece ejemplos aún más elocuentes: la Torre Eiffel fue concebida como símbolo de la Exposición Universal de París de 1889, y terminó por convertirse en uno de los íconos más reconocibles del mundo; Barcelona, por su parte, emprendió una profunda transformación urbana con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992, restaurando miles de fachadas y rehabilitando su patrimonio histórico como parte de una visión integral de ciudad.
LA CULTURA COMO PROYECCIÓN INTERNACIONAL
A la par, la conmemoración debe ser un acontecimiento cultural de gran escala. Un año completo de actividades que integren música sinfónica, ballet, teatro, literatura y exposiciones que dialoguen entre el barroco y las culturas vivas de Chiapas.
El intercambio con España sería natural y necesario. La participación de países como Guatemala o Perú enriquecería una narrativa común. Todo ello sin desplazar, sino elevando, el valor de nuestras raíces.
Porque San Cristóbal no es una postal: es una síntesis histórica.
ENTRE LA ALTURA Y LA INERCIA
El riesgo es otro: que, en ausencia de una visión clara, la conmemoración termine diluida en la lógica de siempre. Que se privilegie la inmediatez sobre la trascendencia, la ocurrencia sobre la planeación, el espectáculo sobre el significado. Y entonces, bajo la cómoda consigna de que “el pueblo manda”, se termine por normalizar lo que en realidad es una renuncia: la de aspirar a algo mejor. Las ciudades que se toman en serio su historia no improvisan. Construyen legado.
AÚN HAY TIEMPO
Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo. Pero el margen se acorta. Corresponde ahora a las instituciones y a la sociedad en su conjunto convertir esa puerta en un proyecto de gran alcance.
Porque hay aniversarios que se celebran. Y hay aniversarios que definen a una ciudad para los próximos cien años. San Cristóbal está frente a uno de ellos.


