
Juan Carlos Cal y Mayor
En política, la lealtad tiene un límite: la supervivencia. Y eso es exactamente lo que hoy está en juego dentro de la coalición gobernante. El choque entre Ricardo Monreal y el Partido del Trabajo no es un simple desacuerdo técnico sobre reformas; es una disputa silenciosa sobre quién sigue existiendo mañana.
DISCIPLINA O COSTO
Desde la tribuna, Monreal ha lanzado un mensaje claro: si el PT no acompaña el llamado “Plan B” impulsado por el entorno de Claudia Sheinbaum, deberá asumir el costo político. Traducido al lenguaje real del poder: disciplina o castigo. Pero del otro lado, el PT no está desafiando por capricho. Está midiendo riesgos.
EL EFECTO ARRASTRE
Porque el problema de fondo no es la reforma en sí, sino sus efectos. La posibilidad de reforzar la figura presidencial dentro del proceso electoral, o de empatar mecanismos como la revocación de mandato con elecciones constitucionales, tiene una consecuencia directa: concentrar el voto en una sola marca política. Y cuando eso ocurre, los partidos aliados dejan de ser aliados y se convierten en accesorios.
VIVIR EN EL BORDE
El PT lo sabe. Su votación histórica ronda entre el cinco y el siete por ciento. Es decir, vive en la frontera de la sobrevivencia legal que es del 3%. En condiciones normales, esa cifra le permite negociar espacios, posiciones y cuotas de poder dentro de la coalición. Pero en un escenario de arrastre presidencial fuerte, ese voto puede diluirse. No por rechazo, sino por absorción.
EL VOTO QUE SE DISUELVE
El elector promedio no distingue entre matices cuando hay una figura dominante en la boleta. Vota por el liderazgo, no por la estructura. Y ahí está el riesgo: que el voto útil, el voto emocional o el voto de continuidad termine concentrándose en también en los candidatos de Morena, dejando al PT en una zona de irrelevancia estadística.
LA HEGEMONÍA QUE YA NO ES
Pero hay un elemento adicional que vuelve más incomprensible la presión de Morena sobre sus aliados: ya no es el partido hegemónico de hace unos años. El desgaste natural del poder, las tensiones internas y la propia dinámica política han erosionado su nivel de preferencias. Hoy, más que nunca, necesita a sus aliados para sostener mayorías y construir gobernabilidad. Y, sin embargo, actúa como si no los necesitara.
UNA COALICIÓN ASIMÉTRICA
Ahí está la contradicción de fondo. Mientras Morena exige disciplina, no ofrece consideración. Ni en la reforma electoral que ya fue rechazada, ni en esta nueva iniciativa donde el PT ha marcado distancia, se advierte un esfuerzo real por incorporar las preocupaciones de sus aliados. Más bien, se les coloca frente a una disyuntiva: obedecer o cargar con el costo.
Monreal, por su parte, no está equivocado cuando afirma que la coalición sigue siendo conveniente. Lo es. Pero no en términos simétricos. Para Morena, los aliados ya no son un lujo, sino una necesidad. Para el PT, la alianza sigue siendo condición de vida. Y esa doble dependencia debería obligar a una relación más equilibrada.
EL ERROR ESTRATÉGICO
El punto crítico es este: una coalición que exige subordinación absoluta, en un contexto donde ya no tiene hegemonía, no solo es injusta; es políticamente torpe.
El PT está ante una disyuntiva incómoda: alinearse y diluirse, o resistir y arriesgarse. Morena también, aunque no lo admita: entender que necesita a sus aliados… o empujarlos a un punto de ruptura.
El problema para la presidenta es otro: aceptar una aprobación parcial del llamado Plan B implicaría, en los hechos, un segundo tropiezo político. Primero, por no lograr el consenso pleno dentro de su propia coalición; segundo, por evidenciar que la iniciativa no era indispensable en este momento.
Dos costos innecesarios en un momento donde se cuestiona el poder que ejerce la presidenta sobre su propio.


